Por Guillermo López y Andrés Boix
Capítulo I: Tartessos
Durante años, hemos estudiado los imperios egipcio y babilonio como si ahí hubiera nacido la humanidad. Los historiadores revisionistas (no los del Holocausto; los otros) se quejan de que esta visión es totalmente eurocentrista, y que las raíces de la civilización hay que buscarlas en la antigua China. Unos y otros están equivocados; el mundo tal y como hoy lo conocemos, como todo lo que merece la pena, nació en España, señores, en un singular Imperio del que nadie sabe nada pero que debió ser la leche: Tartessos.
La historia de Tartessos se remonta al año 6.000 antes de Cristo (por poner una fecha), cuando en la actual Andalucía se erigió un Imperio destinado a asombrar al mundo (como muchos años después lo haría Lola Flores). Contrariamente a lo que cualquiera podría suponer de una civilización típicamente española, la prosperidad de Tartessos se basaba en el comercio, y aún más: en la venta de cobre para fabricar armas (no sólo los americanos saben lucrarse con esto, como ven). Durante siglos, Tartessos explotó sus ricas minas de cobre para surtir a todo el mundo antiguo de armas con las que atizarse una y otra vez. Con gran inteligencia, la llegada de la Edad del Hierro dejó impávidos a los tartessianos (o tartessienes, o tartessios), que siguieron ofreciendo cobre allá donde querían escucharlos, es decir, en ningún sitio. El hecho de que Tartessos contara con gigantescas minas de hierro no fue motivo para cambiar tal inteligente política comercial, con lo que el tinglado desapareció en poco tiempo (probablemente, los mineros de la Hunosa de la época se negaron a dedicarse a algo útil y en Tartessos se siguió explotando el mineral de cobre, tal y como ahora nuestras industrias funcionan con un carbón de horrible calidad y carísimo mientras algunos quieren cerrar las centrales nucleares). La época de mayor apogeo de Tartessos se vivió con el rey Argantonio, que según nos relatan los historiadores (si se puede llamarlos así) griegos vivió más de 100 años, ejemplo claro de que los socialistas no fueron los primeros en edificar un sistema sanitario solvente, o de que las pensiones en Tartessos subían mucho más que con nuestros políticos actuales.
Hasta aquí lo que creemos saber de Tartessos. Haremos ahora referencia a la historia mítica, a la divertida y entrañable Leyenda de Gárgoris y Habidis:
Gárgoris era rey de Tartessos y vivía feliz con sus súbditos a la edad de 100 años. Lamentablemente, un buen día se percató de lo buena que estaba una de sus hijas y tuvo relaciones incestuosas con ella, de las que surgió un hermoso niño llamado Habidis (la verdad, los antiguos tenían un fervor sexual inigualable). Totalmente arrepentido, y como buen antecesor de los abortistas, Gárgoris decidió que lo mejor era cargarse al fruto de su pecado. Primero lo abandonó en el bosque para que las fieras se lo cepillasen, pero éstas no sólo no se lo comieron sino que le trajeron ricas viandas. Luego ordenó a uno de sus soldados que se cargara al niño, pero a este le dieron reparos de conciencia y lo dejó abandonado. Finalmente, y harto de no poder llevar a cabo su arrepentimiento, Gárgoris metió al niño en una caja y lo echó al océano, confiado en perderlo de vista para siempre.
Vano error. Unos delfines que por entonces aún no servían de flota de espionaje soviética descubrieron la caja y, como sólo Flipper podría haberlo hecho, lo acercaron a la playa. Allí Habidis fue acogido por una apacible familia de osos que le dieron sustento alimenticio y, posiblemente, una buena educación (claro antecedente de la leyenda de la fundación de Roma). Cuando Habidis se hizo mayor, se dedicó a saquear todo Tartessos en venganza de su padre/abuelo, hasta que este vio la luz, pidió perdón a su hijo/nieto, lo nombró heredero y se retiró a sus aposentos.
Vaya tostón, ¿verdad? Pues más de un intelectual de extrema derecha como Sánchez Dragó ha utilizado esta leyenda como pretexto para inundarnos de toneladas de pedantería barata en forma de libro.
Histeria de España
Capítulo II: La Atlántida
Una vieja tradición asegura que los atlantes huyeron de su mágico continente y fueron a parar a España. Como todas las tradiciones, seguro que tiene parte de verdad, y aún más; es verdad, leches, que los atlantes eran auténticos gigantes y no hay más que recorrer el siglo XX de nuestra historia para saber que siempre hemos contado con líderes políticos de altura.
La Atlántida es un continente misterioso que fascinaba a los griegos; al parecer, estos tíos ya filosofaban mucho antes de que a Heráclito le diera por decir barbaridades que, por fortuna, sólo han llegado fragmentariamente hasta nosotros. Pero, al igual que los griegos, los atlantes también dedicaban su tiempo a cosas útiles, a saber: a fabricar armas y más armas, de suerte que la isla debió hundirse por alguna explosión atómica o por el peso de los bombarderos invisibles con que también contaban los atlantes.
Si Walt Disney era malagueño, no cuesta nada apretar un poquillo más la imaginación y decidir, unilateralmente, que las islas Canarias (que, como todo el mundo sabe, eran españolas desde mucho antes que las conquistaran los castellanos en el siglo XV) son lo que queda de la antigua Atlántida. Cualquiera que vea cómo todas las sectas europeas encuentran allí un plácido y soleado refugio convendrá conmigo en que la verdad habla por mi boca. La leyenda refiere cómo los atlantes se sentaban a ver atardecer en la isla de Fuerteventura, motivo por el cual esta es plana (los atlantes, ya digo, estaban realmente fuertes). No sabemos por qué huyeron de ahí y se fueron directos hacia nuestra Península, quizás ya se olían que, tarde o temprano, la Unión Europea les iba a quitar las exenciones fiscales de que disfrutaban. O puede ser que la llegada de Hércules por esos lares (Hércules, como ustedes saben, era español de toda la vida) los espantara; ¿y a quién no, tratándose de un tío tan bruto?
Posiblemente, Dueñas sea uno de los últimos ejemplares de atlantes que nos queda en España, la perniciosa mezcla con romanos, germanos, celtas y todo tipo de enanos europeos ha conseguido bajar nuestra media de altura hasta límites insospechados. En cualquier caso, en la actualidad está produciéndose una nueva inmigración de atlantes, en esta ocasión bajo el disfraz de ingleses borrachos y alemanes impresentables que se dejan caer por nuestras costas (en este caso no las han aplanado, sino que han construido gigantescos monumentos de treinta pisos, último vestigio y testimonio de la pujanza de la Atlántida).
Histeria de España
Capítulo III: Primeros turistas
Los griegos y fenicios, claro, que mantuvieron durante años un duro pulso por el control del comercio en el Mediterráneo, particularmente en España. Platón ha conseguido que todos los europeos creamos que en Grecia se pasaban la vida pensando sobre el origen de la vida y otras zarandajas, cuando lo realmente importante era la vertiente militar de las ciudades estado del Ática. Los fenicios, por su parte, tienen muy mala prensa, porque osaban lucrarse con el comercio en fechas tan tempranas como aquéllas, así que los miembros de ONG de todas las épocas siempre les han tenido cierta inquina, en cuando representantes adelantados de la Organización Mundial del Comercio.
De cualquier manera, a los fenicios debemos la fundación de uno de los enclaves más antiguos de la Península, la "Tasita de plata", es decir, Cádiz, importante puerto comercial dedicado en la Antigüedad a la exportación del atún y los salazones y, a otro nivel, de hermosas bailarinas ataviadas con trajes de lunares. Es decir, pescaíto frito y folklóricas, señal de que nada ha cambiado con el tiempo.
Los griegos y los fenicios fundaron varias colonias en la costa mediterránea española, entre las cuales son especialmente relevantes Malaca (Málaga), Roses (Rosas) y Emporion (Ampúries). Creo que Malaca era fenicia y las otras griegas, pero no me hagan mucho caso. Además, para el caso nos da bastante igual, estas ciudades tenían un objetivo exclusivamente comercial, y naturalmente los conquistadores jamás se mezclaron con el recio pueblo ibero, es decir, con los poblados del interior que comerciaban con (o eran engañados sistemáticamente por) unos y otros indistintamente.
La guerra comercial entre griegos y fenicios finalizó con la victoria de estos últimos, de lo que nosotros nos congratulamos (los fenicios son vituperados por la Biblia, por los romanos, como veremos próximamente, y por los historiadores europeos que aún no se han liberado del marxismo; alguien tenía que defenderlos), aunque a efectos prácticos a "nosotros" (a los iberos) nos diera bastante igual. Nosotros bastante ocupados estábamos con inventar el toreo (naturalmente, el Arte, la tauromaquia, es tan antiguo como el mundo) como para preocuparnos de que unos tíos engreídos del otro lado del Mediterráneo comenzaran a expoliarnos.
Histeria de España
Capítulo IV: Las Guerras Púnicas
Más concretamente, la II Guerra Púnica, es decir, la única de la que sabemos algo interesante. Los fenicios habían creado un imperio mediterráneo que rivalizaba con Roma, cuyo centro era la ciudad de Cartago. Como todo lo relacionado con los fenicios, la fundación de Cartago es producto de un timo: cuando los navegantes fenicios llegaron a lo que después sería Cartago, el reyezuelo de la zona sólo les permitió construir su ciudad en el espacio ocupado por una piel de buey. La pérfida reina Dido (que más tarde se lanzaría a una pira, loca de amor por Eneas: más fantasía en la historia antigua) cortó la piel en finísimos trozos, que le permitieron abarcar una porción considerable de terreno para construir Cartago. La leyenda no relata por qué los nativos de la zona no apiolaron directamente a los fenicios por este engaño, pero claro, lo más probable es que fueran ellos los apiolados.
Con el paso de los siglos, los intereses comerciales de Cartago entraron en conflicto con otro imperio basado en una ciudad, Roma, y como la globalización aún no imperaba se liaron a leches unos con otros. La Segunda Guerra Púnica, que data del siglo III antes de Cristo, nos interesa porque empezó en España.
Ya les indicamos más arriba que los fenicios vencieron a los griegos en sus guerras coloniales por el dominio de la costa mediterránea peninsular. Fundaron algunas ciudades, la más importante de las cuales, en un alarde de originalidad, llamaron Cartago-Nova (Cartagena, desde sus inicios, como ven, una base naval), y empezaron a tocar las narices al Senado romano (a los romanos todo lo que pasaba de Asia Menor les tocaba las narices; ellos también creían en su "destino manifiesto").
El punto culminante de la disputa llegó con la conquista, a sangre y fuego, de la ciudad ibera de Saguntum, aliada de Roma, por parte de los cartagineses acaudillados por Amílcar Barca. Valientemente, los saguntinos prefirieron morir en una pira de fuego antes que entregar la ciudad, lo cual demuestra que no hay nada nuevo bajo el sol, y que la productividad de la filosofía y el pensamiento español viene de muy atrás. Por supuesto, los saguntinos murieron porque Roma no hizo nada de nada (como verán conforme avance nuestra Histeria, no le tenemos demasiada simpatía a los romanos), pero le declaró a continuación la guerra a Cartago.
A partir de entonces, comienza una épica guerra entre los cartagineses, liderados por el hijo de Amílcar, Aníbal (como pueden ver, los patronímicos cartagineses eran harto originales; si no recuerdo mal, Asdrúbal era el abuelo de Aníbal, o algo así) y el Senado romano, que culminó con la llegada de Aníbal a las puertas de Roma tras cruzar los Alpes con sus elefantes y 30.000 soldados (muchos de ellos mercenarios iberos) y su posterior derrota a las puertas de Cartago. Aníbal se suicida ("liberemos a los romanos de sus preocupaciones", dijo el tío cuando el rey que le había acogido le confesó que estaba obligado a entregarle a Roma, aunque posiblemente la Historia haya suavizado la auténtica frase de Aníbal, como tantas veces) y los romanos quedan como única potencia comercial en el Mediterráneo Occidental, dispuestos ya a expoliar nuestra rica Península.
¿Qué por qué les he contado este rollo?, se preguntarán. Pues para que sean conscientes de que nosotros, los iberos (es duro que esos bestias fueran "nosotros", lo sé) pasábamos bastante de las luchas entre imperios extranjeros, pero cuando Roma empezó a molestarnos reaccionamos como sólo un ibero sabe hacerlo (con dos cojones), algo que descubrirán en nuestro siguiente capítulo, "Numancia" (que no tiene nada que ver con el equipo soriano que juega en Los Pajaritos).
Histeria de España
Capítulo V: Numancia
Una vez los romanos habían terminado con la amenaza cartaginesa, se sentían libres para acometer la conquista de Hispania (recuerden, todos éramos "hispanioles", y posiblemente hablábamos castellano, incluso en la Pobla de Mafumet). Con el viejo truco de represaliar a los aliados iberos de los cartagineses, Roma empezó a avanzar hacia el interior de la Península, hacia la auténtica Hispania, donde creían que todo iba a ser igual de fácil que en la periferia.
Pues no, amigos. Como dicen en la COPE, "donde esté la sabiduría de un campesino castellano, que se quite el seny catalán". El paseo fue realmente largo (casi 200 años) y tortuoso. Desde el principio, los romanos tuvieron que utilizar el viejo procedimiento de la crucifixión para ablandar voluntades, pero ni así. La España Libre opuso una resistencia feroz, y el centro de la lucha contra Roma se situó en la ciudad de Numantia, a orillas del Duero.
Lo de Numancia supera toda lógica, sobre todo porque nos ha llegado a través de los historiadores romanos, poco proclives, en general, a dedicar loas al enemigo. Parece ser que los romanos tuvieron que pegarse casi treinta años asediando Numancia, cayendo como moscas frente al ímpetu ibero y a la dulzura del clima en la Meseta. Algunos dicen que el campamento romano era una especie de feria, con más prostitutas y oráculos que soldados propiamente dichos, pero nosotros sabemos que un ibero de pura cepa vale por cincuenta pertrechados romanos.
Finalmente, Roma se cansó de sepultar vidas humanas y, por encima de todo, sextercios en Numancia y envió un ejército de más de 60.000 hombres liderados por (atención) Publio Cornelio Escipión Emiliano, claramente producto, a juzgar por el nombre, de un embarazo no deseado.
P.C.E.E. era un hombre de una sólida formación cultural, así que lo primero que hizo fue localizar las villas cercanas a Numantia para averiguar quiénes avituallaban a los numantinos, que, no lo olvidemos, estaban teóricamente sitiados (y por muy machos que fueran los iberos, algo tenían que comer). Una vez lo supo, ordenó cortar las manos a 5.000 colaboracionistas de Numancia, es decir, teniendo en cuenta las excelentes condiciones sanitarias de la época, se los cargó. Esto no amedrentó a los numantinos, como es lógico, pues la Libertad no entiende de realpolitik, así que Numancia siguió haciendo frente a Roma. Una vez los numantinos habían conseguido reducir la población activa a la tasa actual soriana, tomaron democráticamente (suponemos que siguiendo el modelo de la democracia orgánica de Franco) la sabia decisión de suicidarse en una pira al más puro estilo fallero. Los romanos manifestaron su admiración por la resistencia de los iberos y, acto seguido, arrasaron lo que quedaba de Numancia.
Pero Roma aún tendría que luchar luengos años para hacerse con la península. De las entrañas del pensamiento ibérico surgió un hombre, Viriato, que, naturalmente, era español de toda la vida.
Histeria de España
Capítulo VI: Viriato
Viriato es uno de los héroes nacionales portugueses, razón por la cual nosotros nos lo apropiamos y les hacemos saber que, en realidad, era español. Cuando Numancia se rinde, la rebelión frente a Roma continúa con otra estrategia: la guerra de guerrillas, uno de los mayores y más antiguos inventos que España ha creado para asombro del mundo. Los lusitanos, es decir, los españoles del este, martirizan durante unos cuantos años al Senado romano bajo la égida de un gran líder, un Caudillo llamado Viriato dotado de todas las virtudes humanas que cualquier ibero de pro debiera tener: salvajismo, crueldad y un nivel cultural similar al de Sainz de Ynestrillas.
Viriato nació en la sierra de la Estrella, fronteriza con Portugal, lo que acrecienta la tesis de su españolidad, y, al igual que los más elevados luchadores hispanos de toda la Historia, era pastor de cerdos. Con gran habilidad, supo ver las escasas diferencias entre el pastoreo de cerdos y el de recios combatientes iberos y acaudilló la lucha frente a Roma con gran éxito, hasta el punto de que los romanos acabaron pidiendo desesperadamente la paz. Viriato, magnánimo como sólo un ibero puede serlo, envió a sus tres lugartenientes, Audax, Ditalcón y Minuro, a negociar con el cónsul romano Cepión. La hilaridad que a todos ustedes, al igual que a nosotros, les ha producido tales nombres no puede ocultar el hecho de que estos tres canallas, que cada vez nos recuerdan más a los "tres barones" socialistas, vendieron a Viriato por un puñado de sextercios. Efectivamente, Audax, Ditalcón y Minuro apiolaron a Viriato en su tienda en menos de lo que se tarda en memorizar sus nombres, y luego volvieron a la tienda del cónsul Cepión a cobrar su recompensa. Pero el pillo de Cepión les salió con una de esas frases que pasaron a la historia para mayor gloria del inventor, ocultando, de paso, la sinvergonzonería del mismo: "Roma no paga a traidores". ¿Y a quién paga Roma, pues? A nadie, amigos, porque Roma no había venido aquí a pagar nada, sino a cobrar, primero en forma de leña y luego en forma de oro hispánico.
Tras la muerte de Viriato los lusitanos escogieron a otro caudillo, este sí portugués de pura cepa, del mismo Oporto, que los llevó, derrota tras derrota, al desastre: los lusitanos negociaron una paz desfavorable con Roma, entregaron sus armas y, acto seguido, los romanos se los cargaron absolutamente a todos, singular manera, en clave nacionalista vasca, de acabar con la resistencia peninsular.
La pregunta que nos hacemos es: Ahora que ya les he soltado todo el rollo de Numancia y Viriato, ¿qué haremos para justificar los 130 años de épica resistencia a los romanos que aún nos quedan? No se preocupen, que tenemos algún as en la manga, por ejemplo: "Los albores del pueblo basko".
Capítulo VII: Los albores del pueblo basko
Algunos malvados españolistas sugieren que la historia de los baskos es una pura invención de cuatro locos del siglo XIX, pero nosotros creemos que no es cierto. Sabemos de buena tinta que ya había sobre la faz de la Tierra un basko, basko como Dios manda antes de que, no ya los romanos, sino los mismos egipcios existieran.
Existe una fuerte controversia sobre el origen de los baskos. Parece obvio que no son como los españoles, y no sólo por el hecho científico de que los españoles no se dedican a crear "ámbitos extremeños de decisión", por ejemplo, sino porque su idioma es distinto, de raíz no latina (claro, el ibero no es de raíz latina, pero eso no parece importarle mucho a los teóricos baskos), y porque por muy bestias que fueran los iberos nunca llegaron, ni de lejos, al extremo de los baskos.
La teoría más convencional sobre los baskos afirma que vinieron del Cáucaso. Esta teoría, basada fundamentalmente en las supuestas concomitancias entre el basko y los idiomas de raíz caucásica, se apoya en otras grandes verdades, como por ejemplo el carácter indómito de los baskos, similar al de los xexenos y kosakos en general, o la tendencia de los habitantes del Cáucaso a crear países ridículos, como Osetia del Sur. Sin embargo, nosotros creemos que equiparar a los baskos con los habitantes del Cáucaso es una manera de minimizar la pureza de la raza de aquéllos.
En nuestra opinión, los baskos vinieron de un platillo volante proveniente de Plutón, y no vieron (ni nosotros tampoco) ningún emplazamiento mejor que Euskalherria para instalarse. Como raza superior que son, los baskos no tenían la menor intención de mezclarse con los maketos (ya entonces, sin duda alguna, llamaban así a los españoles-iberos). Así que crearon un sorprendente sistema de comunicación telepática baska basada en las txapelas que todos los baskos de pro han llevado siempre. La teoría es arriesgada, pero no se nos ocurría nada mejor que decir, ni que, en nuestra opinión, se ajustase mejor a la realidad.
A lo que íbamos: cuando Roma eliminó a los débiles e inferiores hispanos, consideró que la Península era suya. Pero le quedaba lo más difícil: detrás de la cornisa cantábrica, baskones (o superbaskos) y cántabros hicieron frente a Roma durante luengos años. En la época de Augusto, por fin se logró someter a los cántabros (y por eso su Raza, casi tan pura como la de los baskos, acabó degenerando en gente como Severiano Ballesteros), pero nunca a los baskos, que siguieron encerrados en sus montañas, y así seguiría durante siglos hasta bien entrada la Edad Media, cuando los castellanos se hicieron con el territorio. No sabemos cómo vivirían los baskos durante todos estos siglos, pero suponemos que crearían un Estado Basko que debió ser la leche, con lengua baska, cultura baska y arte basko.
Lo último que queda por aclarar es cómo pudieron los baskos sustraerse al dominio de la omnipotente Roma. La pregunta se responde sola: los baskos son muy machos, como ya ha quedado claro; pero además, utilizaron una inteligente táctica para expulsar a los romanos de Euskalherria, a saber: los romanos se instalaron en los principales pueblos de Euskalherria, y los baskos comenzaron una especie de guerrilla urbana que se dedicaba a quemar anfiteatros, termas y todo lo que se les ponía por delante ante la pasividad de los mercenarios baskos contratados por los romanos como fuerza de seguridad. Si a esto unimos el útil procedimiento del pilum en la nuca para expulsar a todo aquel que no fuera basko de pura cepa, no es extraño que al final los romanos decidieran retirarse de tan inhóspitas tierras y dedicarse a la organización del resto de la Península. Pero antes, uno de los personajes más apasionantes de la Histeria aparecería por Hispania para llevar a cabo varias empresas de gran calado: "Julio César".
Histeria de España
Capítulo VIII: Julio César
En realidad, no vamos a hablar aquí de Julio César, sino de Él. Los que, de entre ustedes, sean lectores de Asterix sabrán a lo que me refiero. Los que no, quizás hayan decidido perder su precioso tiempo leyendo "La guerra de las Galias", obra del propio Julio César, o sea, de Él, porque Julio era especialista en hablar de sí mismo en tercera persona, preludiando a esos héroes contemporáneos, los futbolistas.
César deja bien claro algo que, por otro lado, todos sabemos muy bien: los iberos eran unos machos, mientras que los galos eran una pandilla de cobardes asustadizos y traicioneros. Julio se pasaba la vida arreglando pactos con las tribus galas que luego eran rápidamente vulnerados (por los galos o por Julio, aunque claro, eso Él no lo dice).
Pero la base del Imperio de Julio César habría de edificarse en Hispania. A Julio, nombrado gobernador de la Bética, le faltó tiempo para visitar el templo de Hércules en Gades y llorar desconsolado ante la grandeza del héroe (las malas lenguas aseguran que Julio también lloró ante la estatua de Alejandro Magno en Grecia, pero no se engañen, Él no era un llorica, pero tenía que simular debilidad ante los malvados senadores). También le faltó tiempo para montar un triunvirato con Pompeyo y Craso (Craso ponía la pasta y los otros el salvajismo) e intentar cargarse el Senado. Cuando Pompeyo, el muy felón, se alió con el Senado contra Él, Julio (Él) le pegó una buena somanta de palos en nuestro suelo patrio, para que aprendiese quién mandaba aquí. En Hispania nunca hemos sido amigos de componendas ni pasteleos, así que Julio vivió feliz entre nosotros, y siempre nos profesó una (correspondida) admiración sincera. Pero claro, una vez Julio intentó trasplantar su modelo político de raigambre hispánica a Roma, los politiqueos de los senadores se Lo fumigaron, aunque con poco éxito: Su hijísimo Augusto se encargó de edificar el modelo de Su padre en todo el Imperio, muy especialmente "La organización admistrativa de Hispania", o cómo el nacionalismo lo empezaron los romanos.
Capítulo IX: La organización administrativa de Hispania
Nos hemos vuelto locos para encontrar por Internet algún mapa digno del Imperio Romano, pero aquí está (para que luego digan que no tenemos interés por la educación). Podrán comprobar que dicho Imperio tenía un porrón de provincias, las más importantes de las cuales, por supuesto, eran las "nuestras".
Cuando los romanos lograron quitarse por fin de encima a los belicosos iberos, empezaron a convencerles de las ventajas de someterse a Roma. Algunos dicen que a los iberos les gustó cambiar sus misérrimas chozas por hermosas casas de pisos, y posiblemente sea verdad; así de contradictoria es la esencia del iberismo. Una vez Hispania se constituyó en provincia romana, el emperador Augusto decidió subdividirla a su vez en semiprovincias, a saber:
· la Bética, con capital en Hispalis (Sevilla). La Bética ocupaba más o menos la actual Andalucía, y era la provincia más rica de todas las que componían Hispania. También era la más desarrollada (las vueltas que da la vida), con lo que miles y miles de inmigrantes del páramo castellano (que ya existía, claro: eso de Hispania cubierta de árboles es un mito) fueron a trabajar en las ricas tierras del Sur, para luego, suponemos, retirarse poniendo un bar en su pueblo del interior.
· Lusitania, con capital en Emerita Augusta desde el 25 a.c., año de la fundación de la principal urbe romana en Hispania. Como pueden observar, las cosas no han cambiado en este aspecto: toda la riqueza se centraba en la actual Mérida, y el resto de Lusitania (el actual Portugal) servía para que los romanos tuvieran casas de campo, o bien, en el caso de las provincias leonesas, para que empezara el expolio de minerales preciosos por parte de los romanos, como les explicaremos en un próximo episodio.
· La Tarraconensis, con capital (¿lo adivinan?) en Tarraco, uséase (si no lo adivinan, cámbiense de página, amigos) Tarragona. Era, con diferencia, la provincia más grande: abarcaba todo Levante, Aragón, Castilla la Mancha, el páramo castellano y la cornisa cantábrica. En realidad, la tarraconensis venía a ser un pastiche que reunía todo lo que sobraba de Hispania después de que los romanos encontraran la pasta que les interesaba.
No consta que los romanos tuvieran problemas de nacionalismo tarraconense, o lusitano, o baético, pero todo puede ser. Sin duda, los romanos edificaron provincias de primera y segunda clase, aunque todo apunta a que "nuestras" provincias eran todas de primera categoría, con lo que no es de extrañar que pagaran menos impuestos que los bretones, galos y gente de similar calaña. De hecho, los impuestos que pagaron los hispanos eran, sobre todo, indirectos, en forma de oro recogido en las minas y soldados para las legiones romanas. Pero pocos años después de empezar la vida romana de Hispania, un hombre se alzaba al otro lado del Mediterráneo para intentar (sin éxito) que los romanos entendieran sus parábolas y pusieran la otra mejilla, lo que tuvo cierta influencia entre nuestros ancestros: "La Hispania cristiana".
Histeria de España
Capítulo X: La Hispania Cristiana
Una vez Cristo murió crucificado, los apóstoles recibieron el don de poder hablar todas las lenguas del mundo, con lo que se dedicaron a expandir su doctrina por todo el orbe conocido. Los apóstoles eran pescadores, sí, pero rápidamente entendieron las posibilidades de la globalización en el mercado único romano y empezaron a abrir nuevas vías de negocio. En Roma fueron acogidos con bastante hostilidad, pese a sentar la base de los trenes subterráneos con sus kilómetros y kilómetros de catacumbas, así que algunos de los apóstoles más avezados se fueron a lugares más acogedores, como Hispania.
El apóstol Santiago llegó a Hispania hacia el 60 d.c. (no tenemos ni idea de cuándo llegó, ni de si llegó, pero déjennos poner esta fecha por poner algo), y rápidamente los iberos vimos la Luz y nos dimos cuenta de que la Verdad hablaba por la boca del apóstol. Tradicionalmente, se considera a Santiago como uno de los apóstoles más importantes, junto a Pedro y Juan, pese a que no escribió ninguna versión del Nuevo Testamento, ni cartas, ni nada de nada. Posiblemente, fuera esta escasa querencia por la escritura lo que provocó la inmediata adhesión de los recios iberos a la nueva doctrina. Todos ellos se organizaron en una Cruzada especializada en ser icinerada y crucificada por los malvados romanos, republicanos y rojos (y luego algunos pretenden que la Iglesia pida perdón; con lo que tuvo que sufrir), que, pese a ello, no pudieron parar la expansión del virus cristiano.
Hispania fue el centro del cristianismo en el mundo romano. Déjense de tonterías, amigos; si el Vaticano no está en Cercedilla es por una mera casualidad histórica, y nada más. Las esencias del cristianismo fueron comprendidas por los iberos mucho mejor que por los latinos, que sólo sabían aplicarlo a sus juegos circenses. Los romanos eran unos intolerantes que atizaban sin parar a los pacíficos cristianos, algo que aparentemente no casa con la libertad religiosa que había en todo el Imperio, pero que nosotros entendemos como un enfrentamiento entre la violencia romana y el pacifismo militante que históricamente ha caracterizado al mundo cristiano.
Pero los cristianos no sólo se expandieron por toda Hispania por la religiosidad de los iberos, sino por algo mucho más importante: las riquezas minerales con que por entonces contaba Hispania, o "El oro hispano".
Histeria de España
Capítulo XI: El oro hispano
Cuando los latinoamericanos se quejan del expolio a que les sometieron los conquistadores tienen razón, pero hay algunos aspectos que no tienen en cuenta. Cuando algún día lleguemos al siglo XVI se los comentaremos, pero por ahora cabe recalcar que los romanos hicieron lo mismo con nosotros, los irreductibles iberos.
Quien habla de la Península ibérica como una tierra rica, dotada de todos los recursos naturales necesarios, o está borracho o no sabe lo que dice. La península, casi toda la península, es un auténtico páramo donde la vida se hace bastante desagradable, excepción hecha de las playas de Benidorm, que al fin y al cabo están pensadas para los piratas berberiscos primero, y los turistas ingleses después. Lo único que tiene España de interesante es su riqueza mineral, ahora bien escasa pero hasta hace poco bastante abundante.
Ya les contamos al principio de nuestra Histeria la inteligente política comercial de Tartessos y sus minas de bronce; lo que no les contamos es que, un poco más arriba de Tartessos, en León y Asturias, las montañas escondían un caudal de oro inigualable que, por supuesto, los iberos nunca explotaron (eso de ser ricos es de maricones, debieron pensar). Cuando llegaron los romanos, materialistas ellos, se pusieron con ahínco a afanar todo el oro que había en las montañas; al fin y al cabo, Hispania era provincia romana, y las condiciones laborales de los iberos no contemplaban ninguna clase de convenio colectivo, así que ¿por qué no aprovecharse?
Los romanos horadaron montañas enteras en concepto de "necesidades del Imperio", materializadas generalmente en la compra de especias en la India. Para nosotros es todo un misterio en qué ocuparon los indios el gigantesco caudal de metales preciosos que entró en sus posesiones durante centurias, quizás sus meditaciones (oohhmmmm) les llevaron a ahorrarlo todo para, algún día, tener la bomba atómica.
Los romanos, según parece, fueron muy buena gente que construyó acueductos, nos enseñó latín y permitió que una filosofía tan rica y actual como el cristianismo llegara por estos lares, pero quizá podrían haberse ahorrado el expolio. Los iberos no tuvieron una reacción inmediata, pero de las entrañas de la vieja Iberia salió un líder que pondría en apuros a Roma durante muchos años: "Sertorio".
Histeria de España
Capítulo XII: Sertorio
Nosotros pensábamos que la rebelión de Sertorio correspondía cronológicamente al 80 d.c., pero acabamos de descubrir (observen que nos documentamos con seriedad) que en realidad el individuo este se rebeló mucho antes, el 80 a.c. (problemas del calendario cristiano). En fin, no creo que les importe un pequeño salto hacia atrás de unos 150 años, porque Sertorio nos interesa en cuanto iniciador del claro y contundente dominio que nosotros, los iberos, ejercimos sobre el Impero Romano durante centurias.
En una de las múltiples guerras civiles de Roma (aún no entendemos cómo el Imperio pudo durar tantos años), la que llevaron a cabo Mario (tío de Julio César) y Sila, que finalmente saldría triunfante, los partidarios de Mario se reunieron en torno al lugarteniente de este, Sertorio, que durante muchos años dirigió Hispania como provincia en la práctica independiente de Roma.
Sertorio, hábil político, supo ver claramente qué es lo que tenía que hacer para enajenarse el apoyo del orgulloso e independiente pueblo ibero: Sertorio se paseó por toda Hispania acompañado de una cabra, teóricamente enviada por el Dios ibero Endovéllico para aconsejarle. Tal sorprendente afirmación habría llevado a los pobladores de cualquier lugar serio a concluir que Sertorio estaba como una cabra similar a la que le acompañaba, pero ustedes saben que, ya entonces, "Iberia was different". Así que los iberos se dieron cuenta de que Sertorio era un líder providencial enviado por los hados y que les iba a permitir reeditar viejos éxitos de la idiosincrasia ibera.
En efecto, Sertorio llevó a los iberos a una sangrienta guerra civil contra el Senado romano, hasta que, finalmente, fue asesinado en Osca (Huesca) por sus propios oficiales, sobornados por Pompeyo (al parecer, Roma seguía habitualmente las mismas tácticas que Jesús Gil para alcanzar sus objetivos, como ya pudimos ver con el caso de Viriato). Los seguidores de Sertorio (recuerden, era un hombre providencial, como Franco, y quién sabe si resucitaría) se encerraron en Calagurris (Calahorra) para la batalla final, que se decidió varios años después, no mediante un enfrentamiento abierto con las legiones romanas sino por el hábil procedimiento del sitio por hambre. Los iberos se comieron a sus animales, a sus muertos y, finalmente, se devoraron unos a otros antes que rendirse. Pero claro, con tanta gula como la que tenían al final no había defensores de la ciudad que oponerse a los romanos, así que la rebelión terminó de una manera tan alucinante como había empezado (no sabemos si alguien se comería a la famosa cabra de Sertorio o la respetarían).
Sin embargo, la rebelión de Sertorio tuvo la función de dejar muy claro, definitivamente, quiénes eran los más machos de todo el Imperio, y quiénes serían los encargados, en el futuro, de llevar a Roma a sus mayores cotas de gloria: nosotros también fuimos Imperio, o "Las recetas españolas en Roma".
Histeria de España
Capítulo XIII: Las recetas españolas en Roma I: Los fundamentos ideológicos
La Hispania romana empezó pronto a demostrar, como no podía ser de otra manera, que si el Imperio quería ser de verdad digno de tal nombre no podía sino asumir como propios ciertos rasgos tan propios de los pobladores de ese crisol de culturas que ya era la Península. Ya en esa temprana época empezó Hispania a deslumbrar al mundo con rasgos que, a lo largo de la historia, se han repetido ineluctablemente, pues no otra cosa puede esperarse del genio hispano. Entonces, como ocurre en la actualidad, Hispania deslumbraba al mundo haciendo crecer en sus fértiles tierras estadistas de talla internacional que, en tiempos de mudanza, se encargaron (y encargan) de poner orden en una región, la europea, muy necesitada de manos firmes.
La brillante historia de los emperadores hispanos será analizada en los siguientes capítulos, pues ahora conviene resaltar que no sólo el genio político nación en Hispania, sino también la Política con mayúsculas. Tal y como ocurre en nuestros días por esa época los intelectuales españoles asombraban al mundo. La presencia de los hispanos en los cenáculos romanos aumentaba sin parar (el valenciano Cayo Julio Higinio, Séneca "el retórico"), pero no será hasta la irrupción en escena del cordobés Lucio Anneo Séneca cuando se produzca, un cambio en la Historia de las Ideas sin marcha atrás posible. Hasta esta deslumbrante aportación hispana el mundo de las ideas estaba dominado por los curillas de tres al cuarto de las distintas religiones politeístas. Una especie de copia de mala calidad de las exóticas doctrinas que propagaban los curas acabaría llevando al estrellato a los pensadores de la Grecia clásica, fundamentalmente atenienses. La Historia ha sido generosa en extremo con unos tipos que, esclavizando al 90% de la población de la ciudad (metecos) disponían de todo el tiempo del mundo para ir a misa y pontificar sobre todo lo divino. Sin embargo no lograron introducir cambios de entidad en lo que se refiere a la idea de la "política". L.A. Séneca, por el contrario, fue el encargado de estructurar en un todo homogéneo la tradición cultural y política de una región, Hispania, muy consciente de cómo debían hacerse ciertas cosas. Así, fue el primer gran teórico de la corrupción (que catalogó como "un mal de los hombres, no de los tiempos", adelantándose de esta manera en 2000 años a las explicaciones que ofrecería al respecto un jefe de gobierno español) y el pragmatismo político (que luego elaboraría de modo refinado Maquiavelo con 15 siglos de retraso pero logrando llevarse el éxito, como buen italiano). Preceptor del emperador, L.A. Séneca combinaba con sorprendente desparpajo su visión de la política y su tendencia conspiratoria con alegatos encendidos en pro del famoso vir fortis. La catadura moral del personaje era un fiel reflejo de lo que es la política hispana, con todos sus defectos, tan bien exportados, y alguna virtud (suponemos). Demostrando una vez más que a L.A. Séneca sus años en Roma no le habían amariconado y que era un español de pura cepa murió haciendo gala de la intransigencia y tozudez españolas, suicidándose al descubrirse una de sus intrigas cortesanas contra Nerón. La influencia del senequismo en Italia ha sido y es enorme, a pesar de actuaciones cara a la galeria tipo Manos Limpias. Su influencia en Hipania fue mucho menor, pues, en esas materias, poco podía enseñar L.A. Séneca, que se limitó a extender por todo el orbe el modo español de entender la política.
Histeria de España
Capítulo XIV: Las recetas españolas en Roma II: Los fundamentos genitales
O cómo nosotros, los españoles, supimos tener muy en cuenta el camino abierto por Séneca para llevar, con nuestra fe y nuestro singular modo de ver las cosas, al Imperio a sus mayores cotas de poder y gloria. Varios fueron los ciudadanos españoles que llegaron a lo más alto, a la condición de Imperator, y todos destacaron en una u otra labor. Les reseñamos lo más notable de cada uno de ellos:
- Trajano: Gobernó el Imperio a fines del siglo I d.c.. Después de las singulares personalidades de Nerón y Calígula, nada mejor que un hispano para arreglar el desaguisado al que había llegado el Imperio Romano. Con Trajano, Roma llegó al máximo nivel de expansión territorial, alargando sus tentáculos hasta la Dacia (actual Rumanía) y cruzando el Rhin unas cuantas veces para dejar claro a los germanos que, en cuestión de dar leches, los iberos les ganábamos por varios pueblos. La Columna Trajana en Roma aún atestigua que este ciudadano de Hispalis acabó con todos los problemas de la degeneración romana por unos cuantos años. Trajano era sobrio, imperturbable, impasible el ademán, rasgos todos propios del tronío sevillano y comunes a otros grandes líderes, más cercanos en el tiempo, de que hemos disfrutado los españoles.
- Adriano: Lugarteniente de Trajano, le sucedió al frente del Imperio, iniciando la hermosa tradición española de los validos, que últimamente se ha visto truncada con el penoso resultado del pacto socialcomunista (claro que la Verdadera Hispania nunca habría caído en esa clase de inconsecuencias). Adriano, todos los historiadores lo confirman, era un genio. Esto, a fin de cuentas, no supone una gran novedad desde nuestra óptica, porque, hispano de Hispalis como también era Adriano, ¿cómo no iba a ser genial? Adriano construyó castillos (El famoso Castillo de Adriano), villas (la encantadora Villa Adriana) e incluso muros (el monumental Muro Adriano, creado para separar a los caledonios -escoceses- de los británicos, antecedente claro del Muro de Berlín y único rasgo de Adriano que nos hace pensar que, él también, era socialcomunista); todo ello, claro está, construido con sus propias manos, no fuera a ser que los impresentables de los romanos se gastaran toda la pasta destinada a Infraestructuras en orgías, como habitualmente hacían.
- Marco Aurelio: Uno de los máximos representantes de la filosofía estoica, Marco Aurelio era de familia hispana (es decir, siguiendo la filosofía de más de un equipo de fútbol y líder peninsular, hispano de toda la vida) y gobernó Roma a mediados del siglo II d.c. Marco Aurelio era un pensador sutil, original, ponderado, como Séneca, y, al igual que Séneca, también supo ver claramente lo que había que hacer para devolver la pujanza a Roma: dedicarse a torturar, crucificar e incinerar cristianos, aunque, eso sí, con un gran estoicismo. Cuenta la leyenda que Marco Aurelio se dedicó a apiolar cristianos durante casi toda su vida (inexplicable, con lo pacíficos que eran), pero al final dio un viraje radical ante el milagro de la Legio Fulminatrix, compuesta exclusivamente de cristianos. Marco Aurelio luchaba al frente de sus legiones contra los pesaos de los dacios, y todas ellas estaban a punto de morir de sed. Aunque a Marco Aurelio eso le daba bastante igual (no lo olviden: era enormemente estoico), lo cierto es que la situación era bastante comprometida, pero por fortuna los cristianos de la Legio Fulminatrix se pusieron a rezar a Dios (lo único que hacían, los muy pacíficos) y este no les envió toneladas de maná ni plagas de langostas como acostumbraba, sino una lluvia que salvó a todo el ejército romano de morir de sed (y seguro que la lluvia ni siquiera les caería a los dacios). Ante la magnitud del milagro, nuestro hispano Marco Aurelio, estoico él, vio la luz y dejó de perseguir a los cristianos (curiosamente, sus sucesores no vieron el milagro con la misma claridad que él y, por tanto, siguieron practicando este deporte nacional que, al parecer, era el martirio de cristianos; claro, los extranjeros nunca han tenido la privilegiada claridad de visión de los hispanos para observar milagros por doquier).
- Teodosio: Este hombre lo tuvo un poco más crudo que sus antecesores hispanos, porque gobernó durante el siglo IV d.c., época en la que tanto los germanos como los hunos empezaban a ponerse muy desagradables con Roma. Pese a ello, y pese a que toda la historia de Roma desde la muerte de Adriano es la historia de una imparable decadencia, Teodosio supo brillar con luz propia y le ahorró disgustos sin cuento a su languideciente Imperio. Bien asesorado por los muy pacíficos cristianos, ya legalizados y dominando la Administración romana, Teodosio tuvo la genial idea de dividir el Imperio en dos partes: la occidental, para Honorio, y la oriental, para Arcadio, ambos, por supuesto, hijos de Teodosio, ya versado en las artes del felipismo. Creemos que en un primer momento Teodosio quizo dividir el Imperio en 17 partes o Comunidades, pero no tenía tantos hijos y además los hispanos habrían exigido un tratamiento especial que tuviera en cuenta las particularidades culturales, lingüisticas e históricas del territorio, así que tuvo que dar marcha atrás en su original proyecto.
Desgraciadamente, y pese a la inteligencia de Teodosio, la división del Imperio en dos partes trajo un sinfín de desastres para nuestra amada Hispania: unidos a los incompetentes de los galos, bretones e italianos en el Imperio Occidental, nuestra tierra no tardó en ser colonizada por una serie de exóticos pueblos germanos caracterizados por sus escasos modales: "Suevos, Alanos y Vándalos" (y por fin nos quitamos de encima a los romanos).
Histeria de España
Capítulo XV: Suevos, Alanos y Vándalos
Después de la muerte de Teodosio, una nueva época de nepotismo y corrupción se instaló en Roma, naturalmente encabezada por emperadores extranjeros que hicieron oídos sordos a las sabias recetas españolas contra la crisis. Y de esta manera, la descomposición completa del Imperio Romano de Occidente fue un hecho (el de Oriente se descompuso a lo largo de diez siglos más); los pueblos germánicos cruzaron el Rhin empujados por los hunos y otros salvajes asiáticos, y a la vista de los resultados se volvieron tan salvajes como estos. La invasión germánica conformó lo que ha sido conocida como Época Oscura de la historia europea, en la que la cultura, el arte y la civilización occidentales fueron aplastadas por la barbarie (es curioso que cada vez que los alemanes intentan dominar el mundo, el resultado sea una Época Oscura).
Suevos, Alanos y Vándalos eran pueblos eslavos (o germánicos, o lo que sea; todo era un barullo de progres) que entraron en nuestra Península a principios del siglo V (406) para traernos la visión humana de los germanos sobre la vida, materializada en saqueos continuos en las ciudades, destrucción gratuita y expolios sin freno; para ser sinceros, hay que reconocer que nosotros, los iberos, no dimos una respuesta propia de nuestro pueblo a tales afrentas; siglos de contacto con la civilización romana nos habían amariconado bastante, así que el Emperador romano (o lo que quedaba de él) decidió otorgar a otro pueblo germánico, los visigodos, la administración de Hispania a cambio de garantizar el orden y expulsar a los bárbaros (a eso se llama apagar un incendio con gasolina). Sorprendentemente, la medida, en un principio, fue enormemente positiva: los visigodos expulsaron a los vándalos al Norte de África (donde estos, llegados en oleadas de pateras, fundaron un reino), exterminaron a los alanos de la faz de la tierra y arrinconaron a los suevos en Galicia, como paso previo para emigrar. Es decir, exterminio, exilio forzoso y, por encima de todo, Ornung (orden): prueba de que los alemanes no han cambiado con el paso del tiempo.
Como resultado de todo ello, los visigodos, un pueblo de salvajes, se quedó con todo el cotarro en la rica Hispania, ante la pasividad de nuestros ancestros. Pero todo eso comenzaremos a explicarlo en nuestro próximo capítulo: "La llegada de los giligodos".
Histeria de España
Capítulo XVI: La llegada de los Giligodos
Una vez habían saqueado Roma y arrasado toda la Galia, los visigodos, comandados por Ataúlfo, se instalan en la Septimania, con capital en Narbona, y desde allí gobiernan toda la Península, en un antecedente de lo que después harían los primeros Austrias y Borbones con nuestro país. Llegaron unos 100.000 bárbaros, ilusionados ante la perspectiva de comandar la transformación de Hispania a los modos germánicos, esto es, esclavizar y asesinar a la mayor porción poblacional posible.
Entre las muchas costumbres que trajeron los visigodos, la menos importante no es la de asesinar a cuantos reyes se les pusieran por delante. Esto era debido a que la monarquía visigótica no era hereditaria, sino electiva, y los nobles tenían demasiado a menudo la mala costumbre de elegir a base de sablazos. De esta manera, el fundador del gobierno visigótico en Hispania, Ataúlfo, es asesinado y sustituido por un gobernante de transición, una especie de Hernández Mancha germánico, Sigerico, que gobierna un total de siete días, siendo sustituido por Valia, cuyo gobierno, basado en el pactismo con los romanos, dura dos años.
En el 418 sube al trono Teodorico I, que dura bastante, hasta el año 451. Ignoramos las medidas de gobierno que adoptó Teodorico I durante tantos años, pero sí sabemos que continuó volcado completamente hacia la política exterior, dependiente de los romanos, hasta tal punto que murió en la batalla de los Campos Cataláunicos (451) contra los hunos.
A Teodorico I lo sustituye Turismundo, que dura dos años, justo hasta el momento en que su hermano Teodorico se lo carga delante de toda la corte y se proclama rey, con el nombre de (¿lo adivinan?) Teodorico II. Otro hermano de Teodorico II, Eurico, una vez asentado el democrático sistema electivo visigodo, se carga al rey y, como no podía ser menos, lo sustituye en el trono.
Hasta el momento, hemos podido observar que los godos no habían traído sustanciales novedades a Hispania: su sistema electivo está totalmente plagiado de los baskones, su salvajismo no era especialmente original en la época, y los nombres, la famosa lista de los reyes godos, son graciosos, sí, exóticos, pero no bastan para justificar un gobierno tan lamentable como el que ejercieron hasta que fueron eliminados por los árabes. Hacemos aquí una pequeña ruptura histórica para referirnos en el siguiente capítulo de nuestra Histeria a la principal aportación germánica de mérito, los códigos legales, basados fundamentalmente en un endurecimiento del Derecho Romano.
Histeria de España
Capítulo XVII: Racionalización del modelo de Estado
A Eurico lo sustituye su hijo Alarico, en un ejemplo claro de las bases de la "democracia orgánica". Alarico era un arriano recalcitrante (ya hablaremos de ello, aquí o en nuestra sección de Teología), y persiguió continuamente a los católicos. Como ven, Alarico surtió, al igual que la República muchos años más tarde, a la Iglesia de mártires hispánicos. Alarico muere en la batalla de Vouillé (507) contra el rey franco Clodoveo, que era católico y santo (claro). Su hijo Amalarico es nombrado rey a los nueve años, y con trece muere en otra batalla, otra vez contra los francos (Clodoveo en verdad era Santo), en la que los visigodos pierden la capital, Narbona, y se trasladan a Barcelona.
Siguen varios años de decadencia hasta que el general Teudis se hace con el cotarro y conquista Ceuta a los bizantinos, que la reconquistan pocos años más tarde, ayudados por los nativos, que ya entonces sabían que Ceuta pertenecía a Marruecos (que no existía, pero ese es un detalle sin importancia). Teudis muere asesinado en el 548, y es sustituido por Teudiselo, que a punto está de batir el récord fijado por Sigerico, pues la palma asesinado un mes más tarde. Agila aguanta cinco años en el trono, antes de ser asesinado (esto de ser rey en la época visigótica venía a ser como hacer política "españolista" en el País Vasco; por lo visto, tan demócratas eran unos como los otros). Agila era bastante incompetente, como demuestra el hecho de que permitió instalarse a los bizantinos en el sur de la Península.
Atanagildo es elegido sucesor en el trono, y sorprendente murió en la cama, así que debía ser todo un dictador. Trasladó la capital de Barcelona a Toledo, iniciando en fecha muy temprana, como ven, la larga serie de agravios pendientes que tienen los catalanes con el centralismo ibérico. Por lo demás, Atanagildo también demuestra tenerlo todo "atado y bien atado" para su sucesión, pues a su muerte aparecieron tres partidos: los continuistas, representados por Liuva, que cede el poder su hermano Leovigildo, el reformista, que somete a los rupturistas vascones, que ya por entonces habían tomado conciencia de su superioridad respecto a los invasores visigóticos. Leovigildo hizo muchas más cosas en su reinado, todas ellas buenas, pero como era un arriano pecador lo metemos en la carpeta por el momento y nos centramos en nuestro siguiente capítulo, dedicado a los grandes juristas germánicos de aquel momento.
Histeria de España
Capítulo XVIII: La Ley goda con sangre entra
Una de las más importantes aportaciones de la cultura goda a la formación del carácter, las costumbres y las instituciones hispánicas fue su Derecho. La legislación visigótica, a pesar de las raíces germanas de estos pueblos, sorprende por su desorden. Está visto que el mito alemán no nace hasta que Prusia se hace cargo, allá por el siglo XIX, de ordenar el cotarro. Este desorden, lógicamente, cautivó a los hispanos, de manera que la trascendencia del Derecho bárbaro en nuestro país se dejará sentir allende los siglos. La compilación visigótica más antigua son las leyes teodorianas (Teodorico I, 418-451, cuyas gestas ya han sido relatadas), pero tienen poca importancia. Para aumentar el desorden muchos monarcas visigodos se encargan de hacer su particular recopilación, y así se suceden otras compilaciones de más trascendencia (aunque tampoco mucha): la legislación de Eurico (466-484), el Brevario de Alarico (a pesar de lo que sugiere el nombre ni estaba relacionado con la equitación ni era excesivamente breve) y el Código de Leovigildo. Este Código anticipa ya lo que será el Texto Visigodo por excelencia: el Liber Iudicorum. El Liber se compone de doce libros, y recopila los códigos de Recesvinto (642-653) y su sucesor Chidasvinto (653-672). Los visigodos, a estas alturas, estaban tan integrados que hasta empleaban el latín, mostrando bien a las claras cómo habían dulcificado las formas y asimilado cierta tendencia hispana a la fanfarria. Sin embargo, y bajo estos ropajes semicivilizados latía el indomable espíritu godo. Aunque se llame Liber Iudicorum el contenido de la Ley goda seguía haciendo honor a su procedencia. El salvajismo de toda una serie de instituciones subyugó a una población que nunca debió entender muy bien el carácter melifluo de las formas romanas. Y así, en apenas dos siglos, la Ley Goda se hizo dueña del espíritu español, de modo que sus soluciones mantendrán su vigencia en la España de la Edad Media y Moderna, mostrando una capacidad de adaptación digna de encomio (en contraste con los siete siglos de dominación árabe, que apenas dejaron huella).
Principio básico del Derecho germánico es su religiosidad, las relaciones jurídicas se entienden como un orden dado por los dioses desde lo eterno (Ewa). Es comprensible que semejante concepción calara hondo en España, y así lo hemos vivido hasta fechas muy recientes (si quiere saber más sobre el Opus, visite nuestra sección de Teología). Por lo demás las instituciones de derecho privado godo (matrimonios, herencias, contratos....) no presentan características de interés desde la perspectiva que nos interesa (estos es, que perduren en el subconsciente colectivo español). Otro cantar es la organización de la represión, donde la Ley Goda muestra una imaginación y unas estructuras formidables, que son las que le garantizaron el éxito a lo largo de toda la Edad Media española. Básicamente la Ewa ya mencionada imponía cómo debía vivirse, y si alguien lo incumplía entonces se procedía a realizar una declaración formal de carencia de paz (Friedlosigkeit), que permitía abrir contra el inculpado una persecución general que puede concluir de múltiples formas (la imaginación germana al respecto no tiene casi fronteras). Este simpático estado de cosas perduró hasta que empezó a ser atenuado por el influjo de la cristiandad, que tendió a restringir la muerte del proscrito a los actos flagrantes (esta idea no fue bien acogida socialmente y el incumplimiento general obligó a buscar otra respuesta, con lo que nació una institución exótica y de larga vida: el derecho de asilo en las iglesias). Otra institución peculiar y de gran éxito en nuestro país fueron las famosas ordalías. Como pocos de ustedes dudarán, la eficacia probatoria del aceite hirviendo está más que constatada. Los visigodos, inteligentemente, configuraron un derecho de la prueba en el que, sencillamente, se garantizaba que ningún inculpado pudiera ser considerado inocente. La optimización de recursos era, en este sentido, indudable. Como efectos secundarios de recurrir a estos medios de prueba se generalizó el hábito cultural de presenciar escenas terroríficas con sujetos gritando desgarradoramente y contoneándose como fieras, con lo que, gracias a los godos, toda la población española se familiarizó desde muy pronto con algo cualquier español debe aprender a soportar desde niño: el flamenco.
Histeria de España
Capítulo XIX: Los bizantinos
Es decir, los herederos del Imperio Romano de Oriente, que, contra todo pronóstico, consiguió durar diez siglos más a base de ceder más y más terreno a sus enemigos. A nosotros los bizantinos siempre nos han parecido un pueblo ridículo, emperrado en estúpidas discusiones teológicas que les impedían ofrecer algo de oposición a turcos, búlgaros y demás gente seria que campaba por sus anchas a lo largo de lo que quedaba (cada vez menos) de Imperio. Los bizantinos, empero, vivieron una época de esplendor en el siglo VI con el reinado de Justiniano, quien, pese a su nombre y a su fervor en la promulgación de códigos, era un auténtico cabrito, y posiblemente por ello le fueron tan bien las cosas. Las similitudes de Justiniano con los visigodos no se limitan a hacer leyes que nadie cumplía y a cargarse a todo el que se le ponía por delante, sino también a intentar expandir sus territorios, con el mismo resultado final que obtuvieron los visigodos.
Para ello, Justiniano contó con un hombre excepcional, el Conde Belisario, que se hizo con el norte de África, Italia y muchos más territorios. En pago por los servicios prestados, Justiniano lo dejó ciego y puso al frente de sus tropas a un eunuco, Nersés, con los resultados previsibles al dar a alguien así el mando de la tropa: pérdida de Italia, pérdida del norte de África y conquista, merced a la incompetencia de los visigodos, de más o menos la actual Andalucía. Los bizantinos se pegaron allí unos ochenta años, en los que no dejaron absolutamente ninguna creación de mérito, lo cual nos da una idea de qué clase de cultura estamos hablando (incluso los godos hicieron alguna Iglesia).
La verdad, los bizantinos nos parecen una pandilla de perdedores, destinados al fracaso y la decadencia perpetua, máxime si tenemos en cuenta que renunciaron a la verdadera religión, la católica, merced a sus apasionantes discusiones teológicas. Sin embargo, habrá que hablar de ellos cuando contemos cómo nosotros los españoles (recuerden que "nosotros" lo éramos por lo menos desde el Neolítico) les dimos una buena somanta de palos cuando los Almogávares se dieron un garbeo por Grecia, y también en el siguiente capítulo: "El arrianismo".
Histeria de España
Capítulo XX: El arrianismo
Los visigodos, por si ustedes no habían caído en la cuenta, eran unos herejes arrianos. Esto es, seguían la doctrina del sacerdote Arrio, que afirmaba que Jesucristo no era Dios, sino un hombre muy, pero que muy santo. Tal atrevimiento fue combatido por la Iglesia Católica durante siglos en España, porque la mayoría de la población era católica, pero la jerarquía goda era arriana. Si a ello añadimos a la población judía, se pueden ustedes imaginar el jaleo.
Cuando los godos llegan a la bella Hispania, renuncian a cruzarse con los latinos (eran alemanes, claro), y mantienen impolutas sus costumbres totalmente ajenas al modus vivendi hispánico. Sin duda, los godos nunca participaron de las procesiones de Semana Santa, ni de la Navidad, ni de otras simpáticas y ancestrales tradiciones del culto católico. Sin embargo, fueron bastante más receptivos en algunos aspectos propios de la idiosincrasia cristiana, como pueden ser el martirio, la tortura y la persecución por motivos religiosos.
Periódicamente, los godos organizaban pequeñas cruzadas para convencer a la población de las bondades del arrianismo, pero el buen pueblo latino nunca se dejó convencer. Para ellos, eso de que Jesús fuera un simple humano le hacía perder todo interés a la religión: venía a ser como una especie de judaísmo encubierto, porque negaba la Santísima Trinidad, que es lo que más nos ha maravillado siempre a nosotros del cristianismo.
El punto álgido de la batalla teológica sucedió durante el reinado de Leovigildo, uno de los reyes godos más trascendentales. Su hijo Hermenegildo, aliado de los bizantinos y desde Sevilla (no podía ser menos), acaudilló una sublevación católica rápidamente sofocada por su papá. Leovigildo, merced a la llamada de la sangre, le dio una última oportunidad a su hijo, pero este, como buen católico, se mostró intransigente, y al final fue apiolado por un esbirro de Leovigildo, llamado Sisberto. Tal vez crean que hemos pasado a hablar de algún culebrón venezolano, pero no es el caso (por el momento). Más bien hemos introducido el capítulo dedicado al mejor rey visigodo, nuestro favorito, el más bestia y más efectivo: "Leovigildo".
Histeria de España
Capítulo XXI: Leovigildo
Leovigildo es, en la práctica, el fundador del Estado visigótico, lo cual nos hace admirarlo aún más. Este gran rey, candidato claro a formar parte de la serie "Los nuestros", de Federico Jiménez Losantos, sin duda ya tenía bien claro el concepto de la unidad de España, basada, cómo no, en el enfrentamiento con los malvados nacionalismos periféricos y en la indispensable unidad religiosa. Con Leovigildo, se busca esta unidad tomando como base el arrianismo. Si bien podría haberse centrado en la religión católica para ello, es posible que no le convenciera adoptar los usos y costumbres de sus enemigos, el Imperio más ridículo de la historia, los bizantinos. De tal manera, como ya indicábamos más arriba, a nuestro héroe no le importó lo más mínimo eliminar a su integrista hijo mayor, Hermenegildo, en busca de la unión de todos los españoles (sí, ya eran españoles) en torno a una tiara determinada. Todo auténtico español sabe la importancia que esto tiene, y Leovigildo no iba a ser menos. A él la historia no le echaría en cara haber caído en peligrosos desviacionismos.
Pero esto no es todo. Leovigildo también fue lo suficientemente bestia como para perseguir sin freno a los periféricos baskones, que ya entonces estaban inmersos en la lucha contra el invasor castellano (aunque Castilla entonces no existía, en lo que respecta a la lucha de los baskos, eso no tiene la menor importancia). Leovigildo sometió a los baskones por enésima vez, conquistando Amaya, su capital, y (suponemos) obligándoles a pagar impuestos (poco después, claro, los baskones, siempre celosos de su libertad, volvieron a sublevarse).
Por último, con Leovigildo toma fuerza la economía hispana, acuñando una moneda de oro, los famosos "tremises" (no nos sonaban de nada, pero nuestras múltiples fuentes inciden particularmente en su gran importancia), que desde entonces no pararon de devaluarse una y otra vez, en un claro antecedente de la política económica del Imperio castellano (bueno, español si prefieren) de los siglos XVI y XVII. De esta manera, Leovigildo acentúa la necesaria (y ancestral) unidad de todas las regiones de España, siempre en pos de un objetivo común. El ejército visigótico gana en cohesión y fortaleza, y se comenta incluso que la esclavización del pueblo latino se llevó a cabo con mucha más eficacia que antaño (un nuevo antecedente de otro de los pilares de la idiosincrasia hispánica, el "vivan las cadenas").
En fin, que Leovigildo era un pesado y un salvaje, razón por la cual es muy admirado por la historiografía española (sí, sí, esos santones de la Real Academia de la Historia), y aún le dio tiempo para convertir momentáneamente la monarquía en hereditaria, puesto que le sucedió su segundo hijo, "Recaredo".
Histeria de España
Capítulo XXII: Recaredo
Leovigildo la palma en el año 586, presentando una hoja de objetivos cumplidos a su hijo, Recaredo. Este último personaje es también enormemente admirado en la historiografía nacional-católica; a pesar de cometer el terrible pecado de no tener un nombre terminado en -ildo, Recaredo, fue un gran rey, como lo oyen. ¿Por qué? Para empezar, su primera decisión en la corte es proferir las siguientes palabras: "Adiós, Sisberto", dirigidas al asesino de su integrista hermano Hermenegildo (por cierto, Santo). Los avezados nobles cogen al interfecto y se lo cargan ahí mismo a espadazos (la justicia goda era mucho más diligente que la que tenemos ahora; ni jurisprudencia, ni recursos, ni leches).
Por si esto no fuera suficiente,la segunda decisión de Recaredo es destruir toda la obra y el trabajo de papá y convertir el Estado visigodo, por decreto - ley, en un Estado católico. En el III Concilio de Toledo, las Cortes visigóticas (es decir, los nobles y el clero; ¿o qué se pensaban?) deciden por unanimidad convertir el catolicismo en religión oficial de España. Es esta una medida de singular trascendencia, fundamentalmente porque no fue derogada hasta hace pocos años, lo que nos habla del respeto a la ley (o a según qué leyes, claro) de los que nos han gobernado desde tiempos inmemoriales.
Por lo demás, no nos consta que Recaredo hiciera absolutamente nada, excepto vengarse del asesino de su hermano (loable, aunque un poco drástico y ventajista al mismo tiempo: ¿por qué no se vengó de papá?) y convertir lo oficioso en oficial (loable, claro; vean las hondas raíces del nacional - catolicismo). ¿Pero acaso esto no es suficiente? Además, habida cuenta de que los cronistas son unánimes en afirmar que Recaredo fue "magnánimo, bondadoso, amable, valiente", no podemos sino regocijarnos de haber tenido un rey tan excelente. Claro, los que tan bien hablan de Recaredo son sacerdotes católicos, pero esto en realidad es garantía de hasta qué punto es verdad lo que comentan, porque ¿quién puede ofrecer una formación moral más sólida que la Iglesia de cualquier época? Vean si no se lo creen a uno de los más egregios: "San Isidoro".
Histeria de España
Capítulo XXIII: San Isidoro y la implantación del catolicismo
San Isidoro es el primer teólogo de entidad de la Historia de España, lo que es tanto como decir el primer teólogo de toda la Historia. Si a este dato añadimos que San Isidoro era sevillano nadie podrá dudar que el fervor católico más puro y verdadero ha residido y residirá siempre donde se merece: en la única ciudad del mundo con tres estadios de fútbol con capacidad para más de 50.000 espectadores y ningún equipo de elite (¿alguien puede dudar que se crea en los milagros en Sevilla?). A pesar de su definitiva y exitosa implantación el catolicismo no lo tuvo fácil. Hasta el III Concilio de Toledo no se convierte en religión oficial y a estas alturas ya andamos por el año 589.
Para compensar el tiempo perdido y celebrar el bautismo godo se desató una ola de intolerancia que afectó especialmente a judíos y los restos de paganismo (sobre todo a estos, pues es tradición en España mirar mucho peor al ateo que al que practica otra religión, ya que el segundo "pobrecito, no tiene culpa" mientras que el primero es un monstruo sin entrañas). Especialmente eficaz fue esta acción "misionera" contra el paganismo, vistos los frutos cosechados, en el Norte peninsular. Estas actuaciones fueron alentadas y secundadas por el obispo de Sevilla, que demostró su capacidad renacentista para dedicarse, a la vez, a otros quehaceres pergeñando unas reflexiones sobre la religión cuya escasa calidad no ha provocado, sorprendentemente, que se considere muy apropiado y culto el hacerse eco de ellas cuando la ocasión lo permite.
En reconocimiento póstumo, como es habitual, se le ha reconocido el status de Santo, algo lógico si tenemos en cuenta que varios de sus hermanos, concretamente tres, también lo son: Santa Florentina, San Fulgencio y San Leandro. La conclusión a la que podemos llegar es: ¡Vaya familia! Pero si los escritos teológicos de San Isidoro son ciertamente pobres, no lo son menos sus estudios históricos. En su "Crónica de los visigodos", al llegar Suintila al poder (624), escribió lo siguiente: Suintila era "munícipe para todos, largo para pobres e indigentes, pronto a la misericordia, hasta el punto de que mereciera ser llamado no sólo príncipe de los pueblos, sino también padre de los pobres".
Casualmente, cuando Suintila es depuesto en el IV Concilio de Toledo (presidido por nuestro San Isidoro), el Gran Hombre pasa a ser, sin solución de continuidad, un canalla que sólo se había destacado en su reinado por "las riquezas robadas a los pobres". En consecuencia, por su objetividad, por su valentía, podemos decir que San Isidoro en verdad era Santo. Pero no era el único, como comprobarán en nuestro siguiente capítulo, "los Godos Menores".
Histeria de España
Capítulo XXIV: Los Godos Menores
El capítulo se llama así para justificar de alguna manera que dediquemos un solo capítulo a más de diez reyes, pero algo teníamos que hacer con una gente que no hizo nada de provecho y además tenía la mala costumbre de matarse unos a otros (y los reyes godos tenían nombres horribles, pero tampoco era como para cargárselos).
Recaredo, el superrey católico, intenta asociar a su hijo, Liuva II, al trono, pero lamentablemente este es destronado por una sublevación arriana liderada por Viterico, quien le corta la mano a Liuva II (al menos no se lo cargó) y se proclama rey en el 603. Siete años más tarde, los católicos se rebelan contra Viterico, se lo cargan (los católicos siempre han sido especialmente eficaces y expeditivos para según qué cosas) y nombran rey a Gundemaro, quien dura dos añitos, hasta el 612. El siguiente maromo en la lista es Sisebuto, quien, según nos informa San Isidoro, era un eximio escritor, autor, entre otras cosas, una "Vida de San Desiderio" y un "Himno a la Trinidad".
Inexplicablemente, Sisebuto no pasó a la historia por la excepcional calidad de sus obras (la envidia extranjera, siempre persiguiendo a España), sino por iniciar la costumbre española de perseguir a los judíos, a los que obliga a bautizarse. Unos 100.000 judíos deciden apostatar, el resto se marcha (uno de los grandes misterios de la expulsión de los judíos en 1492 es cómo es posible que quedaran aún judíos que expulsar, con la inmutable política en este sentido llevada a cabo por los monarcas cristianos durante casi 1000 años).
A Sisebuto lo sucede su hijo Recaredo II, quien muere a los 30 días, siendo sucedido por Suintila, de quien ya hemos hablado en el capítulo anterior. A pesar de ser malísimo, según San Isidoro, Suintila logró expulsar a los bizantinos de la Península (unos conquistan Andalucía Oriental y son unos sinvergüenzas; otros conquistan Andalucía Oriental también -el Reino de Granada- y son unos genios; vivir para ver, y perdonen por las alusiones continuas a los Reyes Católicos, pero ya tenemos ganas de llegar).
Sisenando, después del IV Concilio de Toledo, es el nuevo rey (si se le puede llamar así) de los godos, muriendo en el 636. Lo sucede Chintila, de quien no sabemos qué decirles, salvo que era godo, y a este Tulga, quien es obligado a abdicar en favor de Chindasvinto en el año 642. Tulga se marcha a un convento (los monjes soldados no son un invento de San Ignacio de Loyola), y por fin un rey realmente serio llega al poder en nuestro patético Estado visigodo: "Chindasvinto".
Histeria de España
Capítulo XXV: Chindasvinto
Chindasvinto es el decano de los reyes españoles, el más abuelete, el más tardío en llegar al poder y, por encima de todo, el menos proclive a abandonarlo. Chindasvinto llega al trono en el año 642, acaudillando una rebelión de los nobles contra su antecesor Tulga, que es encerrado en un convento. La nobleza, confiada en la manejabilidad del abuelo, intenta mangonear en el reino, pero Chindasvinto, que pese a su edad era muy macho, puso orden en el reino como sólo un español sabe hacerlo: temeroso, al parecer, del futuro de sus pensiones, Chindasvinto pasó por las armas a muchos nobles que seguro que no cotizaban, quedándose con sus propiedades y asegurándose, de esta manera, un retiro placentero. En sus últimos años, Chindasvinto asocia al trono a su hijo, conminándole a seguir con su cruzada antinobleza, precursora del absolutismo.
Pero Recesvinto era un liberal, sin los arrestos necesarios para continuar la hábil política de su anciano, pero no senil, padre, y ya en el mismo año de su llegada efectiva al trono (653, muerte de Chindasvinto con 91 tacos) se aprecia claramente la decadencia del Estado visigótico. Los nobles forman un partido contra el poder real, y campan a sus anchas por el territorio. Es el comienzo de otra bella tradición española: el gusto por las guerras civiles.
Recesvinto promulgó, como vimos unos capítulos atrás, el Liber Iudiciorum, que al parecer es un texto legal muy importante, pero ¿de qué servían las leyes si nadie las cumplía? Maleados por años y años de finitos, pescaíto frito, tapas y siestas, los germanos habían perdido su rigidez típicamente germánica y su gusto por el orden, guardándose únicamente lo que, por otro lado, era de mayor importancia: el salvajismo.
Histeria de España
Capítulo XXVI: Wamba
El sucesor de Recesvinto, en el año 672, es Wamba, que no tiene nada que ver con las zapatillas, y que pese a su ridículo nombre (por otro lado, habitual en los monarcas visigodos) constituye el último intento de preservar el Estado visigodo. Nada más llegar al trono, Wamba sofoca una rebelión de los nobles que no había aniquilado Chindasvinto, e impone una serie de medidas de carácter impositivo para intentar que pierdan poder. Vano intento: al parecer, los 200.000 visigodos que llegaron a España debieron ser nombrados nobles, porque si no, yo no me explico el aguante de estos tíos.
Pese a las dificultades dinásticas, a Wamba le da tiempo a rechazar un intento de invasión árabe; en el año 675, la escuadra visigoda rechaza a los musulmanes, que por entonces debían utilizar, a la luz de su aplastante derrota, los mismos medios de transporte para cruzar el estrecho que ahora. La victoria contra los árabes constituye, sin duda, una de las victorias más épicas de nuestra gloriosa Armada, así que cuádrense (la otra victoria es Lepanto, también contra los árabes, y pare usted de contar). Pero poco después de esta gran victoria, a Wamba le traiciona uno de sus allegados, su sobrino Ervigio, que le administra un narcótico en la bebida y posteriormente, aprovechando el profundo sueño de Wamba.... No puedo decirlo, es demasiado horrible: ¡Le corta el pelo!
Incapaz de soportar una afrenta semejante, Wamba se retira a un convento y su traicionero sobrino, dotado sin duda de una frondosa cabellera, se hace con los mandos de la tribu, porque una tribu prehistórica es a estas alturas la monarquía visigótica. Ervigio reina siete años, enfrentado a los judíos, que intentaban apostatar del catolicismo. A su muerte lo sustituye Egica, casado con una hija de Wamba, que lo primero que hace al acceder al trono es repudiar a su mujer (debía estar medio calva, suponemos), y lo segundo, asociar a su hijo Witiza al trono. Nos acercamos (por suerte) al final, porque los nobles, melenudos ellos, no aceptan que la monarquía sea hereditaria, y van a acabar creando una auténtica guerra civil. Pero eso ya lo veremos en el capítulo siguiente, "Don Rodrigo".
Histeria de España
Capítulo XXVII: Don Rodrigo
Witiza comienza su reinado asociando, a su vez, a su hijo Aquila al trono. Ustedes se preguntarán por qué toda la historia de la Hispania visigótica parece una repetición de los mismos leit – motiv, una y otra vez; muy sencillo, recuerden que los visigodos, por muy bárbaros que fueran, eran alemanes, y eso puede marcar a un pueblo. El alemán es el único animal que tropieza no dos, sino cincuenta veces con la misma piedra, si es necesario. Por eso, la reacción de los nobles al XVIII Concilio de Toledo (702), donde se produce el nombramiento, no se hace esperar: rebelión al canto. Un Glorioso Alzamiento Nacional de la nobleza pone al frente de los auténticos españoles (¿?) a Don Rodrigo, hasta entonces Duque de la Bética, es decir, señorito andaluz de pro. Durante un año los seguidores de ambos bandos se atizan con entusiasmo, tirando definitivamente a la basura todo asomo de respeto a la legalidad que aún pudiera quedar y demostrando, de esta manera, la españolización al menos parcial de los visigodos.
Pero Rodrigo era un verdadero Hombre en toda la extensión del término, y no sólo acaudillaba valientemente a sus partidarios en la guerra, sino que en sus ratos libres aún le quedaba tiempo para flirtear con hermosas doncellas; Florinda, la hija del conde Don Julián, gobernador de Ceuta, quedó fascinada por la masculinidad de Rodrigo, cayendo perdidamente enamorada de él; este también se enamoró, si bien de una manera un tanto fogosa, y el resultado de tanta pasión fue una violación en toda regla (de Rodrigo a Florinda, no al revés). De esta manera, el Conde Don Julián se convirtió en el primer Traidor, el primer antiespañol felipista de nuestra hermosa Historia; el muy ladino, al comprobar que Rodrigo no tenía ni la menor intención de formalizar el asunto en el altar, decide entregar Ceuta a la morisma y ponerle todo tipo de facilidades para que los musulmanes ayudasen a los partidarios de Witiza. Qué traidor, ¿verdad?
Los moros edificaron en pocos días una auténtica flota de pateras con las que cruzaron el estrecho aprovechando un descuido de la Guardia Civil de la época (o tal vez cogieron el ferry de Ceuta, esto no lo dejan claro las crónicas) y se presentan en la batalla del río Guadalete justo a tiempo para comprobar cómo una parte del ejército de Rodrigo lo traiciona también (de traidores está el mundo lleno; quizás Rodrigo había violado a todas las hijas de tan afamados caballeros, no lo sabemos; o quizás Rodrigo fuera un capullo, que es lo más probable). La batalla termina con la derrota total y absoluta de Don Rodrigo, quien, herido de muerte, se dirige hacia la tumba de Florinda (muerta de amor, claro) y yace junto a ella por última vez y para siempre. Según el "Romance de Don Rodrigo, cuando nuestro modelo de caballero español se mete en el nicho profiere lastimoso: "Ya me comen, ya me comen (los gusanos) por do más pecado había". ¿Adivinan dónde?
Poco después, con sólo 10.000 soldados como fuerza inicial, los árabes se hacen, en pocos años, con el dominio casi total de la península. ¿Cómo pudieron hacerlo? Lo descubrirán en el siguiente capítulo de nuestra Histeria, con el que iniciamos la saga de la Reconquista: "El Moro Muza".
Histeria de España
Capítulo XXVIII: El Moro Muza
Los árabes, muy cucamente, se dan cuenta de la descomposición absoluta del Estado (por llamarlo de alguna forma) visigótico, y deciden obrar en consecuencia, transformando lo que era solamente una ayuda logística a los partidarios de Witiza en la guerra civil en una yihad, o Guerra Santa. Es decir, con siglos de antelación respecto a nuestros compatriotas del siglo XVI, los árabes supieron ver las ventajes de disfrazar de religiosidad y sentimientos píos el sucio interés materialista.
En la práctica, estamos en condiciones de asegurar que los árabes no hicieron sino seguir un curso avanzado de españolización, y de ahí su éxito frente a los débiles teutones. Rápidamente, nosotros, es decir, los españoles del siglo VIII, supimos ver las múltiples ventajas de la conversión al Islam, y fuimos los que, en la práctica, llevamos la voz cantante en el mundo árabe a lo largo de los siguientes siglos (como no podía ser de otra manera). Tras unas duras negociaciones que tuvieron lugar en Sevilla, nuestros compatriotas se aseguraron lo esencial (el jamón ibérico, el vino y, naturalmente, el sexo) en su islamismo sui generis, a cambio de algunas exhibiciones de poderío espiritualista de cuando en cuando (es decir, igual que ahora). De esta manera, el moro Muza, que de moro no tenía tanto, envía sus hordas de pateras marroquíes a apoyar la acción militar de Tarik, y entre los dos conquistan media península en cuestión de meses.
Claro que los ciudadanos españoles estaban encantados de la llegada de los moros (lo que demuestra que las cosas no siempre han sido iguales), y se "rendían" a su paso sin problema alguno, convirtiéndose al Islam con el entusiasmo que sólo habíamos visto hasta ahora en los terroristas palestinos y los barbudos talibanes. Ya saben que cuando en España hacemos una cosa, la hacemos bien. En el año 714, Muza y Tarik se enfrentan al objeto de quedarse con el cotarro y son llamados a Damasco por el califa, quedando el hijo de Muza, Abd-Al-Aziz, como jefe del ejército musulmán (o sea, cuatro "burócratas de Damasco" y los demás, españoles recién islamizados), y en un año llega hasta Narbona, conquistando la práctica totalidad de la Península, salvo la región de Murcia (donde el conde Teodomiro mantuvo una fuerte resistencia durante años) y las montañas de Asturias, donde había lo mismo que ahora: un paisaje incomparable y minas de carbón de escasa calidad.
Con buen criterio, Abd-Al-Aziz considera que no merecía la pena lanzarse contra los incultos, paupérrimos y patéticos gabachos, teniendo en cuenta que acababa de tomar posesión de un auténtico Paraíso terrenal (Al - Andalus; nos llama la atención hasta qué punto los invasores extranjeros, influidos sin duda por nuestros vinos, creen ver paraísos donde sólo hay páramo y chiringuitos de playa). Así que el tío se casa con Egilona, viuda de Don Rodrigo, que al parecer no fue violada por el último monarca visigodo, y gobierna en la práctica con independencia de Damasco, hasta que el califa decide cargárselo y toma el mando musulmán un nuevo personaje, El - Horr, el más perdedor de todos los perdedores que en el mundo han sido, como demuestra que el tío ni siquiera fue capaz de acabar con cuatro pastores de cabras allá por las montañas asturianas. Porque lo que quedaba de la nobleza visigótica empezó, ya por entonces, a decir tonterías sobre el cristianismo y la Reconquista al objeto de perpetuarse en sus chollos: "Don Pelayo".
Histeria de España
Capítulo XXIX: Don Pelayo
Estamos en el año 718. Toda la Península está ocupada por la herejía islámica. ¿Toda? ¡No! Un grupo de pringaos caracterizados por su salvajismo intentan representar la herencia de la Monarquía visigótica, la auténtica España (luego no se extrañen de que apareciera el franquismo con estos antecedentes), en las montañas de Asturias. Para ello, resistirán, ahora y siempre, al invasor musulmán que tenía contenta a la inmensa mayoría de los españoles (sí, YA éramos españoles), los cuales habían abjurado en parte de la verdadera religión tentados por el oro y la falta de latigazos de los árabes.
Todos ellos serán acaudillados por un noble godo, Don Pelayo, que al parecer había escapado de la batalla de Guadalete sin necesidad de violar a ninguna doncella y había decidido, posteriormente, tomar las riendas de la resistencia (¿?) frente a los moros. Don Pelayo, recio caballero, monta su gloriosa corte en un par de cuevas de las montañas, desde donde, valientemente, espera la llegada del ejército árabe. Este, compuesto por malvados españoles herejes, comienza a recorrer el valle con el propósito de destruir la resistencia cristiana y apropiarse de todas sus riquezas (se comenta que Pelayo disponía incluso de bayas silvestres para alimentarse; sólo él, claro, que el resto de su Corte se conformaba con hierba del campo, a imagen y semejanza de sus coetáneos baskones).
Aquí se produce la primera de una larga serie de intervenciones divinas que permitieron que, en sólo 700 años, los árabes fuesen vencidos: cuando los árabes, desde el valle, comienzan a disparar con sus arcos a los montañeses cristianos... ¡Milagro! Las flechas islámicas dan la vuelta y se lanzan en pos del ejército musulmán, sin duda a causa de la intercesión divina de la Virgen, porque, como todo el mundo sabe, eso de la Teoría de la Gravedad es una mariconada que no fue inventada hasta siglos después. Para más inri, las piedras que tiraban los cristianos desde lo alto del desfiladero no se volvieron contra ellos y alcanzaron el objetivo (el ejército árabe), con lo que sólo nos cabe concluir que Pelayo y sus hombres fueron tocados por la Gracia de Dios.
De esta manera, Don Pelayo, primer rey de la era posvisigótica (un rey ridículo, sí, pero menos si lo comparamos con los que le precedieron) puede comenzar el arduo proceso de expulsar a los árabes de España. Desde su poderoso reino, compuesto por un par de valles asturianos, se convertirá en una terrible pesadilla para los dominios árabes de la Península, porque tras sus actos estaba la Verdadera religión, claro. Covadonga fue el principio del fin de la dominación árabe en España, a juzgar por la relevancia que se le dio (siglos después, por supuesto, que los envidiosos cronistas hispano - árabes no dejaron nota alguna al respecto).
Pese a tan gran victoria, convenientemente glosada durante los siglos posteriores, curiosamente los árabes no abandonaron a toda prisa sus recién conquistados dominios peninsulares. De hecho, no sólo no los abandonaron, sino que, esquivando al terrible ejército de Don Pelayo, se lanzaron a por más conquistas allende los Pirineos, hasta que fueron parados por los gabachos en "Poitiers".
Histeria de España
Capítulo XXX: Poitiers
Ya dijimos que El - Horr era, en su misma esencia, un auténtico perdedor, así que no fue de extrañar que después de su terrible derrota en Covadonga a manos de Don Pelayo y la Virgen María, codo con codo, el líder musulmán fuera derrocado por sus lugartenientes. Por aquella época, es preciso reseñar que todos los moros habían dejado de serlo y ya eran totalmente españoles, sacándose de la manga un curioso sistema de vacaciones consistente, al parecer, en que con la excusa de las "tres religiones" y el mestizaje en Al - Andalus era fiesta los viernes (musulmanes), sábados (judíos) y domingos (cristianos).
Un auténtico chollo, como ven, un modelo de Estado edificado "por y para el pueblo" (sobre todo por el pueblo, claro). Sin embargo, nuestros ancestros hispanoárabes no sólo se dedicaban a beber buen vino, tomar excelente jamón curado y, en líneas generales, tocarse las narices, sino que rápidamente supieron asumir el conjunto del alma hispana y giraron sus miradas hacia uno de los principales objetivos que cualquier español ha observado siempre: guerrear contra los gabachos, por entonces "francachos", pero que ya por entonces hablaban sin cesar de asuntos como la "excepción franca", el "universalismo franco" y zarandajas similares.
Así que, acaudillados por el ínclito Abderramán Al - Gafequí (no confundir con Abderramán I, origen de la independencia de Al - Andalus respecto de los "burócratas de Damasco"), natural de Triana, naturalmente, nuestros herejes antepasados conquistaron todo el Sur de Francia como si tal cosa, sin darse importancia; no se trataba de una conquista por intereses materiales (¿alguno de Ustedes conoce las riquezas del Sur de Francia? ¿Por qué creen, además de por el centralismo francés, que la voz cantante en la construcción nacional baska la llevan los de este lado de los Pirineos?), ni tampoco espirituales (los francos eran unos integristas incapaces de comprender las sutilezas, y las ventajas, de la conversión al Islam en aquella época); la verdad es que la conquista obedecía a razones más puramente hispánicas, como dejar claro que "España éh lo mehó der mundo" y que los gabachos harían el ridículo una y otra vez en la Historia sin necesidad de entrar en guerra con Alemania.La cosa fue bien durante unos años, hasta que en el 732, en Poitiers, Carlos Martel, rey franco que veraneaba en la costa levantina, les causa una severa derrota que acabaría para siempre con las aspiraciones expansionistas de los hispanoárabes más allá de los Pirineos.
Aunque es lógico pensar que la obvia españolidad de Carlos Martel pudiera coadyuvar a la derrota árabe, creemos que la explicación de nuestra (sí, sí, Nuestra) falta de interés por conquistar a los sucios, incultos y desarrapados vecinos del Norte derivaba, más bien, de que los árabes eran, ante todo, hispanos, y si ya hemos convenido en aquello de que Hispania era (es) "lo mehó der mundo", ¿para qué perder el tiempo conquistando a gentes soeces y ordinarias que nunca llegarían a alcanzar la ciudadanía hispánica? ¿Por qué conquistar a quien no merece ser conquistado? Es evidente, y a las abundantes pruebas históricas, que no citamos para no insultar a la inteligencia de Ustedes, nos remitimos, que los hispanoárabes no conquistaron Europa, y el mundo, porque no era su interés ni su objetivo: toda la Guerra Santa de Mahoma tenía un único objetivo: llegar a Hispania, el verdadero Pueblo Elegido por Alá, y quedarse allí el mayor tiempo posible.
Mientras tanto, y volvemos a dar un simpático salto en nuestra Histeria (espacial, que no temporal), los encargados de expulsar algún día "al infiel" (el 60% de la población; la cercanía a EuskalHerria tuvo una influencia evidente en las bases ideológicas de los cristianos montañeses) estuvieron a punto de desaparecer como reino a causa de un oso glotón: "Don Fávila".
Histeria de España
Capítulo XXXI: Don Fávila
Don Favila era el hijo predilecto de Don Pelayo, el Elegido por la Virgen María para expulsar por siempre a los malvados árabes de estas nuestras tierras, pero la envidia se cruzó en su camino y tuvimos que esperar otros 700 años para llevar a efecto esta cristiana pretensión. Como Ustedes saben, los visigodos eran muy amigos de arreglar la cuestión sucesoria de forma expeditiva, así que a nadie debería sorprenderle que ser "el Hijo de" el último rey no sólo no fuera garantía de ser Rey, sino también un cierto peligro de acabar sus días apuñalado por los "nobles" de la Corte.
Nuestra pequeña Historia comienza cuando Favila, Rey de los Montañeses asturianos, decide ir a cazar por los bosques, sin duda harto de comer todos los días bayas silvestres. La amenaza musulmana había desaparecido momentáneamente a raíz de la épica victoria de Covadonga, así que un macho como Favila podía adentrarse en la umbría naturaleza sin miedo de encontrarse con ellos. Pero hete aquí que el Rey se encuentra de repente con un oso, sorprendentemente más hambriento que el propio Favila, y tras unos escarceos que dejaron bien clara la fortaleza física de "nuestro" Rey, el oso le atizó un par de zarpazos y, acto seguido, se lo comió sin echarle sal ni nada.
¡Qué horror, verdad! ¿Pues qué pensarían si les digo que, en mi opinión y tras haber consultado las múltiples pruebas bibliográficas de la época, el oso en cuestión no era tal, sino uno de los nobles de la Corte que había decidido acabar con Favila de una forma más imaginativa que la acostumbrada? No lo descarten, amigos, como todo el mundo sabe los campesinos de la época ya se afanaban en exterminar a los osos de la faz de la tierra, y resulta sospechoso que un plantígrado tan agresivo pudiera andar por ahí, como si tal cosa, y además tuviera la desvergüenza de atizarse al rey. ¿Dónde estaba la Virgen? ¿Muy ocupada lanzando piedras a los musulmanes? ¿No podría la Virgen haberle dado al susodicho oso un poco de comida para que calmase sus ímpetus? Desgraciadamente, no fue así. Favila sólo reinó del 737 al 739, siendo sustituido por un rey nada amigo de comer carne de oso, Alfonso I, quien contra todo pronóstico logró reinar hasta el 757 y además murió de muerte natural, tras añadir Galicia a su gigantesco reino. Los gallegos nunca se sintieron felices en el Estado musulmán, no en vano el influjo benéfico del apóstol Santiago debía notarse de alguna manera, y acogieron alborozados la propuesta de Alfonso I de unirse a su cruzada contra el invasor (porque no olviden nunca que las Cruzadas constituyen una de las muchas invenciones españolas, como demostraremos dentro de unos 20 capítulos).
La pérdida de Galicia no afectó demasiado a los musulmanes, fundamentalmente porque en aquella época estaban demasiado ocupados demostrando su españolidad a base de independizarse del califato de Damasco: "Abderramán I, el Último Omeya".
Histeria de España
Capítulo XXXII: Abderraman I, el Último Omeya
El Islam por fin había logrado convertirse en un Imperio serio con la conquista de España, así que, por el momento, la expansión en territorio europeo se detuvo. En aquellos momentos, el imperio islámico era de un centralismo aplastante, siendo los territorios conquistados meras provincias sin competencias administrativas: todo dependía de los Burócratas de Damasco, a donde había que ir incluso para obtener una póliza para cualquier impreso administrativo.
Esta inteligente política de Damasco, que en realidad tenía por objeto que los musulmanes recién convertidos acudieran a la peregrinación a la Meca (ya que tenían que ir a Damasco de todos modos, cumplían con el trámite religioso al mismo tiempo), motivó la aparición en Al Andalus de un curioso movimiento, el "Taifaismo Asimétrico", que propugnaba la necesidad de que se produjera una división administrativa en taifas autónomas (pero, naturalmente, algunas más autónomas que otras, Al Andalus entre ellas).
Cuando el califato omeya, siempre afín al consenso, parecía a punto de ceder, los intransigentes abasidas (otra familia descendiente del Profeta, que ya saben Ustedes que siempre fue mucho menos estrecho que Cristo en la cuestión femenina) decidieron rebelarse: el 18 de Julio de 756, el Glorioso Alzamiento Islámico (nombre conque se autodesignaron los Abasidas) triunfó por completo, apropiándose del Califato y eliminando toda veleidad autonomista del Islam...
Menos en España, naturalmente, donde ya teníamos claro que esto del Islam era una excusa para pagar menos impuestos, y donde la idea de no comer cerdo ni beber vino hacía tiempo que había sido olvidada, merced a oportunas interpretaciones del Corán. Fue cosa del Destino que el último de los Omeyas, Abderramán, que había logrado llegar a Al Andalus tras cruzar el Éufrates a nado, entre otras muchas aventuras en las que demostró, por valentía y arrojo, su españolidad, llegara a España en ese mismo año, huyendo de los malvados, extranjeros e incultos, Abasidas.
Rápidamente, Abderramán generó en su torno un movimiento de rebelión frente a Damasco, y sin mayores problemas se proclamó Emir, por supuesto independiente de Damasco. El nuevo califa abasida, perfectamente consciente de que el Islam, sin Al Andalus, no valía nada de nada (aún no se conocían los usos del petróleo), envió a uno de sus generales a España para intentar recuperar la joya de la corona para la Administración damasquina. El susodicho general comenzó a agrupar seguidores en torno a una bandera negra, con el objetivo último de recuperar Al Andalus para el Califa (él también era un Burócrata).
Sin embargo, el delegado del Califa no tenía nada de español, así que a Abderramán no le costó ningún esfuerzo deshacerse de él: lo capturó, le cortó la cabeza, la conservó en sal y se la envió, envuelta en la bandera negra, al Califa de Damasco (ignoramos si en el día de su cumpleaños). Véase cómo, desde el principio, Abderramán se percató de la clase de cosas que a uno le hacen popular entre sus súbditos, si estos son españoles: echarle "un par de huevos" en todos los actos de gobierno.Con estos antecedentes, no creemos que Ustedes duden lo más mínimo respecto a la excelencia del gobierno de Abderramán I: no sólo hizo felices a sus súbditos (suponemos que a base de declarar días festivos con algún recurrente motivo religioso), sino que el muy español comenzó a construir la Mezquita de Córdoba (capital de Al Andalus), que cualquier historiador del arte les dirá que es el mejor monumento del arte musulmán de todos los tiempos (junto a la Alhambra).
Como buen rey, que era, gobernó hasta el 788, con lo que, además, le dio tiempo de reirse un buen rato de los gabachos, que en esos momentos comenzaban a edificar uno de sus mitos (todos los personajes admirables de los franceses son inventados, como Usted comprenderá): "La canción de Rolando".
Histeria de España
Capítulo XXXIII: La Canción de Rolando
Abderramán I, como esperamos que haya quedado claro, le echaba un par de huevos en todo. Tan masculino era el tío, tan hispánicos eran todos sus ademanes y decisiones, que uno de los muchos traidorzuelos que siempre han intentado empañar nuestra, por lo demás, prístina Historia, Al-Arabí, gobernador de Zaragoza, conspiró con Carlomagno para enfrentarse a él. allá por el año 778.
Carlomagno, por si no lo saben Ustedes, era un alemán que, consciente de que todo buen teutón debería conquistar Francia para demostrar su valía, hizo lo propio con la Galia y creó un Imperio (Imperiete, más bien) cuya base, como es obvio, estaba en Alemania (de hecho la capital, Aquisgrán, es una ciudad totalmente alemana, como comprobará cualquiera que se de un paseo por ella y no tenga más remedio que irse a dormir a las cinco de la tarde, al cerrar todos los after - hours).
A Carlomagno no le hacía ninguna gracia que unos desagradables y herejes moros dominasen la Península sin problemas, y decidió aceptar la oferta de Al - Arabí para atacar a Abderramán, al objeto de meter la pezuña en el único país europeo que merece la pena (el nuestro, claro).Pero Al - Arabí era español, y por muy conspirativo y masónico que fuera su nobleza de carácter no le permitió, en última instancia, renunciar a sus raíces para aliarse con unos extranjeros cualesquiera y al llegar las huestes de Carlomagno a las fronteras de Zaragoza rompió el pacto, demostrando que nunca tendría nada que hacer en la casa del Gran Hermano.
Entonces Carlomagno, el muy burro, se dio la vuelta e intentó volver a Francia, pero cometió el grave error político de no reconocer el ámbito vascón de decisión en su entrevista con los delegados vascones, que, por otro lado, sólo hablaban vascuence, idioma que Carlomagno no acababa de dominar, pues en su Imperio no había ikastolas. Los vascones, indignados por esta afrenta, decidieron demostrar lo que es capaz de hacer un vasco - español de pura cepa, y esperaron a las huestes de Carlomagno en un desfiladero donde los francos tenían previsto cruzar los Pirineos, en Roncesvalles (Navarra).
Como Ustedes saben, en los Pirineos hay muchas piedras, y cuando alguien es español de verdad eso es todo lo que se necesita para armar jaleo. Los vascones comenzaron a apedrear al ridículo ejército "imperial", que diezmado y ridiculizado acabó llegando a Francia con muchísimas dificultades.En realidad, la batalla de Roncesvalles (más que batalla, un ejercicio de tiro al francés por parte de los vascones) pudo tener resultados mucho peores de no ser por un joven capitán del ejército de Carlomagno, Rolando, que valientemente cubrió la retirada del ejército de su Emperador a costa de su propia vida.
Rolando, una de esas personas que prefiere morir de pie a vivir de rodillas, debió nacer en la zona fronteriza con España, según todos los cronistas, lo que explicaría su arrojo y su impasibilidad ante el arrojo continuo de pedruscos por parte de los vascones, y acabó aplastado por un gigantesco pedrusco lanzado por el campeón de levantamiento de piedras de las Vascongadas (ya saben Ustedes que las tradiciones vascas son tan antiguas como el tiempo).
Unos siglos después un cronista francés decidió convertir la derrota del ejército francés en un poema épico, "La Canción de Rolando", primer escrito en lengua francesa (siglo X). Independientemente de que es, como pensarán Ustedes, patético que una nación elabore sus mitos fundacionales a partir de vergonzosas derrotas, hay que decir que en España llevábamos ya siglos y siglos escribiéndolo todo en perfecto castellano, aunque los extranjeros, los muy envidiosos, nos lo nieguen.
Sin embargo, los francos no habían tenido suficiente con la ignominiosa derrota de Roncesvalles, así que volvieron a buscar pelea unos años después, con insospechado éxito: "La Marca Hispánica".
Histeria de España
Capítulo XXXIV: La Marca Hispánica
En realidad, los historiadores franceses siempre han tenido muy claro que lo de Roncesvalles fue un auténtico éxito, una de esas épicas victorias que no se olvidan. Pocos años después de esta peculiar victoria - descalabro, en el 785, los francos, al mando de Ludovico Pío, gobernador de Aquitania e hijo de Carlomagno, conquistan Gerona y comienzan a configurar un condado - tapón contra los árabes, que en cuanto españoles eran mucho más poderosos que ellos, mucho más machos y, en resumen, mucho más de Aquí.
Los francos intentaron en repetidas ocasiones conquistar Barcelona, hasta que en el año 801 se percatan de que para vencer al enemigo en buena lid sólo podían oponerle a otros españoles; son varios nobles que se habían refugiado en valles del Pirineo, con un D.N.I., por tanto, totalmente español, los que reconquistan Barcelona en el 801 con la ayuda "logística" (la pasta, vamos) de los francos, que, naturalmente, no tardan en apuntarse la victoria. A cambio de un supuesto régimen de autonomía, del reconocimiento de las peculiaridades históricas y culturales de los habitantes, los francos edifican un Estado satélite al que además, con muy mala leche para la posterior reescritura de la historia de los investigadores catalanes, llaman la Marca Hispánica, esto es, "dejemos a los machos españoles que se aticen entre ellos, que como los árabes crucen los Pirineos armados de rico jamón de jabugo y dotados del arte único de la tauromaquia, nos destruyen en un par de semanas".
La Marca Hispánica, que abarca más o menos desde los Pirineos hasta poco más allá del río Llobregat, está compuesta por varios condados, de los cuales el de Barcelona, el más importante de todos (Madrid no es la única cuna del centralismo ibérico, como ven), será gobernado en un principio por el conde Bera, conquistador efectivo de la ciudad bajo el asesoramiento de los francos. En realidad, en sus primeros años de existencia, la Marca Hispánica no se diferencia en absoluto de los otros miniestados fronterizos montados por los francos, los muy cobardes, para que defendieran los confines de su supuesto Imperio. Al mando de "comites", condes nombrados por los burócratas de Aquisgrán (aunque muy burócratas no debían ser, porque casi no quedan documentos escritos), la única función de estos condados es resistir eventuales invasiones "extranjeras".
La creación de la Marca Hispánica es coetánea, por parte de los francos, de la aparición auspiciada por ellos de otros condados, en principio satélites, a lo largo de los Pirineos, con la función en primera instancia de defender la frontera sur del Imperio carolingio y, en última instancia, con el objetivo, mucho más importante para lo que nos interesa, de joder vivo al redactor de esta Histeria, que se va a ver obligado a escribir no una Historia medieval, sino cinco o más: Al - Andalus, Asturias, Navarra - Aragón, Cataluña y luego Cataluña - Aragón por un lado y Castilla - León por otro (a los portugueses nos los dejamos por el camino), porque, como Ustedes comprenderán, la Histeria individualizada de los reinos de taifas no la escribo ni harto de vino, hasta ahí podríamos llegar.
Por todo ello, el Consejo de Administración de La Página Definitiva (los cuatro amiguetes y yo) ha decidido adoptar la decisión de fragmentar el hilo conductor de la Histeria en varias subtramas hasta que lleguen los Reyes Católicos y le den a todo esto un poco de solidez. Por lo pronto, los siguientes capítulos, hasta la llegada de "Ramón Berenguer IV, el Pederasta", versarán sobre los avatares de los catalanes para independizarse de los siniestros franceses y llevar a cabo la política de expansión mediterránea, típicamente española, como Ustedes saben, que les caracterizó en la Edad Media, comenzando por el siguiente capítulo, "Wifredo el Velloso y el autonomismo catalán".
Histeria de España
Capítulo XXXV: Wifredo el Velloso y el autonomismo catalán
Con la aparición rutilante del conde Bera comienza la épica historia del condado de Catalunya, el cual, contrariamente a lo que cualquier persona con un mínimo de raciocinio pudiera pensar, no fue continuamente atacado por el siniestro centralismo castellano, sino más bien por el, mucho más siniestro, centralismo francés, siempre deseoso de convertir las tierras fronterizas con los Pirineos en el "Departamento Sureste", al estilo del jacobinismo republicano al uso.
A lo que íbamos: poco después de haber enmendado la plana, una vez más, al Imperio carolingio, los habitantes de la Marca Hispánica tomaron rápidamente conciencia de su acentuada españolidad y, en consecuencia, se dedicaron a rebelarse una y otra vez a los pobres francos, quienes, por su parte, jamás aceptaron que la utilización de sus múltiples subvenciones al condado fronterizo se dedicasen a comenzar la edificación de iglesias románicas (nuevo signo de españolidad), en lugar de luchar algo contra los malvados moros.
A Bera le sucede Bernardo, de quien podemos destacar que tuvo que salir huyendo de la corte de Ludovico Pío por alcanzar un pernicioso entendimiento con la esposa del Beato monarca francés (a diferencia de los catalanes, que demostraban su carácter piadoso haciendo cosas más o menos útiles, es decir, iglesias, Ludovico Pío se pasaba la vida rezando, y así le iba a su condición masculina). Bernardo era un conde de raíces visigóticas, así que no podía terminar su reinado de otra forma que con el asesinato a manos del conde Aleran (844 - 852); en consonancia con el carácter típicamente visigótico de este último, no tenemos ni la menor idea de qué ocurre al terminar su reinado, salvo que, unos veinte años después, arriba al trono del condado Wifredo el Velloso, el Hombre con Pelo en el Pecho (874 - 893).
Wifredo era tan español que en esos años había conseguido el dominio de todos los condados catalanes, unificados bajo su mando; aunque no se puede decir que fuera totalmente independiente de los francos, lo decimos y nos quedamos tan anchos, porque a fin de cuentas, ¿acaso alguna vez Catalunya ha dejado de ser independiente de los franceses y, por tanto, española de pura cepa? Como es un mito de nuestra Histeria, diremos de Wifredo que fue un gran, gigantesco gobernante, sabio y capaz como pocos. Pero cometió el grave error de comenzar a creerse aquello de la Catalunya "Una, Grande y Libre" y se embarcó en la conquista de Lleida, en pura Terra Ferma. Comienza a consolidarse ahí el hecho de que a los catalanes no les van demasiado bien las guerras en el interior (mírenlos si no cómo les va cuando van a Madrit), y mucho mejor la expansión en tierras costeras (mírenlos si no cuando comienzan a edificar proyectos de Països Catalans), porque la batalla es un fracaso absoluto y además, Wifredo, el Gran Rey Melenudo (del que, por otro lado, no sabemos absolutamente nada fiable) muere de sus heridas.
Pero, aunque Wifredo, El que los Tenía Bien Puestos, fracasó en el empeño de extender el ser español por toda Catalunya, podemos decir que su muerte no fue en vano: a fin de cuentas, murió como sólo un auténtico español sabe morir (a hostias) y, además, en una guerra contra los españoles moros, es decir, nuevamente como sólo un auténtico español sabe morir: asesinado por otros españoles).
Pero es que, además, antes de obitar a Wifredo le dio tiempo a sentar las bases de la futura bandera de Catalunya, sí, sí, la senyera, la cuatribarrada, o como Ustedes quieran llamarla. En su lecho de muerte, apareció de repente el rey de Francia (no sabemos si había estado cobardemente oculto durante toda la batalla o simplemente se había retrasado) y Wifredo no tuvo ningún empacho, atusándose la melena, en pedirle al monarca francés que le diera una bandera. El rey que ostentaba el trono francés por aquella época era nada más y nada menos que Carlos el Calvo, el cual, envidioso de la frondosa melena de nuestro Wifredo, no tuvo mejor idea que meter la mano en las múltiples heridas del conde catalano - español (sin lavárselas ni nada, el muy zafio) y, con la sangre de Wifredo, dibujar cuatro rayas verticales en el escudo del herido, de color amarillo.
Bueno, en realidad parece que el escudo era blanco, pero al fin y al cabo esta es una historia totalmente inventada por algunos oportunistas antiespañoles, así que vamos a suponer que era amarillo. No nos extrañaría que así fuera, por otro lado, porque ¿qué mejor muestra de españolidad por parte de Wifredo que buscar una bandera tan similar a nuestra bella enseña roja y gualda? Bien pronto la bandera comenzaría a ser usada como divisa de los Condes de Barcelona, primero, y de toda la Corona de Aragón, después (si Usted es aragonés o valenciano, simule que no ha leído esto, invéntese cualquier historia que demuestre que las banderas de estas dos regiones provienen de una época anterior, y así tenemos la fiesta en paz); pero para ello había que sentar las bases del Imperio, algo de lo que se encargaría "La saga de los Borrell".
Histeria de España
Capítulo XXXVI: La saga de los Borrell
Wifredo el Melenudo había dejado bien claras las cosas a los gabachos, pero estos aún no daban totalmente por perdido el condado, así que empiezan a mangonear a la muerte del Conde e intentan colocar a un favorito suyo, un tipo lamentable, bajito, calvo y nada español (que, según las crónicas, respondía al nombre de Almúbina), como nuevo conde de Barcelona. Vano intento; los catalanes (sí, al igual que España existe desde antes de la creación del mundo, Catalunya -a fin de cuentas, España- también) montan unas espectaculares elecciones primarias en las que los hijos de Wifredo el Velloso, Borrell I y Suñer (ni Serrano ni el de Avidesa; otro), ganan por goleada y se disponen, por tanto, a gobernar el Condado de Barcelona; pero el felipismo de entonces se encargó de medrar por la Corte y Borrell I fallece en el año 914, con lo que Suñer se queda solo y desvalido frente a las hordas arábigas.
Tampoco le fue demasiado mal, pues consiguió mantener los dominios de su condado más allá del río Llobregat y a su muerte, en 950, el poder pasa tranquilamente a sus hijos Armengol, Miró y (nuevamente) Borrell. Es hora de preguntarnos; ¿qué leches pasa aquí con la entrañable tradición catalana del Hereu? ¿A qué viene esta manía de repartir un condado (que, por otro lado, no era nada del otro mundo, pues aún no tenía conciencia de formar parte de España) entre tanta gente? Algo así no podía salir bien, pero afortunadamente la Naturaleza es sabia e impuso hereu donde el Hombre sólo veía gobierno mancomunado: a los pocos años mueren Armengol y Miró, y Borrell II se queda con el gobierno en exclusiva.
No sabemos si fue antes el huevo o la gallina, pero en el 997 Borrell II se niega a asistir a la coronación de Hugo Capeto como rey de Francia, y por tanto afirma su independencia frente a los poderosos (y sin embargo pusilánimes) vecinos del Norte; a fin de cuentas, Almanzor había arrasado Barcelona y todo el condado en el 985, dejando Catalunya para el arrastre, y los francos ni siquiera se habían marcado una pequeña ayudita para "su" Marca (ya hablaremos de Almanzor en su momento, sólo les decimos por ahora que no dejó piedra sobre piedra por donde pasaba, en demostración de lo españoles que podían ponerse algunos gobernantes de Al - Andalus de cuando en cuando).
Poco después de negarse a asistir a la coronación de Hugo Capeto, Borrell II muere, sin duda empujado por la gentecilla del aparato felipista catalán que apoyaba a Francia, pero esto no tiene demasiada importancia, pues a Borrell II le sucede, como no podía ser menos, su hijo Borrell III, esta vez sin primarias, ni bicefalia, ni nada de nada; Borrell III es conde en plan puramente español: por que lo dice él, y punto; así que no nos extraña que desde el principio se manifieste como un monarca sabio y reflexivo para quien lo único importante era la venganza de la destrucción de Barcelona por las huestes de Almanzor; ya saben Ustedes que bajo el seny catalán late, muy a menudo, un temperamento nervioso y presto a las acciones dictadas por la genial inspiración, nunca por la racionalidad y esas mariconadas, es decir: pura España de nuevo.
Así que Borrell III envía un ejército a Córdoba a principios del siglo XI para mediar en la guerra civil en que arde la ciudad tras la descomposición del Califato (ya lo explicaremos en su momento, no se preocupen), con el resultado de que primero el bando aliado decide pasar olímpicamente del ejército catalán y, a continuación, este es atacado por los otros musulmanes a la salida de Córdoba, cuando los catalanes casi no habían podido violar, expoliar ni nada, es decir, que los tíos no sólo se van de vacío sino que encima recibieron un severo correctivo por parte de los españoles de Córdoba.
Borrell III murió en el año 1018, dejando al menos una Catalunya más o menos restablecida del desastre en que la había sumido Almanzor (claro que más que gracias a él, gracias al suicidio colectivo de los musulmanes en los reinos de taifas, rasgo muy español en el que ahondaremos más adelante); las cosas irían a partir de ahora mejor con una nueva saga, la de los Ramón Berenguer, que por de pronto intentó acabar con esta fea costumbre de gobernar todos los hermanos al mismo tiempo. Lo veremos en nuestro siguiente capítulo, "Ramón Berenguer I y los Usatges".
Histeria de España
Capítulo XXXVII: Ramón Berenguer I y los Usatges
Cuando muere Borrell III, las esperanzas de renovación de la política catalana se desvanecieron para siempre; a partir de ahora no más primarias, no más dejar hablar a las bases catalanas; todo férreamente controlado por el Aparato. Como símbolo de que la época borrellista habría de terminar de una vez por todas, Borrell III no llamó a su hijo de la misma manera, sino que decidió dar un giro revolucionario a los patronímicos catalanes y denominó a su hijo Berenguer Ramón; con los Berenguer el interés por la política hispánica en Catalunya iba a decaer paulatinamente, en beneficio de la expansión mediterránea.
En el testamento de Borrell III se especifica que su mujer, Emersindis, habría de ejercer la regencia hasta que Berenguer Ramón alcanzara la mayoría de edad; pero la mujercita se tomó lo de su regencia como algo personal, de tal manera que cuando el pobre Berenguer Ramón I se convierte en mayor de edad no accede al trono de forma completa, sino "asociado" al trono de su madre; como decían muchos militantes de base del catalanismo en aquellos tiempos, "Emersindis es al mismo tiempo la solución y el problema del condado"; Berenguer Ramón I muere en el 1035 sin lograr deshacerse de su amada mamá, quien, en el más puro estilo María de Médici, sigue ejerciendo la regencia, esta vez en nombre de su nieto, Ramón Berenguer I.
Cuando Ramón Berenguer I el Viejo (suponemos que se le llamó así a causa de lo que tuvo que esperar el trono de manos de su abuela) consigue quitarse de enmedio a la regente, aún tuvo que soltarle 100 monedas de oro en concepto de pago por la corona del Condado de Barcelona.
El Viejo había sufrido demasiado con aquel matriarcado interminable; a partir de entonces, las cosas tendrían que quedar bien claras: Ramón Berenguer I promulgó, cuando tuvo ocasión, los Usatges, código de leyes que tuvo vigencia en Catalunya hasta la llegada de la dinastía borbónica (todo aquello de la pérdida de los fueros; ya saben), y del que tendríamos que destacar, fundamentalmente, que es un buen instrumento para poner de relieve, siempre y en todo lugar, las enormes diferencias que separan a España y Catalunya, que en la práctica se resumen en la cuestión de las herencias, que en Catalunya se concentran desde tiempo inmemorial en el Hereu, o el mayor de la familia, acabando con la bella costumbre mancomunada hasta entonces al uso en el condado; naturalmente, huelga decirlo, el Hereu es "el", nunca "la", porque una de las cosas que quedaron bien claras en el Código de Ramón Berenguer el Viejo es que en Catalunya, las mujeres, lo justo, no fuera que se asociasen al trono de nuevo y comenzaran a mandar como sólo ellas (está bien; algunas de ellas) saben hacerlo.
Por lo demás, Ramón Berenguer el Viejo fue un rey cojonudo, como todos los reyes que en algún momento de sus vidas se han sentido españoles, pero tuvo un final curioso; después de tanto Hereu, de tanto acabar con aquello del gobierno mancomunado para concentrar todo el poder en las manos de una sola persona, va y al morir (1076) deja el condado a sus dos hijos; ¿el motivo? Pues que al Viejo no se le ocurrió cosa mejor que tener gemelos: "Ramón Berenguer, Berenguer Ramón".
Histeria de España
Capítulo XXXVIII: Ramón Berenguer, Berenguer Ramón
Y como no podía ser de otra manera, los gemelos le salieron bastante mal al Viejo; y eso que, curándose en salud y para que no le acusaran de comunista, Ramón Berenguer había llamado a sus hijos según los "Usatges" familiares más rancios y tradicionales, casi como si sonase de cachondeo: "Ramón Berenguer" y "Berenguer Ramón"; ¿se imaginan las dificultades que tendría el Viejo, habida cuenta de su (suponemos) visión escasa, para diferenciarlos a ambos, habida cuenta de que (no lo olvidemos) encima eran gemelos?
No es de extrañar que tal cúmulo de similitudes pusiera esquizofrénico no sólo al Viejo sino también a sus hijos, apodados, respectivamente (algo había que hacer), "Ramón Berenguer II, el Cabeza de Estopa", y "Berenguer Ramón II, el Fratricida". No sabemos si el Fratricida hizo lo que hizo para hacer honor a su título, o (lo más probable, a menos que consideremos a los Antiguos como unos malpensados) el mote se lo ganó a pulso, pero el caso es que el Fratricida, en 1082, harto de que todos los parabienes de los súbditos fueran para el Cabeza de Estopa ("Él es el auténtico Conde, un Ramón Berenguer como Dios manda, su hermano, Berenguer Ramón, es un advenedizo", etc.), decidió tomarse la justicia por su mano y, de paso, instituir los Usatges de su padre el Viejo de una manera, hay que reconocerlo, muy española: Berenguer Ramón II eliminó, aprovechando una cacería, a su hermano Ramón Berenguer II y se hizo con el poder absoluto, permitiendo, al mismo tiempo, que la dinastía de los Berenguer siguiera siendo totalmente simétrica (Berenguer Ramón, Ramón Berenguer, Berenguer Ramón, Ramón Berenguer, etc.), justificación histórica de calado que suponemos que arguyó ante sus súbditos.
Además, como buen cristiano, el Fratricida cedió el trono a su hijo, Ramón Berenguer III (obsérvese como la simetría sigue ante todo) y se fue a la Primera Cruzada con Pedro el Ermitaño (1096), donde, naturalmente, murió como sólo un español sabe hacerlo (a hostias).
Y su hijo, Ramón Berenguer III El Grande, hay que reconocer que fue Grande, al menos el más Grande de todos los Berenguer que en este mundo han sido (que ya es decir); y no sólo porque conquistase las islas Baleares, aunque luego los almorávides (que eran unos moros muy malos, nada españoles al principio, de los que ya hablaremos en su momento) las reconquistasen, ni siquiera porque lograse rechazar la invasión almorávide de sus territorios peninsulares, ni por sus casi 40 años de próspero reinado (1096 - 1131); no, todo esto palidece ante dos hechos fundamentales, dos auténticas hazañas no ponderadas en su justa medida:
En primer lugar, al convocar a los nobles a la lucha con los almorávides, Ramón Berenguer III el Grande utilizó el vocablo "Catalunya", demostrando que los orígenes del Imperio Catalán son casi tan antiguos como los del ser español, de hecho estaríamos dispuestos a asegurar que, después del País Vasco y España, Catalunya es el país más antiguo que existe; los actos fundacionales de la nación catalana, contrariamente a los deseos de algunos envidiosos que aseguran que es una invención de los Jocs Florals del siglo XIX, ya estaban insertos, sin duda, en el inconsciente colectivo de los siervos del sistema feudal, que serían siervos, sí, pero siervos catalanes.
Por otro lado, y esto es lo que a nosotros verdaderamente nos maravilla de Ramón Berenguer III, es que el tío era tan Grande que renunció incluso a continuar con la simetría de los Berenguer; como sólo los Grandes hombres saben hacerlo, llamó a su hijo Ramón Berenguer IV, en lugar de Berenguer Ramón III, como habría sido deseable; a fin de cuentas, los Grandes hombres son así.
En el siguiente capítulo haremos una reflexión sobre los orígenes del "ser catalán" a través, cómo no, de la proliferación de las iglesias románicas, así como su temprana diferenciación del resto de los españoles (motivo por el cual hemos podido configurar un devenir histórico diferenciado hasta el momento en nuestra Histeria medieval); a continuación debería seguir el capítulo dedicado a Ramón Berenguer IV, "El Pederasta", pero ya saben Ustedes que contar la Histeria de España medieval es un problema no sólo para el Ministerio de Educación sino incluso para nosotros, así que nos tememos que para llegar al Pederasta tendrán que esperar unos 40 capítulos más, porque por el camino nos hemos dejado "algo" (el Califato, Castilla, León, Navarra, Aragón, el Cid, ...); y si Usted ha venido a parar aquí no por tener cierto interés en nuestra Histeria, sino tecleando en algún buscador la palabra "pederasta", sentimos decirle que este no es su sitio; ni ahora ni dentro de 40 capítulos encontrará aquí satisfacción a sus (impuros) deseos; según haya sido su educación, y con el fin de curarle, le recomendamos una visita, bien a nuestra sección de Sexo, bien a Teología.
Histeria de España
Capítulo XXXIX: El Ser Catalán
Puede que Ustedes consideren que la Historia de Catalunya en sus primeros 300 años de existencia no deja de ser poco viril; y tendrán razón. A fin de cuentas, y a diferencia de la existencia cotidiana de sus coetáneos musulmanes, castellanos, navarros y aragoneses, los catalanes apenas realizan guerras de conquista, se mantienen razonablemente en paz con sus vecinos, y no ansían un expansionismo territorial que les haga poseer una porción mayor de la Península, es decir de España, de la que ya tenían. Algunos podrían considerar que el seny catalán encubre un sentimiento poco masculino, es decir, no lo suficientemente español, de la existencia, lo cual se configuraría en excusa para hablar de una diferencia entre Catalunya y (el resto de) España que, en nuestra opinión, nunca ha existido. Porque si los catalanes no se dedicaron a pelear con ahínco con todos sus vecinos no fue por falta de sentimientos españolistas, sino por estar ocupados con cosas más importantes, de entre las pocas cosas de mayor interés que para un español de pura cepa puede haber más allá de utilizar la fuerza bruta.
Estoy hablando, como no podía ser de otra manera y en primer lugar, de la pasión catalana por la edificación de iglesias románicas por doquier, es decir, testimonios de la perenne alianza de Catalunya con el Hacedor que atestiguan su honda raigambre hispánica; si el Condado de Barcelona no busca en un primer momento la expansión territorial no es por falta de valentía, sino por la constatación -por otro lado obvia- de que esta expansión sólo podía llevarse a cabo una vez se hubiera llenado todo el territorio inicial de edificaciones religiosas; sólo así contarían con la fuerza espiritual necesaria para llevar a cabo empresas que, cómo no, sorprenderían a todo el orbe conocido.
De esta manera, los catalanes se ponen a edificar iglesias en todo el territorio, con un ahínco sólo comparable al de los grandes visionarios: como si de vástagos de Jesús Gil se trataran, los condes de Barcelona financian sin freno todo tipo de edificaciones en lugares ridículos, como faldas de montañas, desfiladeros, lugares agrestes, en suma, donde sólo los verdaderos cristianos podrían acceder, gracias a la fe, claro.
Pero, a diferencia de las construcciones de Jesús Gil, las edificaciones religiosas de Catalunya no sólo resistirían el paso de los años, sino que lo harían siendo testimonio de unas realizaciones artísticas jamás superadas en todo el mundo mundial (así a vuelapluma, sólo se nos ocurre comparar el Románico catalán, a nivel mundial, con la Alhambra de Granada, la catedral de León, el Guggenheim de Bilbao y poco más ). El Románico "será catalán o no será", como demuestra el Museu Nacional de Catalunya, sito en Barcelona y poseedor de la mejor colección de Arte Románico que jamás se ha visto (como buenos españoles, los detentadores del Museu se han asegurado de expoliar todo el Arte Románico posible en 500 kilómetros a la redonda). Y ello gracias a creaciones tan sugerentes como el Monasteri de Ripoll, en Gerona, cuna de las creencias catalanas en la dualidad perfecta religión - nacionalismo y sede de uno de sus primeros intelectuales, el famoso (porque lo decimos nosotros), Abad Oliba, bajo cuyo mandato (1008 - 1046) el monasterio gerundense (como todo lo que es catalán de verdad, el Monasterio de Ripoll está en la provincia de Girona) se convirtió en la cuna de la Cristiandad.
Y también en Girona (suponemos) tuvo lugar el nacimiento de una de las "expresiones más perfectas del lenguaje", el catalán, que nació como lengua escrita a fines del Siglo XII en Les Homilíes d'Organyà, primer documento escrito de carácter no jurídico donde se usa el catalán; podemos afirmar, con la perspectiva que dan los años, que su tardía aparición (casi contemporánea del castellano) como "lengua de cultura" no impide que, al igual que el castellano, la gente común se expresase en catalán desde antes de la llegada de los romanos, aunque, eso sí, en círculos reducidos; a fin de cuentas, catalán y castellano no dejan de ser meros dialectos de un único idioma: el español, en el que según todos los historiadores se escribió por primera vez, en realidad, la Santa Biblia (porque, por si Ustedes no lo sabían, Dios no sólo es español, sino que también lo habla).
Como vemos, los catalanes estuvieron muy ocupados durante estos años edificando sus mitos fundacionales, así que dejaron a sus compañeros de fatigas hispánicas, castellanos, leoneses, aragoneses y navarros, que se las vieran con el Ogro Musulmán, a fin de cuentas tan español como ellos; prueba de su españolidad es, por ejemplo, "Al - Andalus, unidad de destino en lo universal", o la organización del cotarro de la España musulmana, con lo que daremos un hábil salto retrospectivo de unos 300 años.
Histeria de España
Capítulo XL: Al - Andalus, Unidad de Destino en lo Universal
Cuando Abderramán I independiza la España musulmana de los Burócratas de Damasco, Al - Andalus se configura como Emirato independiente, y bien pronto, merced a la sabiduría con que el territorio es organizado por los musulmanes (lógico; a fin de cuentas, eran españoles), Al - Andalus comienza a despuntar como la civilización más grande que el mundo jamás ha conocido. Los emires musulmanes, auténticos califas (líder espiritual - político de la comunidad musulmana) in pectore, se afanan en conseguir un sistema híbrido entre el necesario centralismo y la pluralidad de los pueblos de Al - Andalus. La España musulmana es, en consecuencia, un Estado plurinacional, una nación de naciones, un país organizado en provincias con gobernadores relativamente autónomos, que si bien eran dados a meterse en aventurillas independentistas (de hecho, la cosa acabó como acabó, con los reinos de Taifas), en la práctica coadyuvaron poderosamente a la prosperidad del conjunto (es decir, exactamente igual que ahora); tan sólo en dos regiones fronterizas, con capital en Medinaceli y Zaragoza, la tensión social era moneda común, con cierto riesgo de fractura social, a causa de las expediciones militares continuadas contra los cristianos. Por lo demás, todo iba bien en Al - Andalus.
Porque los árabes, que no eran tales (en realidad, los árabes éramos Nosotros, porque a España, árabes, lo que se dice árabes, vinieron los justos para repartirse los cargos de la Administración, unos 5.000), impusieron un sistema social mucho más justo que el visigótico. Frente a la segregación racial practicada por los teutones (hay cosas que nunca cambian), nuestros ancestros, en el momento en que se hicieron auténticamente con el poder con la excusa de la conversión al Islam, configuraron un sistema tributario más igualitario, así como una interdependencia entre las distintas clases sociales / religiosas que garantizó durante muchos años la ausencia de disturbios auténticamente de importancia, asunto este, el de la diversidad de clases atendiendo a la religión, del que ya hablaremos, pero valga decir desde este preciso instante que Al - Andalus es, por definición, mestizaje y tolerancia. Por aquel entonces aún no se estilaba una de las más puras tradiciones hispánicas, la expulsión de los que piensan distinto; pero no vayan Ustedes a pensar que ello era debido a una falta de españolidad de los musulmanes españoles, antes bien su sustitución, como modo de vida, por otro principio aún más español: la falta de respeto a las leyes, particularmente a las leyes religiosas, según la idea fundamental de que, en la vida, todo es relativo. El principio de placer es el principio vital que guía todas las acciones de los musulmanes. Curiosamente, no se trata únicamente de un placer digamos carnal, sino que los árabes de España siempre tuvieron muy presente la importancia de la cultura, el arte, para la cohesión y vitalidad de su sociedad. De hecho, estamos en condiciones de afirmar que si España se hubiera mantenido como un Estado musulmán, la Historia del Mundo habría sido muy distinta.
Desde el momento en que todos convenimos en una gran verdad, que ha sido España la auténtica causante de la preponderancia del mundo occidental en los últimos cinco siglos (por más que los muy envidiosos no lo quieran reconocer), ¿se imaginan lo que habría ocurrido de ser España parte del mundo árabe? El Estado de Israel sería un mero sueño de algunos sionistas acomodados de las medinas de todo el orbe, en EE.UU. el fundamentalismo islámico habría aupado al ayatolah Al - W. Bush al Gobierno, y así todo. Pero la Historia fue como fue, los europeos tuvieron la enorme fortuna de que España les sacara de su mediocre estilo de vida y les hiciera observar objetivos más ambiciosos, y los musulmanes, privados del sustento económico, intelectual y, sobre todo, espiritual de la Península, se hundieron en una decadencia que aún perdura. Y todo porque no supieron adoptar a tiempo la única interpretación del Corán auténticamente interesante, que, por supuesto, se dio aquí, en España: "La importancia de la religión en Al - Andalus".
Histeria de España
Capítulo XLI: La importancia de la religión en Al - Andalus
En principio, la España musulmana, como cualquier país conquistado por los Guerreros de Alá, se organiza en torno al Corán, no sólo en cuanto texto religioso sino como Ley Fundamental. El Corán es lo más parecido a la Constitución española que hemos podido encontrar, respecto a la ambigüedad de su texto, de ahí deriva parte de su riqueza.
La sociedad española de este tiempo adopta el Corán como referente jurídico. Esta inteligente medida (coger un texto sagrado como base de la regulación mundana), tomada por multitud de pueblos a lo largo de la Historia, resulta sorprendentemente positiva para la sociedad española de la época. Y ello gracias a que el Islam, en España, cuenta con juristas de postín que saben que las leyes del Corán no son unívocas, esto es, cada cual las interpreta como le sale de los huevos, hablando mal y pronto. La imaginación ibera hace el resto y en Al - Andalus se establece una sólida regulación jurídica, caracterizada por la tolerancia y, por encima de todo, porque cada cual hará lo que le apetezca.
Porque Al - Andalus es una sociedad religiosa sólo en apariencia. El estilo de "hacer Religión" en el Sur de España, caracterizado fundamentalmente por los grandes fastos y el gusto por lo espectacular (que contrasta fuertemente con la extrema austeridad del Norte), proviene, indudablemente, de Al - Andalus. En el califato árabe la religión lo impregna todo porque, en realidad, no pinta nada. Es una mera excusa que permite a los ciudadanos moverse con libertad. Es absurdo hablar de motivaciones religiosas, de corte evangelizador, en las guerras contra los cristianos desde el punto de vista musulmán. Desde el momento en que los conquistadores árabes se percataron de que España era un Paraíso, luchar por el Islam con la promesa de alcanzar en la otra vida un Paraíso divino que, posiblemente, no le llegaba a España ni a la altura de los tobillos, no tiene ningún sentido.
Así que los musulmanes españoles anteponen siempre su españolidad a su supuesta confesión religiosa, de tal manera que las interpretaciones hispánicas del Corán, de gran originalidad y riqueza, permiten beber vino en ocasiones, comer todo el jamón que se desee y, naturalmente, tomarse las fiestas religiosas como fiestas a secas, en las que se bebe aún más vino y los tacos de jamón están al orden del día.
Correlato de esta flexibilidad en lo religioso es la mezcla de razas y culturas que se da en Al - Andalus. Como ya hemos comentado, los árabes fueron una parte muy minoritaria de los que cruzaron el Estrecho para instalarse en España, apenas unas 5.000 personas. Los colonizadores musulmanes eran casi en su totalidad bereberes recién islamizados, indudablemente poco proclives a perderse en aburridas discusiones teológicas sobre un libro que ni siquiera había sido escrito por un español, por muy profeta que fuera. Por su parte, la población hispana se convirtió en gran medida al Islam, pero ni mucho menos en su totalidad. Veamos cómo acaba componiéndose la sociedad en Al - Andalus:
- Árabes: La élite social y cultural. Se dedicaban a administrar juiciosamente el Estado. En una España versión aguerrida, con Inquisición incluida, habrían sido perseguidos por rojos.
- Muladíes: El grueso de la población; los cristianos convertidos al Islam en masa, la mayor parte de forma un tanto sospechosa (ser musulmán otorgaba ciertas ventajas fiscales); ni que decir tiene que la Inquisición se habría ensañado con ellos, por impuros.
- Mozárabes: Los cristianos en la zona musulmana. Mantienen su fidelidad al Señor, aunque paulatinamente van abandonando el rito romano y crean una liturgia propia, nuevo ejemplo de arte y tronío hispánicos que la Inquisición habría cortado en seco, en cuanto muestra de heterodoxia.
- Judíos: La tolerancia imperante en Al - Andalus permite su crecimiento poblacional, con una emigración continua desde otras partes del mundo. Como Ustedes comprenderán, si de la Inquisición dependiera no habría quedado un solo judío vivo.
En resumen, queda claro que un español, ante todo, no es amigo de las medias tintas: o tolerancia absoluta, o intrensigencia absoluta. Contrariamente a lo que creía Aristóteles, la virtud no se encuentra en el término medio, sino en los extremos (en cualquiera de ellos), parece rebatir el pensamiento hispánico (y así nos ha ido siempre).
Pero la religión era sólo una de las cosas importantes que fueron singularmente modificadas en Al - Andalus. Todas estas razas y confesiones no sólo vivieron en paz durante más de dos siglos, hasta la llegada de los almorávides, sino que encima se amontonaron en gigantescas y excelentemente urbanizadas ciudades, particularmente la Ciudad con mayúsculas, "Córdoba, la capital del Imperio".
Histeria de España
Capítulo XLII: Córdoba, la Capital del Imperio
Entre las muchas cosas que debemos a los españoles árabes, una de las más importantes es, sin duda, que por una vez en nuestra Histeria España contara con una ciudad seria, es decir, una de las ciudades más importantes del mundo. Frente a la tradición rural típicamente cristiana, que en Europa no comienza a abandonarse hasta la explosión renacentista, consolidándose el sistema urbano con la industrialización, en Al Andalus las ciudades son populosos centros de poder desde el principio.
Esto no estaba exento de lógica: a fin de cuentas, por un lado, Al - Andalus era una sociedad enormemente avanzada a su tiempo, probablemente la civilización más rica del mundo durante al menos dos siglos (IX - X), y por otro lado era lógico que todo el mundo quisiera vivir en la capital de la España musulmana. ¿Qué mejor lugar del mundo para vivir que una ciudad española? Pensaran Ustedes. En efecto, resulta difícil imaginar un lugar mejor para pasar los años, pero si encima resulta que, por una vez, esa ciudad es el centro de un Imperio importante a nivel mundial, un Imperio en expansión en lo que realmente importa (el plano económico) y encima, por decisión personal de Abderramán I, esa ciudad es Córdoba, ¿quién da más?
En la época en que Córdoba se convierte en capital de Al - Andalus, el mundo está dominado por la barbarie; casi todo el territorio de lo que alguna vez fue mundo civilizado estaba bajo el control de bandas de bárbaros que campaban a sus anchas cometiendo todo tipo de tropelías. Dado el carácter nómada de esta clase de gentuza, era de esperar que no se afanasen, ni mucho menos, en construir ciudades presentables que ejercieran de capital de sus respectivos imperios. En realidad, hay que reconocerlo, en aquella época la Civilización estaba más bien en Oriente, en el mundo árabe y en China. Lo más parecido a un mundo civilizado que quedaba en Europa era Bizancio (llamar Imperio a lo conquistado, y perdido en 30 años, por la banda de bárbaros comandada por Carlomagno nos parece un insulto), pues Roma, falta del apoyo del pensamiento español, había caído en una profunda decadencia.
Haciendo un análisis comparativo de las ciudades más importantes del mundo a principios del siglo IX, cuando el Califato está sentando sus raíces, podemos ver lo siguiente:
- Aquisgrán, la "capital" de Carlomagno, era un poblacho de apenas 2.000 habitantes, donde el Emperador se había afanado en construir lo único que sabían hacer los cristianos por aquella época: una iglesia y un palacio. Cosas útiles, ninguna.
- Constantinopla, la ciudad más grande de Europa después de Córdoba, tenía por entonces 250.000 habitantes.
- Bagdad, la ciudad creada por el envidioso califa abbasí Al-Mansur para intentar hacerle la competencia a Córdoba, había llegado en muy poco tiempo desde su fundación al millón de habitantes.
- Ch'ang -an, capital del Imperio T'ang de los chinos (que no tiene nada que ver con la bebida refrescante), era, pese a su ridículo nombre, la ciudad más grande del mundo en la época, con casi dos millones de habitantes, según los historiadores. Sin embargo, es preciso destacar un dato fundamental y habitualmente soslayado por estos investigadores: prácticamente ninguno de los dos millones de habitantes de Ch'ang - an era español.
- Finalmente, Córdoba, la Gloriosa, la Única, la Ibérica, era a principios del siglo IX la ciudad más grande de Europa, con casi medio millón de habitantes; Córdoba contaba, además, contrariamente a lo que comúnmente se considera de las ciudades españolas, con un plan muy serio y coherente de ordenación urbana, con barrios trufados de todo tipo de establecimientos conceptuados para satisfacer las necesidades de sus habitantes. Así, según un testimonio totalmente imparcial, un escritor musulmán de Córdoba (de cuyo nombre las fuentes en que he consultado no quieren acordarse), Córdoba tenía 471 mezquitas, 213.077 casas de obreros y comerciantes, 60.000 residencias de funcionarios y cortesanos y 80.455 tiendas. Es decir, que o estaban auténticamente forrados o a mí no me salen las cuentas, puesto que aparentemente en Córdoba había tantas casas como habitantes; en cualquier caso, destaquemos también que esta ciudad, a diferencia de las ciudades cristianas, no se componía únicamente de casas, iglesias / mezquitas y el palacio del señorito, sino que también encontramos hospitales, manicomios (para aquellos que tuvieran ganas de emigrar al extranjero), baños públicos, escuelas, hospicios, .. .e incluso una Universidad de enorme prestigio internacional (ahora tenemos 300 universidades, ninguna de ellas prestigiosa).
La rivalidad Córdoba - Bagdad, cada vez más enconada, se solucionó, naturalmente, a favor de la capital de Al - Andalus, que sigue creciendo en torno al río Guadalquivir y en la "época dorada" del califato omeya (Abderramán III) llega prácticamente al millón de habitantes; Bagdad palidece ante la grandeza de España - Córdoba, eran tiempos en que incluso los sevillanos consideraban que "Córdoba es lo mehó de Al - Andalus" y, por tanto, del mundo entero. Hablando en plata, el tradicional derby Córdoba - Bagdad lo acabaron ganando los omeyas por goleada. A fin de cuentas, los califas omeyas eran mucho más juiciosos, guapos, inteligentes y, en una palabra, españoles que los abbasíes, como verán en los siguientes capítulos, donde recuperamos el relato estrictamente cronológico de los acontecimientos. Comenzamos con los sucesores de Abderramán I, "De Hixem I a Alhaquen I".
Histeria de España
Capítulo XLIII: De Hixem I a Alhaquen I
Abderramán I, del que ya sabemos que en verdad fue Grande, fue sucedido por su hijo Hixem I, muy querido por su pueblo, dado que, a fin de cuentas y como Ustedes saben, era español, que es lo primero que se le debe pedir a un rey como Dios manda (algo, aunque no lo parezca, no tan habitual en España). Con sabiduría e inteligencia, los sucesores de Abderramán consiguieron consolidar, poco a poco, la dinastía omeya, no sin enfrentarse a todo tipo de revueltas que dejaron constancia de que en Al - Andalus el carácter español imperaba con fuerza.
Hixem I fue un gran rey, que por desgracia murió tempranamente, a los 31 años, después de haberse dejado guiar en todo por los sabios consejos del alfaquí (especie de cura integrista, pero "en árabe") Yahya Ben Yahya, que le pidió, ante todo, que gobernase siguiendo los criterios del Corán. Naturalmente, a cambio de tan sabios consejos, Yahya Ben Yahya (he usado el comando "pegar" para ahorrarme el nombrecito) y sus colegas los alfaquíes se quedaron con el cotarro, en un hermoso antecedente de lo que siempre ha sido la abstención eclesial en España del poder político.
Pero el hijo de Hixem I, Alhaquen I, era "dado al vino y los placeres", según nos cuentan los historiadores, es decir, que era puramente español, y acabó hasta las narices de las tonterías teológicas de los alfaquíes, los cuales se rebelan contra el emir, quien les inflinge una severa derrota. El pesao de Yahya Ben Yahya huye a Toledo, ciudad que en esos momentos tenía una fuerte rivalidad con Córdoba, y en un plis plas, a cambio del 30% del IRPF, los subleva frente al centralismo omeya. Los muladíes de Toledo, ilusionados, ya se disponen a montar una Administración autonómica, pero la reacción de Alhaquen I es, como no podía ser de otra forma, expeditiva: nombra a un tal Amrus como gobernador de Toledo, el tío llega a la antigua capital visigótica en plan contemporizador ("comprendemos los agravios que siente el pueblo toledano", "Córdoba quiere el bien de todos los toledanos", "Las tradiciones toledanas son consustanciales a nuestra cultura", "Al - Andalus no es sólo Córdoba", etc.), construye una gigantesca fortaleza (el Alcázar de Toledo), echó a los rojos que querían conquistarlo e invitó a los notables toledanos. Echándole un par de huevos, los degolló a todos, uno a uno, conforme entraban en la "fiesta", cargándose casi a 5.000 notables, lo cual nos habla también de que, como ocurre en otros casos históricos, Toledo contaba con una burguesía pujante (5.000 notables son muchos notables).
El pueblo toledano, indignado por la matanza, se alza en armas contra Alhaquen I, quien, ni corto ni perezoso, incendia la ciudad. Poco después se sublevan los cordobeses, incitados por el siniestro Yahya Ben Yahya, para quien el emir Alhaquen era un impío que no sólo bebía vino a raudales sino que pasaba olímpicamente de las enseñanzas del Corán. Naturalmente, esto a los cordobeses les daba igual, en realidad la sublevación era por una cuestión seria (impuestos), pero queda como más épico y, sobre todo, español, que se rebelasen por una cuestión moral. Nuevamente Alhaquen reprime la rebelión incendiando y matando a todo el que se le puso por delante, decapitando de paso a los alfaquíes que quedaban y garantizando que a la hora de la verdad la religión nunca pudiera ser motivo para no beber vino. Sólo Yahya Ben Yahya logró escapar, lo cual nos indica que era un auténtico sacerdote (metía a los otros en fregados de los que él siempre salía indemne). Ni corto ni perezoso, Alhaquen cogió a todos los que se habían rebelado a lo largo de su mandato y, dado que entonces esas cosas eran posibles (no había Constitución ni nada que se le pareciera, sólo alfanjes), metió a más de 15.000 en barcos y se los llevó a Oriente, donde seguro que podrían hablar de teología mientras se aburrían como ostras. Por cierto, ¿se dan cuenta de que con todos los españoles que, en un momento u otro, han salido (de grado o por la fuerza) de la península podemos estar en condiciones de afirmar que, en realidad, todo el mundo es español en un grado u otro?
Alhaquen dejó, como Ustedes ven, un balance eminentemente positivo, que su hijo Abderramán II se encargó de redondear. Comenzaremos por lo importante: "Abderramán II, el Atizador".
Histeria de España
Capítulo XLIV: Abderraman II, el Atizador
Cuando muere Alhaquen I le sucede en el trono su hijo Abderramán II, en el año 822. Abderramán se encuentra bien pronto ante multitud de problemas, y como gobernante joven e inexperto en un principio deja el gobierno en manos de toda clase de validos y favoritos que se dedican a meter la mano en el cazo de las finanzas de Al - Andalus mientras Abderramán II, ajeno a todo lo que sucedía, se dedicaba a hacer lo mismo que cualquier rey español que se precie: cazar, irse de juerga, ligarse a todas las mujeres que se le pusieran a tiro y, en general, no hacer nada de provecho.
De esta manera, Abderramán II es manejado en un principio por un triunvirato de aprovechados: en primer lugar el eunuco Naser, un español cristiano que acabaría abandonando la verdadera religión (y, con ella, su hombría) a fin de medrar en la Administración de Al - Andalus; en segundo lugar Abderramán se deja influir perniciosamente por Tarub, su favorita, mujer intrigante y avariciosa que deseaba conseguir el trono para su hijo Abdalá; y por último, en Córdoba manda mucho durante la primera parte del reinado de Abderramán II... ¡Yahya Ben Yahya! ¿Se acuerdan de este tío? Pues cuando comienza a reinar Abderramán II reaparece y recobra toda su influencia sobre la Corte. ¿Qué les das, Yahya Ben? ¿Cómo es posible que un predicador pesao se pasara la vida intrigando y manejando el gobierno de Al - Andalus bajo mano? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que no le pasase nunca nada de nada?
Pues así fueron las cosas, amigos, en un primer momento el emir Abderramán II se dedicaba a gobernar según el Corán y los sabios consejos de Yahya Ben Yahya. Básicamente, el objetivo era conseguir que los cristianos se islamizasen lo antes posible para que la Ley coránica tuviera mayor peso en la sociedad cordobesa. Abderramán II, hombre piadoso, asentía a todos los consejos del predicador y acto seguido se iba de juerga con su favorita, en suntuosos banquetes que duraban días y días, regados con buen vino y acompañados por unos tacos de jamón que quitaban la respiración.
Pero su favorita, Tarub, se hartó de esperar a que Abderramán muriese como consecuencia de los excesos cometidos en las mencionadas juergas, comenzó a pensar que, de seguir esto así, su hijo Abdalá nunca reinaría y, en consecuencia, decidió conspirar con el eunuco Naser para quitarse de en medio a Abderramán II. No sabemos qué le ofreció Tarub al eunuco (desde luego, no le ofreció lo mismo que a Abderramán), pero el hombre (por llamarlo de alguna manera) aceptó el trato y se dispuso a eliminar al emir, envenenándolo con una copa.
Mas hete aquí que una esclava decidió descubrirle el complot a Abderramán II, quien, ni corto ni perezoso y si como esto fuera una película histórica manufacturada en Hollywood, le obligó a Naser a tragarse el líquido envenenado delante de toda la corte. Naser muere en el acto, y con su muerte nace también otro Abderramán II, un emir que por fin decide hacer honor a su nombre.
Abderramán II, a partir de entonces, se percata de que, por un lado, en la vida todo es relativo, y que si las personas en quienes más confiaba le han traicionado así la mejor decisión que podía tomar era no confiar en nadie, salvo en sí mismo y, naturalmente, en el Corán, convenientemente interpretado por Yahya Ben Yahya. De tal manera, Abderramán II no vacila un momento en enfrentarse a una molesta rebelión de los bereberes, a los que deporta a Murcia durante unos cuantos años. Y con los normandos, que por aquella época asolaban las costas peninsulares, el emir no es más moderado. Ni corto ni perezoso, al enterarse de que los bárbaros del Norte estaban saqueando Sevilla en plena Feria de Abril, los muy bárbaros, va con su Ejército a enfrentarse a ellos, los vence, decapita a todos los que puede y garantiza que los que escapan no vuelvan en mucho tiempo.
Sin embargo, los bárbaros, al ser justamente eso, bárbaros, volvieron a menudo, pero Abderramán II se garantizó que a partir de entonces saquearan preferentemente posesiones cristianas, por la vía de fortificar Al - Andalus, concretamente las desembocaduras de los ríos, que era el lugar por el que solían aparecer los piratas normandos. Por supuesto, no hará falta que les diga que Abderramán II, de natural masculino, dejó bien claro a los reyezuelos cristianos quién mandaba aquí (Él), de tal manera que, una vez solucionados los problemas tanto internos como de política exterior, ambos solventados de la misma manera (a hostias), Abderramán II, hombre duro y justiciero, pero de mente abierta, se dedicó a lo que realmente le gustaba: la cultura y el arte, es decir, una excusa más para estar de juerga sin hacer nada: "Abderramán II, el Humanista".
Histeria de España
Capítulo XLV: Abderraman II, el Humanista
Una vez Abderramán II había demostrado fehacientemente que a él a macho no le ganaba nadie, no sólo con su favorita sino también en demostraciones de virilidad, necesarias o gratuitas según los casos, con el alfanje, pudo demostrar que era hombre de entendimiento desarrollando en Al - Andalus una verdadera Administración, bajo la cual se implantó en nuestro país una época de prosperidad pocas veces vista. Con Abderramán II, la industria, el comercio, y de forma secundaria la cultura, experimentan un auge que sitúa al emirato omeya a la cabeza del desarrollo en Europa y el mundo; si la Unión Europea se hubiera configurado en esos momentos, seríamos nosotros los que pagaríamos los Fondos de Cohesión, sin duda alguna (por eso Abderramán no impulsó ninguna iniciativa de esa clase, los excedentes prefería gastárselos en fiestas); tengan en cuenta que el nivel de vida de Al - Andalus era, en esa época (mediados del siglo IX) tres veces superior al de la Europa cristiana; en efecto, en Al - Andalus la población disponía de tres veces más ingresos, tres veces más gallinas, diez veces más salas de latrocinio, 25 veces más cultivos de vino (y eso que eran musulmanes, al menos en teoría), y así todo.
Y para garantizar que tal caudal de pasta no se gastase en tonterías, Abderramán creó un sistema tributario de singular eficacia, basado en la delación, que garantizaba que nadie se pudiera escabullir del pago de impuestos (pocas cosas hay más eficaces en España que la envidia) y sentaba las bases de lo que siglos más tarde sería la Santa Inquisición, aunque claro, los cristianos sustituyeron el pago de impuestos como objeto de sus cuitas por algo mucho más serio: la necesaria ortodoxia religiosa.
A Abderramán, sin embargo, la ortodoxia le traía bastante al fresco; una vez se deshizo de Yahya Ben Yahya enviándolo a un viaje de estudios a La Meca, ya no quedaba ningún motivo para preocuparse de la islamización de la sociedad. Pero los perniciosos efectos de la persecución llevada a cabo por los alfaquíes contra los cristianos comenzaron a hacer efecto sobre la población mozárabe, que hizo ademán de rebelarse. La buena mano izquierda del emir, unida a la capacidad de su asesor, el cristiano Gómez (ejemplo patente de la tolerancia de Abderramán II, que dejaba medrar a los validos más válidos, valga la redundancia, sin importarle en absoluto su procedencia), consiguió apaciguar los ánimos de los cristianos, quienes, acaudillados por dos nobles visigodos, Eulogio y Álvaro, amantes de los ejercicios espirituales hasta tal punto que si hubieran nacido en este siglo serían, sin duda, supernumerarios del Opus Dei, predicaban el martirio como recurso para demostrar la pureza de la fe, esto es, eran unos piraos deseosos de morir por su religión, con el fin último de conseguir para España el récord absoluto en número de mártires (algo que, sin embargo, tardaría bastante en llegar, pues hasta el siglo XX, con la Guerra Civil, España no estaría en disposición de presentar al papado sus aspiraciones al respecto). Abderramán II les sugiere que se dejen de chorradas, su valido Gómez califica a los mártires de fanáticos ante el escándalo de los cristianos y, finalmente, el emir invita a unas copitas de Jerez a los dos mencionados nobles, con lo que las cosas logran arreglarse parcialmente.
Por lo demás, todo iba bien en Córdoba en la época de Abderramán II: la inflación se mantenía en niveles moderados, el PIB crecía que daba gusto, el paro era casi inexistente, Al - Andalus cumplía sobradamente todos los criterios macroeconómicos, la balanza de pagos arrojaba un balance positivo... En suma, podemos decir que Al - Andalus iba bien.
Tan bien marchaban las cosas que en sus últimos años Abderramán decidió dedicarse implantar sus criterios en todo lo referente a la moda y el estilo de vida con la ayuda del músico Ziryab, proveniente de Bagdad, quien trajo a la Corte del Emir todas las novedades en términos de estilo que triunfaban en Bagdad: Ziryab impuso los trajes de seda, una serie de normas de comportamiento en sociedad, su criterio del buen gusto... Este auténtico Yves Saint - Laurent de mediados del siglo IX cautivó a los nenes pera cordobeses, que lo adoptaron como modelo a seguir, copiaban sus posturas, su forma de hablar y de vestir, ... Este paulatino amariconamiento de la juventud cordobesa, más preocupada de encontrar conjuntos rosa - limón a tono con su personalidad y de declamar poemas horteras en manifestación de amor, en lugar de dedicarse a lo importante, es decir, la guerra y el pillaje, pasaría factura a la muerte de Abderramán II a la edad de 60 años, en el año 852. Su sucesor, Mohamed I, tuvo que hacer frente a una guerra civil que le superó en todos los frentes. Lo veremos en nuestro siguiente capítulo, "Mohamed I, el Apóstata".
Histeria de España
Capítulo XLVI: Mohamed I, el Apóstata
Cuando Abderramán II muere, como ya sabemos, las cosas marchaban razonablemente bien en Al - Andalus. Sin embargo, también pudimos observar cómo los cristianos de Córdoba comenzaban a molestarse por cualquier cosa, les impedían hacer 275 días de fiesta al año siguiendo el Santoral cristiano y los tíos ya se llamaban a sí mismos mártires de la Iglesia. Esta falta de entusiasmo por el trabajo produjo que los cristianos eligieran como obispo de Córdoba a Eulogio, uno de los dos nobles visigodos que habían amagado una rebelión frente a Abderramán II. En una época en la que los cristianos se negaban a trabajar en los días de fiesta (es decir, casi todos los días) es normal que escogieran a alguien como Eulogio, pues este, como buen noble católico, no había dado un palo al agua en su vida, dado que se pasaba todo el tiempo rezando.
Lamentablemente, el emir Mohamed era pérfidamente aconsejado por los alfaquíes, que habían recuperado toda su influencia en Palacio (ignoramos si detrás de ellos estaba la mano de Yahya Ben Yahya, pero nos imaginamos que incluso alguien como él debería haber muerto tiempo atrás), y buscaron una nueva persecución contra los cristianos. Aprovecharon una vil excusa para condenar al obispo Eulogio a muerte: Eulogio, en su infinita bondad, acogió a una joven cristiana perseguida por los árabes en su iglesia y se negó a dársela a los soldados del Emir. Conociendo las costumbres de los sacerdotes cristianos, y habida cuenta del carácter piadoso de la novicia perseguida, estamos en condiciones de afirmar que Eulogio se comportó como un Padre de la Iglesia. Meses después nacería, empero, un hijo de la mujer cristiana extraordinariamente parecido al obispo cordobés: tampoco trabajó en su vida.
Esto constituye el primer milagro con el que el Señor decidió honrar al obispo cordobés, pero lamentablemente Eulogio no tuvo la oportunidad de ver al hijo de Sus entrañas, pues fue condenado a muerte por el Emir y su cadáver arrojado al Guadalquivir. Aquí podemos observar el segundo milagro: una paloma se posó sobre el cadáver de Eulogio. ¿Quieren Ustedes más para demostrar la presencia del Señor? Algunos malpensados pueden pensar que en realidad la paloma era un buitre deseoso de pitanza, pero lejos de nuestra intención sembrar la duda sobre un hombre, Eulogio, tan santo que fue el germen de una guerra civil en Al - Andalus que duró 50 años.
Porque los cristianos, como es obvio, se molestaron sobremanera con la muerte de su obispo, y poco a poco el descontento se fue extendiendo por todo Al - Andalus, hasta que se sublevaron al mando de un hombre con un par de huevos sobre la mesa, Omar Ben Hafsun, hispanogodo islamizado al que los árabes habían agraviado deteniéndolo y dándole 50 latigazos. Como es obvio, a Omar no le dolieron los latigazos, sino el honor insultado por la canalla árabe, así que, con una lógica argumentativa impecablemente hispánica, decidió rebelarse contra el Emir.
Los años pasaron sin que Mohamed lograra acabar con la rebelión de Omar, que había construido un auténtico reino en la serranía de Ronda, así que el hombre, impotente ante el empuje de los hispanogodos rebelados, decidió adoptar una sabia decisión: convertirse al cristianismo, en lo que constituye un postrer milagro del mártir Eulogio. Mohamed apartó de él a los malignos alfaquíes que habían puesto en peligro el reino con su intransigencia y decidió emprender, con su conversión al cristianismo, un auténtico "viaje al centro" que le hiciera acreedor de la simpatía de los cristianos rebeldes. Inexplicablemente, la medida no tuvo éxito, y el hombre, con el nombre de Samuel, la palma en el año 886, dejando Al - Andalus sumido en un auténtico caos. Lo vemos en nuestro siguiente capítulo, "Omar Ben Hafsun, El Hispano".
Histeria de España
Capítulo XLVII: Omar Ben Hafsun, el Hispano
España, y antes Hispania, ha sido siempre un país fecundo en la creación de caudillos providenciales que, en un momento dado, se rebelaban contra una situación injusta y con gran clarividencia, poco a poco y alternando el palo y la zanahoria, conseguían dejar su país mucho peor de como se lo habían encontrado. Omar Ben Hafsun, un hispanogodo cuya familia se había convertido al islamismo para pagar menos impuestos, fue uno de ellos.
Como sabemos, a Omar los sicarios del emir le asestaron cincuenta latigazos que le dolieron a nuestro hombre en el alma. ¿Cómo se atrevían unos ridículos y mezquinos soldados asestarle latigazos nada más y nada menos que a él? Ni corto ni perezoso, y en lugar de interponer la correspondiente denuncia en el juzgado nº 3 de lo Contencioso - Administrativo de Córdoba, como habría ocurrido en un país serio, Omar se lanzó a las montañas con un grupo de amiguetes para los cuales el honor era también mucho más importante que la vida, razón por la cual se dedicaron al pillaje y al saqueo, aterrorizando la comarca de la serranía de Ronda al tiempo que anunciaban la Buena Nueva: ellos iban a acabar con la tiranía de los Omeyas que habían tenido la desvergüenza de aumentar geométricamente el nivel de vida de sus conciudadanos, olvidando en el camino los conceptos fundamentales de Virtud y Fe. Los idealistas españoles de esa época, como es natural, se le unieron en tropel, pues cuando a un español se le menta el honor, como Ustedes saben, todo lo demás queda en un segundo plano.
Omar Ben Hafsun y los suyos siguieron amargando la vida a las gentes del emir, y como nadie les podía hacer frente comenzaron a crear un auténtico reino en la provincia de Málaga, en el que se encontraba, entre otras, el solar de lo que, años después y desarrollismo franquista mediante, sería la actual ciudad de Marbella. No es de extrañar que en este entorno natural incomparable Omar se sintiera el rey del mundo. Así que decidió crear una capital - fortaleza en plena sierra, muy cerca de lo que hoy es Ronda, a la que llamó Bobastro. Esta capital de Hafsun era un enclave inexpugnable, rodeado de escarpadas montañas, y con unas murallas tan altas que ríase Usted de la Gran Muralla china. Una vez garantizó la seguridad de sus súbditos, Omar se dedicó a lo que cualquier español de pura cepa haría: a construir en la futura Ronda la plaza de toros más grandiosa que vieron los siglos, donde se sucedían las fiestas con un tronío y un arte que no se podía aguantar.
El emir Mohamed I, que aún no se había convertido al cristianismo, intentó atraerse a Omar hacia sus filas, ofreciéndole, a él y a los suyos, un puesto de relieve en el Ejército. Pero cuando Omar llegó a Córdoba, el gobernador le alojó en una pensión infecta, negándole todas las comodidades que un hombre de tan alto rango moral habría merecido. Así que, nuevamente con el honor mancillado, Omar Ben Hafsun se vuelve a Bobastro, montado en su caballo "Imperiosus", y le declara la guerra por siempre a los Omeyas: "¡Babiosos, Facineriosos, Sociatas, sus vais a enterar!", parece ser que dijo.
Y vaya si se enteraron. Rápidamente Hafsun, hábil político, extendió la rebelión por todo Al - Andalus, y uniéronsele muchos mozárabes y también hispanogodos islamizados pero que echaban de menos las visitas a los conventos de clausura en la época en que eran cristianos (en esa época tales conventos no existían, pero seguro que los frailes buscarían alguna alternativa igual de cristiana). En poco tiempo, Al - Andalus ardía por los cuatro costados. El emir Mohamed I, incapaz de resistir la rebelión, deja el trono, se convierte al cristianismo, como ya dijimos, y acto seguido (el Señor quería que su nuevo siervo se reuniera lo antes posible con Él) muere. Le sustituye su hijo Almóndir I, jefe del ejército Omeya, que había vencido a los cristianos en múltiples escaramuzas fronterizas y se sentía con fuerzas de acabar, de una vez por todas, con Omar en su propio refugio de Bobastro. Naturalmente, fracasó, de hecho fue herido en Bobastro y los árabes tuvieron que levantar apresuradamente el campo. Ya en Córdoba, su hermano Abdalá, de quien la Historia nos dice que "era amante del arte y la cultura" demostró su nivel de conocimientos administrándole, como si de Wojtila visitando a Juan Pablo I se tratara, un medicamento que tuvo un efecto inmediato: Almóndir I la palma, y Abdalá se convierte en el nuevo emir: "Abdalá I, el Padre".
Histeria de España
Capítulo XLVIII: Abdalá I, el Padre
Cuando Abdala llega al trono de Al - Andalus mediante el asesinato de su hermano Almóndir, relatado en el capítulo anterior, que demuestra fehacientemente que la impronta visigótica en España era mayor entre los árabes de lo que en un principio pudiera parecer, la situación es caótica. En el 888, año en que Abdala comienza su reinado, la rebelión acaudillada por Omar Ben Hafsun alcanza a la práctica totalidad de Al - Andalus. Las continuas derrotas del emir frente a Hafsun convirtieron una guerra de índole social (los hispanogodos, convertidos o no, contra los Burócratas de Córdoba, que poco a poco habían conseguido pedir tantas pólizas como los de Damasco) en una auténtica guerra civil, en la que el emir luchaba por un lado, los cristianos acaudillados por Hafsun (que cuando tuvo ocasión limpió Marbella de los "sociatas" musulmanes) por otro, y finalmente toda una caterva de arribistas que acabaron uniéndose en torno a dos familias árabes de rancio abolengo, los Hachach y los Haldun, y que intentaban medrar ante el debilitamiento del emir para ¿lo adivinan? trocear Al - Andalus en miles y miles de pequeños reinos de taifas ideales para que los reinos cristianos se los repartieran.
Curiosamente, Alfonso III de León (866 - 910), el Gran Rey, de quien hablaremos en su momento, aprovechó estos años de absoluto caos en Al - Andalus no para aprovecharse y atacar Córdoba por sorpresa, lo que habría sido muy poco honorable, muy poco elegante y, en suma, nada propio de un rey español, sino para repoblar la Tierra de Nadie entre musulmanes y cristianos, inteligente política que garantizó seis siglos más de Reconquista y, por tanto, una mayor dureza y virilidad del soldado español, curtido en mil batallas. De esta manera, Omar Ben Hafsun, que lo primero que había hecho una vez asentado su reino en Bobastro fue convertirse al cristianismo y crear un obispado para sus dominios, no recibió ninguna ayuda de los cristianos del Norte. Y añadiremos que no le hacía falta, él era así de macho y no se iba a andar con componendas con unos cristianos que, según podía observarse a simple vista, no tenían una estricta observancia del Dogma.
Mientras las ciudades de Al - Andalus se sublevan en su mayoría contra Abdala I y los jeques "de buena familia" conspiraban para repartirse el pastel, el osado Hafsun llega con sus huestes a las puertas de Córdoba. En ese momento comienzan a recorrer Córdoba todo tipo de rumores siniestros que hacen referencia al inminente fin del emirato, la conquista, a sangre y fuego, de Córdoba por Hafsun y, finalmente, el advenimiento del cristianismo en todas las tierras de Al - Andalus. Pero el emir Abdalá, que como hombre culto que era no se dejaba impresionar por las leyendas y las profecías de santones engañabobos, decidió dedicar su tiempo a algo mucho más útil: rezar con los alfaquíes. Curiosamente, tal estrategia tuvo su efecto, dado que las tropas de Omar Ben Hafsun fueron derrotadas a las afueras de Córdoba, y el Ejército del emirato se hizo con 4.000 prisioneros cristianos a los que se les ofreció una única alternativa: o la conversión al Islam o la muerte. Con la excepción de algunos advenedizos, la inmensa mayoría de los cristianos demostraron su españolidad prefiriendo la muerte antes que abjurar de su Fe.
Omar Ben Hafsun, como Ustedes comprenderán, estaba radiante. Casi 4.000 nuevos mártires para la Causa. El hecho de que a partir de entonces el entusiasmo por la rebelión en Al - Andalus comenzara a decaer no hizo mella alguna en su moral, convenientemente elevada por el obispo de Bobastro, máxime cuando la rebelión contra el Emir seguía en toda la actual Andalucía, y muchas ciudades eran independientes en la práctica. Pero lo que en principio fue una buena noticia para Hafsun, la muerte de Abdala I en el año 912, se trocó en desgracia, porque entre las pocas cosas que Abdala I hizo bien en su vida, además del asesinato de su hermano, estuvo colaborar en el alumbramiento de uno de los españoles más inteligentes, cultos, valientes, brillantes y, en resumen, de Aquí que jamás nos ha dado la historia: "Abderramán III, el Español".
Histeria de España
Capítulo XLIX: Abderraman III, el Español
Cuando Abderraman III llega al poder en Al - Andalus se encuentra una situación desastrosa: los monarcas cristianos del Norte comenzaban a sentar las bases de lo que luego sería la principal actividad económica de todo español que se precie: dedicarse a la construcción, pero como no podían construir edificios de 50 plantas en Benidorm para los turistas normandos, por estar toda la costa levantina en manos musulmanas, se dedicaron a gastarse la pasta en castillos en las regiones fronterizas con Al - Andalus, que comenzaron a repoblar. La "Tierra de nadie" se hizo cada vez más pequeña, y menudearon las incursiones cristianas por la España musulmana, ahondando en las disputas que desangraban Al - Andalus. La guerra civil con el pesao de Omar Ben Hafsun no tenía visos de terminar, los reinos de taifas cada vez eran más abiertamente rebeldes, y llegó un momento en que el reino de Abderraman estaba constituido por poco más que Córdoba y alrededores. Con estos poderes, la tarea que se le presentaba al nuevo emir se antojaba poco menos que imposible.
¿Imposible? Nada hay imposible para un español de pro, y como Hernán Cortés había quemado sus naves (perdón, para contextualizar, "habrá quemado sus naves"), Abderraman se ató los machos y se dispuso a pacificar Al - Andalus. Alternando victorias militares con la mítica generosidad hispana con los vencidos, Abderraman consigue que poco a poco la mayor parte de ciudades de Al - Andalus vuelvan a la obediencia de Córdoba. Ignoramos si el Hombre les ofreció algún tipo de régimen autonómico alejado del centralismo de Córdoba (por ejemplo una Mancomunidad de los Reinos de Taifas), pero el hecho es que todos se lo tragaron y en pocos años Al - Andalus volvía a ser fuerte, lo suficiente como para amenazar los dominios de Omar Ben Hafsun, que hasta entonces había seguido evangelizando a sus fieles por la vía de exterminar a los heterodoxos y robarles sus propiedades. Con una impecable táctica militar, Abderraman III reconquistó casi todas las ciudades levantiscas que se habían asociado con los rebeldes mozárabes, como Sevilla, a la que Omar Ben Hafsun le había prometido una Feria de Abril que se prolongara hasta el mes de Julio, para así mejor alabar al Señor. En apenas dos años, la rebelión mozárabe queda circunscrita a Bobastro y la serranía de Ronda, es decir, retorna a donde comenzó. Poco después (917) muere Hafsun, y Abderraman III vuelve sus ojos hacia la capital mozárabe, Bobastro, que resiste implacable todos los asedios. Abderraman III comienza a desesperarse, pero como en todas las grandes ocasiones de la Historia, el Señor proveyó para sus súbditos (sí, Abderraman no era cristiano, pero era español, y eso para el Señor es mucho más importante). El arzobispo de Bobastro, Máximo, que había conseguido atesorar un gran poder entre los mozárabes (no en vano estos vivían en un régimen teocrático, a diferencia de Al - Andalus, donde Abderraman III había dejado bien claro que alfaquíes, los justos, y que aquí sólo mandaba él), se vendió por un puñado de petrodólares al emir, en una muestra de piedad cristiana, y este consiguió, finalmente, en 928, rendir Bobastro y acabar con 50 años de guerra civil. Abderraman III trajo la paz a Al - Andalus, y los correos del emir pudieron dar la buena nueva en todos los rincones del reino: "Cautivo y desarmado, el ejército rojo ha cruzado el Estrecho. Las tropas musulmanas han alcanzado sus últimos objetivos militares. La Guerra ha terminado". 35 años de paz se cernían sobre Al - Andalus. De paz interna, naturalmente, porque en lo que respecta al exterior Abderraman III pegó leña como ninguno.
Una vez terminada la guerra civil, Abderraman, echándole un par de huevos, se nombró califa, demostrando que los burócratas de Damasco ya no tenían nada que rascar en Al - Andalus y que aquí el único que tenía las llaves del reino era él: él pondría impuestos, él impondría pólizas para agilizar la burocracia, él mandaría, en suma. En 40 años de reinado Abderraman III, hombre culto, poderosamente inteligente y, en cuanto español, incluso guapo, convertiría un país desangrado por la guerra civil en una de las principales potencias del mundo mundial. Para ello llevaría a cabo políticas, en ese momento revolucionarias, ajenas a los prejuicios raciales y religiosos (no en vano Abderraman III era una muestra viva de mestizaje, musulmán pero con ancestros vascuences y francos), atendiendo únicamente a lo que resultaba beneficioso para su tierra. Y dadas sus capacidades, el éxito fue absoluto: Al - Andalus vivió un periodo de prosperidad sin igual, se convirtió en una potencia económica, dio muestras de un gran vigor cultural con realizaciones artísticas notables, mantuvo a raya a los reyes cristianos y adquirió prestigio internacional. Posiblemente por todas las empresas que llevó a cabo, coronadas con el éxito, Abderraman III declaró en su testamento: "En toda mi vida no he gozado más que de catorce días sin preocupaciones de ninguna clase". Admirable. Un calvinista en la España medieval, siempre preocupado de engordar la Hacienda, interesado por las condiciones de vida de sus súbditos, empeñado en importantes empresas exteriores, a Abderraman III sólo le dio tiempo a disfrutar de la vida dos semanitas, los catorce días, según hemos podido dilucidar, en que se acercó a su palacio de Medina Azahara con su harén de 10.000 chorbas para disfrutar de lo que realmente merece la pena en esta vida.
Histeria de España
Capítulo L: Abderraman III, Amo del Mundo
Una vez Abderraman III había solventado sus problemillas con la mayor parte de la población de Al Andalus, y una vez dejó bien claro que aquí los alfaquíes estaban para orar y procurando que no se les oyera demasiado, nuestro personaje se dispuso a hacer de Al - Andalus un reino temible no sólo para los patéticos reinos cristianos peninsulares, sino también para las opulentas e hiperdesarrolladas monarquías europeas, de las que sólo les digo que su esperanza de vida era un 10% más alta que la de los cristianos peninsulares (40 años) y de cuando en cuando aparecía alguien que sabía leer y todo (y en tal caso lo quemaban en la hoguera, naturalmente).
Para empezar, así, sin darse importancia, Abderraman III se nombró a sí mismo Comendador de los Creyentes, o Califa, es decir, oficializó totalmente su independencia de los Burócratas de Bagdad. Era este un paso lógico pero que sólo un político de la altura intelectual de Abderraman III podía dar: en Al - Andalus hacía muchos años que no se rellenaba una sola póliza proveniente de los susodichos Burócratas, ya eran por todos conocidas las virtudes de los vinos españoles y el propio Abderraman no le hacía ascos a incluir figuras de animales (algo severamente prohibido por el Corán no sabemos muy bien por qué motivo, quizás para no incitar al vicio) y plantas (¿montárselo con un ciprés? No suena muy bien) en sus suntuosos palacetes. Tenía que ocurrir algo así: una vez los musulmanes pusieron el pie en España y se dieron cuenta de que ya estaban en el Paraíso su moralidad fue progresivamente más laxa, mientras que los intérpretes oficiales del Corán en el Norte de África, en un entorno natural tan agradable como el desierto, tendían a endurecer cada vez más la interpretación del código: los muyhaidines del Magreb, "siempre negatifos, nunca positifos", y en España ocurría al revés (¿alguien se ha preguntado alguna vez por qué el calvinismo surgió en Suiza? ¿Ustedes han visitado Suiza? Prueben a saltarse alguno de los 7 semáforos que mantienen de promedio al día en España, a ver qué pasa).
Con estos mimbres, no ha de extrañarnos que Abderraman III diera sopas con onda a todos los gobernantes de su tiempo, y que jugueteara con los reyezuelos cristianos como quien disfruta entorpeciendo el quehacer de las laboriosas hormigas. Disculpen por la frase opusdeísta, no volverá a ocurrir, pero es que de alguna manera hay que destacar la grandeza de Abderraman: este hombre enviaba a sus ejércitos a hostigar a los reyes cristianos cuando se ponían pesados, y aunque alguna vez fueron derrotados (la épica victoria de Simancas, que ya relataremos), la verdad es que eran guerras de frontera, como quien envía a un cuerpo expedicionario a Panamá sin mayores consecuencias para la política interna. Porque Abderraman III era un hombre amante de la paz, y por eso hizo lo mismo que todos los hombres amantes de la paz han venido haciendo desde tiempos inmemoriales: invertir en el ejército, de tal manera que Abderraman llegó a contar con la mayor flota de Europa, algo importante para un país con una fuerte dependencia del comercio marítimo, sostuvo un ejército permanente de mercenarios extranjeros muy bien pagados, a diferencia del que hay ahora, y con un coeficiente intelectual medio muy alto (también a diferencia del Éjército actual), casi más alto que el promedio de los concursantes en experimentos sociológicos televisivos.
Sin embargo, al igual que ahora, la mayor parte de los mercenarios eran eso, mercenarios de pro, y por tanto extranjeros, muchos de ellos cristianos del norte de España, quienes, sorprendentemente, antepusieron el vil metal a la pasión religiosa por el Señor que según es vox populi embargaba a todo el mundo por esas fechas. Con una defensa semejante, el reinado de Abderraman pudo vivir una prosperidad económica sin igual en nuestro país hasta la llegada de la Segunda Transición, una época de expansión en la que Al Andalus exportaba todo tipo de productos a los pérfidos extranjeros y con los beneficios invertía en el interior del país, creando una excelente red de comunicaciones, gran cantidad de edificios públicos que superaban incluso los modos de actuar de los Burócratas de Damasco, palacios sin igual, ... Córdoba se convirtió en la ciudad más grande de Europa, ¡qué leches!, del mundo, y Abderraman III incluso tuvo tiempo para gastarse los excedentes en cosas sin ninguna utilidad (las universidades florecieron como hongos), y también en algunos caprichillos de índole personal, estos mucho más interesantes (el Califa disponía de un harén de 10.000 mujeres; en honor a la verdad hay que decir que por muy Grande que fuera Abderraman III a uno le da la sensación de que aquí el cronista, siguiendo la reinterpretación coránica que se impuso en España, iba harto de vino).
Con inteligencia, Abderraman III consiguió primero la unidad de sus dominios para después adquirir una posición de fuerza en el plano internacional, legitimada por su autonombramiento como Califa. A partir de ahí, modernizando los sistemas monetario y fiscal y adoptando una política tolerante con sus súbditos, Al - Andalus alcanzó una prosperidad gigantesca en todos los órdenes. No es difícil concluir que Abderraman III era un genio. Lógico, dirán Ustedes. A fin de cuentas, era español. Cierto, pero hay algunos aspectos de su biografía que resultan algo sospechosos, casi me atrevería decir que judeomasónicos. Recuerden que he indicado que la prosperidad de Al - Andalus lo fue "en todos los órdenes". En todos. Incluso en la nefanda cultura. ¿Desde cuándo es español preocuparse por algo así? Aunque nos duela, hay que reconocerlo: Abderraman III es casi tan importante en el devenir de la cultura hispánica como los Harlem Globe Trotters, algo que veremos en nuestro siguiente capítulo: "Abderraman III (III): Un adelantado a su tiempo".
Histeria de España
Capítulo LI: Abderraman III, un adelantado a su tiempo
Como ya decíamos, además de su enorme capacidad para la gestión política, Abderraman III se caracterizó por su gusto por la cultura, aspecto este en el que vuelve a recordarnos al adalid de la Segunda Transición. Al igual que dicho adalid, Abderraman tendió a considerar muy a menudo, empero, que la cultura era él y, por tanto, sólo a él debía beneficiarle, y por ello una parte muy importante del gasto cultural se dirigió hacia dos fantásticas construcciones, la Mezquita de Córdoba y el Palacio de Medina - Azahara, cuya grandeza ni siquiera siglos y siglos de gestión cristiana posterior han conseguido minar lo suficiente.
Abderraman III, en cualquier caso, se sintió siempre más íntimamente ligado al palacio de Medina - Azahara (que, al fin y al cabo, era "su" palacio) que a la mezquita de Córdoba, cuya construcción databa de épocas anteriores (Abderraman I) y cuyas principales ampliaciones, además, son posteriores, de los tiempos de su hijo Alhaquen II. Por otro lado, es baladí pensar que alguien con un harén de 10.000 mujeres como Abderraman III pudiera profesar hondos sentimientos religiosos. O tal vez sí, nunca se sabe. De cualquier manera, ambas construcciones se cuentan entre las más importantes maravillas arquitectónicas con que cuenta España, y por tanto, el mundo mundial. La fastuosa mezquita de Córdoba, sus incontables columnas de diseño único y rompedor, la delicadeza del trazo en los bajorrelieves, el Patio de los Naranjos, ... Nunca he estado en Córdoba, pero para algo somos periodistas. Y respecto a Medina - Azahara, lo mismo podríamos decir (tampoco he estado).
Sin embargo, el gusto de Abderraman III por la cultura era sorprendentemente sincero, y sus súbditos también se beneficiaron de la política abierta del califa, que fomentó la educación en todos los órdenes, como ya mencionamos en el anterior capítulo. En este extremo difiere, ciertamente, de la Segunda Transición. Y también difiere en el concepto último que los máximos representantes de ambas épocas tienen de la palabra "cultura", pues si nuestro recio castellano gusta de solazarse discretamente con poetas que, según contesta invariablemente a las preguntas de los periodistas, "son mu buenos", Abderraman III prefería ejemplificar el esplendor cultural en la variopinta, colorista y, por momentos, hortera vestimenta que solía llevar: el armario ropero de Abderraman III era tan amplio como el de sus 10.000 mujeres, y podemos decir que no hubo vestido que el Califa llevara dos veces.
Tal vez Ustedes piensen que es muy poco español que un gobernante se dedique a vestirse con colorines mientras se mira ufano al espejo, pero piensen en los trajes de luces de los toreros, en las telas estampadas con lunares de nuestras folklóricas, en la diversidad de los ropajes de los participantes en ese importantísimo pilar de la cultura de cualquier lugar que es el conjunto de nuestros bailes regionales y se darán cuenta de que hacer el ridículo y vestirse como un payaso forma parte también de la enorme complejidad del alma española. La riqueza cultural del reinado de Abderraman III dejó sus frutos en Al - Andalus hasta la fecha, garantizando que la mejor parte de la cultura árabe también fuera parte de la herencia española (y dejándoles la intransigencia religiosa a los que ahora son "el mundo árabe", esa pandilla de pobres desgraciados que solamente les diré que no son españoles); pero también dejó muestras patentes de la eclosión cultural vivida bajo su reinado en los momentos inmediatamente posteriores a su muerte en la persona de "Alhaquen II, el Rey Catedrático", poseedor de la biblioteca más importante de su tiempo, como veremos.
Histeria de España
Capítulo LII: Alhaquen II, el Rey Catedrático
O el Califa Catedrático, como prefieran Ustedes.
Alhaquen II, hijo de Abderraman III, que gobernó Al - Andalus durante 15 años (961 - 976), bien pronto dejó en sus territorios la impronta cultural que se había venido desarrollando durante los gloriosos años del reinado de su padre. Y si Abderraman III tenía pasión por sus 10.000 mujeres, Alhaquen II decidió dar un giro a sus preferencias decantándose por reunir una monumental biblioteca de 400.000 volúmenes. Y ello sin imprentas, ni libros de bolsillo, ni zarandajas; a golpe de talonario, y con toda la Escuela de Traductores de Toledo trabajando día y noche para que Alhaquen II tuviera puntualmente dispuesta en su mesilla de noche la última creación del intertextualizador de turno.
No es de extrañar que Alhaquen II tuviera esta pasión por la lectura, pues a fin de cuentas su interés en las formas culturales abarcaba todos los campos: aceptable poeta, según las crónicas (es decir, que el tío debía ser un desastre: "Me llamo Alhaquen, y voy a ver a aquél", y cosas así), se encargó personalmente de proteger a miles de intelectuales, además de ampliar la mezquita de Córdoba. Tanta pasión por la cultura no le dejaba tiempo para completar un harén que resistiera alguna comparación con el paterno, pero tampoco habría podido: Alhaquen II estuvo casado con una vasca, Sobeya, con quien tuvo al heredero Hixem II. ¿Se imaginan qué habría ocurrido si Alhaquen intenta tener aventurillas con otras mujeres, en lugar de dedicarse a leer sesudos volúmenes filosóficos? Nada bueno para Alhaquen, seguro, porque la mujer, como verán en nuestro siguiente capítulo, era de armas tomar.
Un hombre tan culto no podía hacer otra cosa que mantener excelentes relaciones con los reyes cristianos, a los que apenas hostigó en batalla en comparación con sus antecesores. Es decir, en resumen, que Al - Andalus había tocado el fondo de su decadencia en este breve periplo de 15 lamentables años de preocupación por edificar formas artísticas cada vez más atrevidas, dejando de lado lo consustancial a todo español: el gusto por la lucha y la sangre en defensa de objetivos que nunca han estado muy claros, como la fe, la religión y cosas por el estilo. Aquello se estaba convirtiendo en un cachondeo, insultabas a alguien en las calles de Córdoba y en lugar de sacar una navaja para arreglar virilmente la disputa te soltaba un proverbio árabe y seguía su camino tan contento, la gente se dedicaba a aumentar su conocimiento e investigar en los misterios de la vida en lugar de arar los campos y luchar a muerte por los ideales de cada cual; al final esto parecía Suecia, pero no la Suecia de entonces con sus vikingos, sino la Suecia actual, con su flema, su gusto por la cultura y su tolerancia, es decir, un auténtico desastre nada español.
Afortunadamente, a la muerte de Alhaquen II un Hombre de verdad, Almanzor, que despreciaba los libros porque nunca había leído uno pese a comenzar su carrera como Burócrata de Córdoba, se hizo con el poder absoluto en calidad de Caudillo de Al - Andalus por la G. de Allah, aunque nominalmente el Califa seguía siendo el hijo de Alhaquen II, Hixem II. Lo primero que hizo Almanzor fue ordenar la destrucción de la biblioteca de Alhaquen II, lo que nos habla del barbarismo del personaje pero también de la futilidad de los esfuerzos del Rey Catedrático.
Y a partir de ahí... Se lo contamos en nuestro siguiente capítulo, "Almanzor, El Hombre".
Histeria de España
Capítulo LIII: Almanzor, el Hombre
Cuando Hixem II sucede a su padre, la temprana edad del Califa impone la necesidad de establecer un consejo de regencia que gobernara Al - Andalus hasta la mayoría de edad del Comendador de los Creyentes. Pero dado que Hixem II era un individuo de carácter débil, con gusto más bien por las diversiones y el ocio que por la política en cualquiera de sus vertientes, bien pronto los regentes decidieron que sería mucho mejor para el Islam y para Al - Andalus que fuesen ellos quienes mangoneasen en lugar del supuesto Califa. De esta forma, la reina madre Sobeya y el Gran Visir Galib creían tenerlo todo "atado y bien atado".
Pero hete aquí que poco a poco un oscuro funcionario del califato, Almanzor, fue ascendiendo en los puestos de poder hasta convertirse en quien manejaba el cotarro en la práctica. ¿Y cómo lo consiguió? Por un lado, liándose con la susodicha Sobeya, que harta de las ínfulas intelectuales de su anterior marido estaba deseando encontrarse a un recio español que demostrara su condición de tal en todos los órdenes de la vida; por otro, Almanzor fue desde el principio implacable con sus enemigos en el ascenso al poder, deshaciéndose en cuanto tuvo ocasión del Gran Visir y convirtiendo Al - Andalus en una férrea dictadura militar, hasta tal punto de que incluso su hijo se sublevó, pidiendo asilo en la corte del conde castellano García Fernández. La respuesta de Almanzor fue expeditiva: arrasó todas las posesiones del conde García Fernández hasta que este no tuvo más remedio que entregarle al prócer rebelde, una vez Almanzor lo tuvo en sus manos le perdonó, lo abrazó con incomensurable cariño y, acto seguido, lo degolló, enviando su cabeza como inopinado regalo al Califa Hixem II.
Con esta forma de actuar, no le extrañará a nadie que el poder de Almanzor fuera incontestable en Al - Andalus, una vez consiguió manejar a su antojo al Califa. La árida tierra española había proveído un nuevo Caudillo, y este se comportó como de él se esperaba: solucionándolo todo a espadazos. Las concomitancias con otros grandes caudillos de nuestra historia son múltiples: al igual que Franco, Almanzor tenía una guardia mora que lo seguía a todas partes; al igual que Franco, Almanzor consideraba que España era un cuartel; al igual que Franco, Almanzor únicamente cosechó épicas victorias contra enemigos tan peligrosos como los harapientos montañeses del Norte; y aunque Almanzor era mucho más alto que Franco, dado que medía casi 1'62 metros, hay que confesar que la altura intelectual de la Espada más Limpia de Occidente era mucho mayor, así que los términos se igualan. Por último, el resultado de la política de Franco y Almanzor fue el mismo: la disgregación de España a manos bien de las taifas, bien del felipismo.
Porque con Almanzor Al - Andalus pasó de ser una sociedad tolerante y abierta a convertirse en una dictadura militar con la fuerza como único objetivo y vínculo de unión, mostrando además cómo una persona con resolución y con la fuerza de su parte podía hacerse fácilmente con el poder. De esta forma, aun consiguiendo las más altas cotas de poder militar y sin vivir jamás la derrota, como veremos a continuación, el legado de Almanzor es catastrófico, el fin de Al - Andalus y, a medio plazo, el comienzo del fin de la presencia musulmana en España.
Pero esto ocurrió después de su muerte; en vida Almanzor, como dijimos, jamás fue derrotado, lo que sufrieron en su carne todos los reyezuelos cristianos del Norte a los que Almanzor hostigó sin piedad, acabando también, de paso, con el esbozo de tolerancia con que se vivían las relaciones cotidianas entre árabes y cristianos: "Almanzor el Conquistador".
Histeria de España
Capítulo LIV: Almanzor el Conquistador
Una vez Almanzor hubo asentado su dominio férreo sobre Al - Andalus, estuvo en disposición de imponerse nuevas metas. Ya no experimentaba el placer de antaño cortando cabezas de opositores a su régimen y enviándoselas como regalo a Hixem II, así que buscando nuevas sensaciones
Almanzor montó un ejército invencible de mercenarios capaz de otorgarle aquello que estaba buscando cabezas de opositores a su poder en los reinos cristianos. Acostumbrados a la buena vida de convivencia y comercio con Al - Andalus a que habían llegado la práctica totalidad de los reinos cristianos (si bien esta connivencia con el infiel era disfrazada de cuando en cuando con estériles campañas militares montadas en nombre de los respectivos dioses y vociferando lo malos e impíos que eran los otros), los habitantes del norte de la península no estaban preparados para un ejército de salvajes diestros en el manejo de todo tipo de armas y dirigidos por un líder sanguinario como Almanzor. Su ejército, como si de un "fenómeno fans" se tratara, arrasó, varias veces, todos los reinos, condados y posesiones cristianas del Norte, con el objeto no tanto de conquistar como de dejar bien claro quién mandaba aquí.
De esta manera, Almanzor destruyó Barcelona en el año 985, asesinando a casi todos sus habitantes y provocando una honda decadencia en la antigua Marca Hispánica, como ya vimos anteriormente; arrasó Castilla en varias aceifas a lo largo de su mandato y como fin de fiesta atacó Santiago de Compostela, cuna religiosa de los cristianos peninsulares, y aunque respetó el sepulcro del apóstol Santiago ("total, esto es más falso que una quiniela de 7 aciertos, así que para qué molestarnos", debió pensar), no se privó de acometer por su cuenta y riesgo la última ampliación de la mezquita de Córdoba a costa de los materiales expoliados en la Catedral de Santiago: en una sorprendente muestra de aprovechamiento urbanístico, Almanzor se llevó las puertas y las campanas de la Catedral a hombros de cautivos cristianos, colocando las puertas en la Mezquita de Córdoba y fundiendo las campanas para convertirlas en lámparas, también para la mezquita. Es decir, que Almanzor no sólo destruyó varias veces las plantaciones, posesiones y ciudades cristianas, sino que humilló el sentimiento religioso del enemigo y, en suma, hizo lo que le plugo a lo largo de su vida con los reyezuelos del Norte, que ya no veían una batalla contra los sarracenos como una oportunidad para vestirse con la armadura y pavonear unos minutos con el caballo, sino un riesgo cierto de morir a manos de los sádicos soldados de Almanzor (expuestos, por otro lado y de no cumplir las estrictas órdenes sanguinarias de Almanzor, a morir a manos del caudillo árabe, siempre deseoso de nuevas cabezas que cortar).
En el contexto de la llegada inminente del año mil (que tampoco histerizó tanto al mundo cristiano como se ha considerado comúnmente, vean el ensayo de Henri Focillon al respecto), y con Almanzor mostrándose como auténtico jinete del Apocalipsis, no es de extrañar que los cristianos no vieran con excesivo entusiasmo el futuro. Y sin embargo este se mostraba esplendoroso. Porque cuando Almanzor muere en Medinaceli en el año 1002, de enfermedad y no de las (inexistentes) heridas producidas en la batalla, victoriosa como siempre, los cristianos pueden solazarse con dos excelentes noticias: por un lado, la muerte del dictador árabe, que tantos suplicios les costó en vida, les permitiría ahora, en un ejercicio propagandístico digno de mejor causa, hablar de una derrota final de Almanzor en una batalla frente a los cristianos: "En Catalañazor, Almanzor perdió el tambor"; esta frase, además de un ripio de bastante mal gusto, es una falsedad. Nunca hubo una batalla en Catalañazor, y de haberla desde luego no se saldó con la derrota de Almanzor, porque hay que reconocer que este hombre, en cuanto a táctica militar, se las sabía todas (o quizás se limitó a volcar todo el erario público andalusí en el sostenimiento de su Ejército, en cuyo caso la cosa se explicaría mejor). Pero la muerte de Almanzor también constituyó una excelente noticia porque su muerte fue también la muerte de Al - Andalus, que no pudo sobrevivir a la desaparición de quien a lo largo de 30 años fue su dueño absoluto. Almanzor convirtió una monarquía con tintes religiosos en una dictadura militar, y ello supuso que cuando el dictador desapareció, como ha ocurrido en tantas otras ocasiones, el sistema no pudo sobrevivir a quien le dio forma (o, en este caso, lo deformó decisivamente): aparecieron multitud de caudillos providenciales que se sucedieron apresuradamente unos a otros, hasta que al final Al - Andalus desapareció anegado en sangre: "La desintegración de Al - Andalus".
Histeria de España
Capítulo LV: La desintegración de Al - Andalus
Al morir Almanzor la situación en Al - Andalus no hace sino empeorar por momentos. El Califa Hixem II demuestra su acendrada incompetencia e, incapaz de gobernar por sí mismo, deposita el poder efectivo en manos de Abderraman Sanchuelo, hijo de Almanzor y la hija del rey de Navarra, curioso ejemplo de mestizaje y tolerancia que se comportó como de un hombre de su linaje se esperaba: cortando cabezas a diestro y siniestro hasta que otro aprovechado, Solimán, con el apoyo del conde castellano Sancho García, que como otros mandatarios cristianos ya por entonces había visto la oportunidad de mangonear en mitad del proceso de descomposición del reino musulmán, acaba con la vida del hijísimo de Almanzor.
A lo largo de un año, Solimán extermina a sus enemigos, pero algunos de los que quedaron en pie lo exterminaron a él e impusieron en el trono de lo que quedaba de Al - Andalus al hijo de Hixem II, Hixem III, digno hijo de su padre no sólo en el nombre, sino también en su ineptitud. Córdoba arde en continuas guerras civiles, y con ella todo Al - Andalus. Incluso los habitualmente pacíficos catalanes, deseosos de vengarse por la destrucción de Barcelona por parte de Almanzor, envían un ejército a Córdoba en apoyo de uno de los bandos de la guerra civil, con los desastrosos resultados ya reseñados.
Sin un dominio claro por parte de los Burócratas de Córdoba, en Al - Andalus bien pronto cunde la anarquía: cada ciudad o región española se da cuenta súbitamente de su especificidad cultural y política y declara su independencia respecto del poder opresor de Córdoba, que les impedía desarrollarse adecuadamente como nación: "Córdoba nos niega nuestra identidad como pueblo, aplasta nuestra cultura y lengua propias más antiguas que el tiempo", "El reino de Niebla es una nación, y Al - Andalus no", "estamos hartos de la petulancia e intransigencia de los al-andalusazos, nosotros sólo queremos vivir en paz con nuestra independencia, y para ello la violencia es legítima", son curiosas expresiones que comienzan a menudear por lo que hasta hace bien poco era Al - Andalus.
Haciendo un símil histórico, y para que lo entiendan bien, es como si ahora en los EE.UU. los habitantes de los 50 estados de los Estados Unidos se apercibiesen de que toda su vida ha sido una constante lucha contra el poder opresor y centralista de Washington, que los tenía esclavizados y no les dejaba expresarse como pueblo ni comprar las armas necesarias para defenderse. La rebelión frente al poder federal triunfa y aparecen pintorescos países como Wyoming en los que se vive un intenso desarrollo de la cultura wyomingnesa, las costumbres wyomingnesas, la gastronomía wyomingnesa y, por supuesto, la lengua propia de Wyoming, el wyomingnés, que como Ustedes comprenderán jamás tuvo nada que ver con el inglés, lengua invasora ajena al buen pueblo de Wyoming. Multipliquen este curioso fenómeno por 50 y ahí tienen el resultado. Los EE.UU. convertidos en un paraíso del multiculturalismo, el mestizaje y el buen rollo, todos felices desarrollando sorprendentes formas culturales y políticas únicas de cada uno de los territorios y que, por tanto, es necesario preservar a toda costa.
Sólo se cierne un problema sobre este idílico paisaje. ¿Cuál sería la reacción del harapiento, envidioso y también centralista pueblo de Canadá? O, volviendo a nuestra Histeria, ¿en qué condiciones se relacionarían los reinos cristianos, que seguían manteniendo sus enormes ejércitos, con los nuevos reinos de taifas? La respuesta en nuestro siguiente capítulo, "Los reinos de taifas".
Histeria de España
Capítulo LVI: Los reinos de taifas
Como hemos visto en el capítulo anterior, todo era muy bonito en España gracias a los reinos de taifas. Algunos malignos comentaristas políticos habían sugerido que los españoles de Al - Andalus no eran tan españoles como los norteños, pues estaban unidos en un gran reino en lugar de luchar cada uno por su cuenta y, para mayor bochorno, además las cosas les iban muy bien juntos.
Afortunadamente, la hispanidad tiene recursos para todo, especialmente para la automutilación, así que 30 años de dictadura militar mediante y tras una fracasadaTransición pacífica a un nuevo sistema político, cada cual se fue por su lado, conformando un mapa político de la península ibérica que en nada tiene que envidiar a los mejores tiempos de los Balcanes (aún por llegar, nos tememos): tres grandes taifas fronterizos con los reinos cristianos (Zaragoza, Toledo y Badajoz) y un mosaico de ridículos reinos extendidos por Levante y Andalucía. Por fin la nación plural que es España podía expresarse con total libertad, dividida en casi 40 reinos entre cristianos y musulmanes, pensarán Ustedes. Y así fue.
Lamentablemente, los reinos cristianos no supieron ver que en la variedad está la riqueza cultural de los pueblos, y tras 300 años de lucha desigual con Al - Andalus decidieron tomarse cumplida venganza en los incautos reinos de taifas. Mientras Alfonso VI, como relataremos en su momento, conquista Toledo, los reinos de Badajoz y Zaragoza sufren pérdidas constantes ante el ímpetu de los ejércitos cristianos, y casi todos los taifas acaban convirtiéndose en tributarios de los cristianos. "Plata o plomo", parecía ser la consigna de los nobles cristianos ante los opulentos y desprotegidos reinos de taifas.
Aquello no podía ser, e incluso el gobernante musulmán más celoso de salvaguardar la especificidad de su cultura y su Rh negativo acabó dándose cuenta de que para sobrevivir tendrían que adoptar alguna medida. ¿Volvería a reunificarse Al - Andalus ante el enemigo común? Naturalmente que no, piensen que estamos hablando de españoles de pura cepa, de estos que cuando toman una decisión la llevan hasta el final, porque un español de pro nunca se equivoca.
Así que los taifas llamaron en su auxilio a una tribu de salvajes norteafricanos recientemente islamizados, los almorávides, que cruzan el Estrecho de Gibraltar con un ejército dispuestos a enfrentarse a los cristianos. Si recuerdan nuestro símil con los EE.UU, viene a ser como si la independencia de los 50 estados de los Estados Unidos acabase en una guerra entre Canadá y México en territorio estadounidense, es decir, un desastre absoluto.
Naturalmente, los almorávides no sólo vienen a ayudar a sus "hermanos de sangre" frente a los maléficos cristianos, sino que de paso se hacen con el poder en todos los taifas, reconstruyendo Al - Andalus bajo la égida y la legitimación de su ejército. Los taifas no sólo habían terminado con la preponderancia árabe en España para siempre jamás (al menos hasta que el Presidente Gil abriera las puertas de Marbella a los opulentos árabes), sino que habían incurrido en el pecado menos español que jamás pudiera pensarse: dejar el destino del país en manos de los pérfidos extranjeros judeomasones, sucesivas oleadas de integristas islámicos que se enfrentaron a los monarcas cristianos: "Los extranjeros mangonean en España".
Histeria de España
Capítulo LVII: Los extranjeros mangonean en España
A partir de la llegada de los almorávides, el concepto de Reconquista en España adquirió su verdadero significado. El enemigo ya no eran tanto los reinos de taifas, fácilmente batibles con las armas, sino los ejércitos norteafricanos que disputaban a los cristianos la supremacía en España. En este contexto, el recurso a la religión se hizo más habitual, y también más lógico: la guerra se convirtió en una auténtica guerra de religión, y también en una guerra de Reconquista.
Desde que en el año 1086 los almorávides destrozan en Zalaca el ejército castellano comandado por Alfonso VI (quien pocos años antes, sin molestos salvajes islámicos perturbando, se había hecho con el importante reino de Toledo), los taifas desaparecen en cuanto agente político en España y volvemos a la anterior situación, altamente peligrosa para los cristianos, de enfrentamiento con un enemigo unido. Pero los almorávides, que supieron aguantar el empuje cristiano sin excesivos problemas durante años, acabaron vencidos por otra tribu del norte de África, igual de salvaje pero mucho más fanática en lo concerniente a la religión.
Vaya por delante que los almorávides, tras años de estancia en el Paraíso Terrenal (España), habían sabido modificar su orden de prioridades y se habían hecho sin demasiados problemas con las costumbres y la forma de vida española: un aperitivo por aquí, unas tapitas por allá, luchar contra los cristianos, sí, pero nunca en la hora de la siesta... Los almohades venían a exterminar a estos malvados renegados de las esencias del islamismo. Allah era el único Dios, decían, y como si de palestinos subidos a un autobús en Tel Aviv se trataran, los almohades no tenían empacho en afirmar que todo aquél que no estuviera de acuerdo, y lo demostrara fehacientemente con su austero modo de vida, había de morir.
Los almohades llegan a España en un vendaval; numerosísimos y muy, muy brutos, pues a la dureza natural de la vida en el desierto africano se sumaba su fanatismo religioso; pasaron a cuchillo a todos los impíos almorávides, pasaron a cuchillo a todos los taifas hedonistas, y por supuesto pasaron a cuchillo a todo mozárabe, judío o "heterodoxo" que se cruzara en su camino. Esto, desde cierta óptica, podría haber sido visto como una reivindicación de españolidad, pues el salvajismo siempre ha sido muy apreciado por estos lares, pero su procedencia norteafricana era un lastre demasiado importante como para que los almohades, por muy fanáticos, intransigentes y brutos que fueran, pudieran adquirir la condición española. Por eso sus guerras contra los cristianos fueron siempre de exterminio, y en principio muy favorables a los almohades: En la batalla de Alarcos (1195) el ejército castellano-leonés de Alfonso VIII el Niño es singularmente exterminado por los chicos del norte (de África), de tal forma que para enfrentarse a la amenaza los reyes cristianos, tras solventar sus diferencias a la española (atizándose entre ellos), llegan a una alianza. En el año 1212 las fuerzas combinadas de castellanos, navarros y catalano - aragoneses se enfrentan a los almohades, destruyéndolas totalmente (ya les contaremos la batalla en su momento con mayor precisión, no pierdan el sueño).
En pocos años, los cristianos reducen "el mundo árabe" a la mínima expresión, conquistándolo prácticamente todo salvo el Reino de Granada, que naturalmente sobrevive a costa de convertirse en tributario de los castellanos. Una tercera tribu africana, los benimerines, intentan reconquistar lo perdido a principios del siglo XIV, pero con ese nombre tan ridículo no podían llegar muy lejos y Alfonso XI el Justiciero los derrota definitivamente en la Batalla del Río Salado, en el año 1340. A partir de ese momento, la prensencia árabe en España, en el plano político, es meramente testimonial, hasta que los Reyes Católicos conquistan Granada en 1492 y, según todos los manuales de Secundaria para los cuales Navarra no forma parte del país, "completan la unidad de España".
Quizás Ustedes nos miren con reconvención ahora que vamos a dejar de lado definitivamente a los árabes en la narración de nuestra Histeria. ¿No sería mucho más justo dedicar siquiera unas líneas a cada uno de los reinos de taifas? Sin duda es una gran idea, imagínense: "Capítulo LX: La taifa de Niebla, Capítulo LXV, la taifa de Denia, .... Capítulo C, la taifa de Algeciras". Es una excelente idea, pero lamentablemente ya tenemos bastante con tener que contar la Histeria Medieval desde tal variedad de ópticas (Al - Andalus, Castilla, Navarra, Aragón, Catalunya,...) como para meternos en este follón. Pero ojo, eso no quiere decir que agotemos aquí nuestro relato de la civilización árabe en España. Aunque en el plano político consideramos que el fin de la civilización árabe en España (o, más directamente, "de la civilización árabe" a secas) se puede situar hacia el año 1010, eso no quiere decir que reneguemos del espectacular legado cultural, social y económico que dejaron los árabes en su productivo paso por la Península. Por eso en los siguientes cinco capítulos asistirán a un pequeño repaso de las principales realizaciones de los árabes, comenzando por el campo: "El legado de Al - Andalus (I): La agricultura".
Histeria de España
Capítulo LVIII: El legado de Al - Andalus (I): El agro moruno; evolución neolítica
Si entre la España musulmana y la cristiana es complicado en ocasiones encontrar grandes diferencias de tipo social, si con mucha frecuencia las fronteras no eran tales, si habitualmente las alianzas no tenían en cuenta tanto cuestiones religiosas o culturales sino las más mundanas ambiciones de los nobles de un bando o de otro; si, en resumen, todos los españoles de la época compartían ciertos rasgos, todo ello no impedía que ciertas diferencias, en algunos aspectos realmente importantes, existieran.
Las actividades de los sectores primarios de los dos bandos fueron claro ejemplo de cómo ciertos aspectos culturales pueden influir en la economía nacional. Mientras la España musulmana nunca desaprovechó las infraestructuras agrarias legadas por la dominación romana y no sólo ello sino que las modernizó y amplió los Reinos Cristianos optaron por una política más tradicional. De manera que Al-Andalus y el Levante español vieron florecer una agricultura cuyo rendimiento iba a aumentar considerablemente gracias al masivo empleo del arado romano mejorado y a la explotación de cultivos de regadío aprovechando las fértiles tierras y trazando una completa red de canalizaciones para hacer llegar a las mismas el agua. Aunque a pequeña escala, la voluntad de esta España del Sur, del Este y del Sureste era clara: sí al plan hidrológico nacional.
En la zona cristiana las cosas eran muy distintas. Los profundos sentimientos católicos de la población hacían aparecer como radicalmente sospechosas las actividades desprovistas de una lógica salvífica. Al parecer el cultivo no era del agrado de una religión que lo veía como un atroz atentado a la pureza de la tierra. Ni siquiera como ofrendas votivas las frutas y vegetales eran bien consideradas. Los encargados de velar por las almas cristianas demostraron desde sus primeros días que agradecían mucho más un buen pedazo de carne. Para la religión católica siempre ha sido mejor moverse poco en este valle de lágrimas y centrarse en la lucha contra el infiel. Cualquier pretensión de reforma agraria era necesariamente sospechosa. Y, sin embargo, en estos momentos se integra por fin, más o menos, el modelo neolítico entre los cristianos españoles. Con algo de retraso, de acuerdo, pero más vale tarde que nunca. El modelo aplicado masivamente por los cristianos en las zonas que dominan es el conocido: arrasemos las tierras y cultivemos como Dios nos dé a entender: el agua es nuestra. Los resultados no eran espectaculares, y dependiendo de la bondad del año se obtenían entre 1 y 5 granos de cosecha por grano plantado. Ninguna maravilla, pero suficiente para sentar las bases de un modelo agrícola muy particular. En efecto en España, con la posterior victoria cristiana los agricultores se convirtieron en meros cuidadores de tierras en las que, esencialmente, debían cazar los nobles y pastar los ganados. Que incidentalmente se cultivara algo en ella era lo de menos, y si era preciso dejarlo claro permitiendo a corderos y resto de la cabaña destrozar cultivos o arrasando la cosecha a base de batidas de caza a su través, pues se hacía.
La sabia política agrícola castellana, sin embargo, se enfrentó a las heréticas actividades implantadas por los musulmanes que no pudieron nunca ser totalmente erradicadas y que en la actualidad, de la mano de campos de golf y parques temáticos, obligan a enormes inversiones hidráulicas. Al menos, eso sí, los cristianos lograron inculcar una cultura del derroche de agua a las zonas dedicadas a la agricultura. Desde entonces, y en los últimos 1000 años, no son pocos los pueblos españoles que siguen regando y cultivando exactamente igual que entonces y empleando, además, exactamente las mismas infraestructuras de esa época.
Lo más increíble del legado de Al-Andalus, con todo, es que, como verán a continuación, "aún hay más".
Histeria de España
Capítulo LIX: El legado de Al - Andalus (II): Cómo enseñamos a contar al mundo
Cuando uno se para a pensar un poco en la Historia de la Humanidad, es sorprendente constatar el enorme número de veces en que fuimos nosotros, los españoles, quienes salvamos al mundo de sus desdichas, lo que constrasta fuertemente con las escasas ocasiones en que fue el mundo quien nos salvó a nosotros (particularmente, sólo puedo recordar aquella ocasión en que un árbitro ¿danés? nos pitó un penalty a favor totalmente inexistente en el Mundial 82).
En efecto, podemos decir con orgullo que este planeta tiene mucha suerte de haber sido bendecido con el don de España. Prueba de ello es el capítulo que hoy tenemos entre manos, que versa sobre una de las múltiples cosas que los árabes españoles, con su gusto por la ciencia y el saber, expandieron por la ignorante Europa de aquellos años: el sistema numérico que hoy utilizamos todos para aprender a contar (menos, quizás, los estudiantes de la ESO, que prefieren utilizar sus teléfonos móviles para enviarse mensajitos: "Qunt s d + d?", "Qutr").
Los nativos europeos de aquella época seguían anclados en los poco operativos números romanos (o si no que se lo digan al cretino, es decir yo, al que se le ocurrió numerar así la Histeria de España), que por carecer de cosas carecían incluso del número más importante de todos: el cero, el número que define nuestras vidas, la cantidad que desearíamos pagarle a Hacienda, el número de hombres o mujeres, según los casos, que no hemos conseguido ligarnos, etc. Podemos decir que en verdad el cero es más que un número, que posee un hondo contenido filosófico, pues expresa la inanidad, la ausencia del todo, y un montón de conceptos aún más bonitos que los que les estoy diciendo.
Algunos antiespañoles podrían decirnos que en realidad el concepto "cero" no lo inventaron los árabes españoles, sino que se lo trajeron puesto desde los desiertos arábigos. Vano error. Sólo en un lugar como la Península Ibérica podía desarrollarse un concepto tan importante como este, porque sólo aquí los comerciantes, los administrativos, los trabajadores y los gobernantes precisaron bien pronto su uso adecuado para convertir cantidades fraudulentas de todo tipo en el mágico número cero que les cuadrara el presupuesto. Desinteresadamente, además, nuestros antepasados musulmanes compartieron su sabiduría matemática con los bárbaros incivilizados del Norte (y no nos referimos a los cristianos peninsulares, que al fin y al cabo eran españoles, sino a los de más arriba). Vano intento; la preeminencia de la Biblia como factor interpretativo de todas las cosas impidió que el racionalismo y el cálculo numérico penetraran en Europa con la misma efusividad que en Al - Andalus, pues ¿cómo convencer a alguien de utilizar el número cero si andaba preocupado por desentrañar los misterios numéricos de la Palabra del Señor? (Ya saben, "siete veces siete" y todas esas excentricidades a que la Biblia nos tiene acostumbrados: vean nuestra Historia Sagrada para más detalles). Pero mientras Europa se hundía en el lodazal de la ignorancia, Al - Andalus seguía viviendo una de las épocas de efervescencia cultural más importantes de la Historia del hombre; véalo en "El legado de Al - Andalus (III): la Escuela de Traductores de Toledo".
Histeria de España
Capítulo LX: El legado de Al - Andalus (III): La Escuela de Traductores de Toledo
Como ya hemos dejado claro en el capítulo anterior, España se ha especializado "desde siempre" en salvar al mundo de sus errores. El periodo árabe no fue de los menos importantes a la hora de contabilizar esta misión histórica. Pues, además de enseñar a contar a los europeos, Al - Andalus, por el mismo precio, les enseñó también a pensar.
Como consecuencia de la caída del Imperio Romano buena parte del saber clásico había sido pasto del olvido durante siglos. Sólo en algunos lugares pervivían muestras de los conocimientos atesorados por los griegos (y posteriormente copiados por los romanos). Al - Andalus, como Ustedes ya estarán sospechando, era uno de esos lugares privilegiados. El motivo era bien simple; por su condición de cruce de caminos, enclave en el que confluían las culturas árabe, cristiana y judaica, Al - Andalus supo beber de las tres culturas y recuperar lo mejor de lo que cada una de éstas había preservado del paso de los años. De esta manera, surgió la Escuela de Traductores de Toledo, un fabuloso ejercicio de tolerancia y mestizaje en el que sabios cristianos, árabes y judíos convivieron en armonía en su afán por traducir a las lenguas de cultura (árabe clásico y latín, según los casos) los documentos antiguos que se habían salvado del desastre de las invasiones bárbaras (de cuando en cuando había que detener las actividades de la Escuela para acometer una nueva persecución contra los judíos, pero durante el califato esta costumbre nunca estuvo muy arraigada. Fue con posterioridad, una vez los cristianos reconquistaron la mayor parte del territorio español, cuando perseguir a los judíos se convirtió en algo tan habitual como lo era ya en el resto de Europa).
El carácter abierto de esta escuela, su vocación universalista y, por qué no decirlo, el hecho de que estuviera radicada en España, permitió que el experimento fuera muy positivo, y así poco a poco Al - Andalus fue inundando Europa de los restos del saber clásico que se habían podido recuperar en Toledo. Aristóteles, Platón, Cicerón, Ovidio, ... eran nombres condenados al olvido que el esfuerzo de los traductores de Toledo consiguió preservar para la cultura occidental; es decir, aunque suene un tanto paradójico, Al - Andalus permitió evolucionar al "enemigo" cristiano con mayor rapidez de lo que habría sido previsible en una civilización cuyo único centro del saber era, hasta esos momentos, la Biblia.
Pero eso no fue todo: Al - Andalus permitió que lo que hasta entonces (y desde entonces) siempre había sido una entelequia se convirtiera en una realidad: en el seno de su civilización surgieron Averroes y Avempace, dos grandísimos filósofos árabes que contribuyeron, particularmente el primero de ellos, reivindicador de Aristóteles, a restaurar la filosofía clásica en Europa. ¿"Filósofos árabes"? ¿No son estos dos términos antitéticos? Es posible, pero el saber español lo puede todo (¿"Filósofos españoles"? ¿No son estos, también, dos términos antitéticos? Es posible, pero piensen Ustedes que Averroes y Avempace no son nuestras únicas aportaciones a la filosofía occidental. Hay muchos más, como por ejemplo... ¿Séneca? Hay que reconocer que hay otras culturas mejor preparadas para esto. Miren a los alemanes, siempre aburriéndose, siempre atormentados, siempre pensando, pensando, preguntándose cómo pudieron perder su Lebensraum).
Pero la ilustrada población de Al - Andalus no se dedicaba únicamente a divagar sobre lo divino y lo humano; también hacían cosas más prosaicas, como por ejemplo lo que les contaremos en el siguiente capítulo: "El legado de Al - Andalus (IV): Economía y sociedad".
Histeria de España
Capítulo LXI: El legado de Al - Andalus (IV): El mercado persa
La comunión de las más recias tradiciones peninsulares con ciertas actividades aportadas por los árabes convirtió con rapidez a España en el lugar de moda en el mundo tan pronto como sus nuevos y viejos habitantes mimetizaron sus respectivas esencias. En este momento, como tantas otras veces en nuestra Histeria, contemplamos cómo España es la envidia de Oriente y Occidente.
Combinando el espíritu emprendedor de los recién españolizados con la proverbial riqueza de sus tierras la península entera se convirtió en un gigantesco mercado persa. Por una parte se logró superar el atraso en que la cortedad de miras de los visigodos, tan genuinamente germánica, nos había sumido, recuperando la vocación mediterránea y comercial. Por la otra los árabes españoles encontraron una tierra de oportunidades en su nueva casa, pues podían dedicarse al comercio de objetos útiles, no como hasta entonces, período en el que habían saciado sus ansias empresariales dedicándose al trueque de productos sin mucha salida en los mercados (sacos de arena cuando aún no existía el boxeo, dátiles en una época en que la dieta mediterránea no estaba de moda, un aceite negro para combustión muy poco atractivo por su pésimo olor ...).
Las ciudades hispanas empiezan por fin, tras años de abandono, a recuperar el esplendor de la época romana, para lo cual sólo es preciso convertir las antiguas termas del Imperio en mezquitas especialmente bien diseñadas para realizar con comodidad las pertinentes abluciones. Estas urbes empiezan a crecer y la inteligente visión con que los españoles hemos acometido las cuestiones urbanísticas, organizando todo a base de callejuelas, dio un excelente resultado comercial. Es en este momento cuando en la península se inventa un modelo de mercadillo que ha hecho furor y que hoy ha sido asumido por todos los países del Tercer Mundo y que es el sueño de muchos ultraliberales. La incomodidad del mismo se compensa con su tipismo, que tan atractivo lo hace. La ínfima calidad de sus productos y las dudosas condiciones de higiene pasan a un segundo plano ante los bajos precios que ofrecen, producto de la libre competencia que generan. Es el momento en que vive su máximo esplendor el pequeño comercio, el tendero de la esquina (eran los únicos que existían con lo que ni siquiera el pésimo servicio tradicional servía para espantar clientes, ya que no había centros comerciales). Aparecen en ese momento las primeras asociaciones de consumidores, que trataban de hacer frente a los desmanes producto del peculiar sentido de la honradez comercial de nuestras gentes del modo más habitual en la época: el linchamiento. Estos fenómenos se producen como consecuencia de las ocasionales hambrunas en ciudades superpobladas. Porque este crecimiento del comercio y de las ciudades, como es obvio, supuso también el inicio de otra tradición española rentable y honrada donde las haya: la especulación inmobiliaria. Es en esta época cuando, por primera vez, se inicia lo que será una tradición: destruir las zonas de jardín y huerta anexas a los asentamientos para edificar más viviendas indignas.
El esplendor comercial propició la aparición de las primeras grandes fortunas y reactivó notablemente ramas de negocio abandonadas. La vocación marítima de nuestro comercio se fortaleció gracias a las avanzadas pateras que también nosotros aprendimos a construir. La agricultura y la minería volvieron a ver reverdecer sus períodos de gloria y Al-Andalus vivió momentos en los que incluso se instaló alguna pequeña industria en sus tierras. Suponemos que, en este preciso instante, esta bella historia empezó a escribir sus últimas líneas. Pretender hacer convertir al cristianismo y su "ganarás el pan con el sudor de tu frente" a quienes tan bien habían asimilado el islamismo y su tendencia a la vida contemplativa fue demasiado. Desde ese momento y hasta el final de la presencia musulmana en España las revueltas populares en Andalucía son frecuentes. Todas ellas son de signo diverso, pero subyace siempre el mismo problema: la articulación de una sociedad en la que el trabajo se hace a un ritmo muy particular.
Histeria de España
Capítulo LXII: El legado de Al - Andalus (V): Arte y tronío
Completamos nuestro recorrido por el inmarcesible legado cultural de Al - Andalus con lo que, según dirían muchos de nuestros gobernantes, es "lo más importante": la literatura y el arte. Nos perdonarán que prediquemos con el ejemplo de estos mismos gobernantes y le otorguemos al arte musulmán la misma importancia relativa que ellos: un capítulo de entre los (¿1000? ¿5000?) capítulos de nuestra Histeria.
Es imposible resumir en unos párrafos las realizaciones artísticas del mundo hispanoárabe a lo largo de 800 años, pero también parecía imposible resumir toda la España romana y visigótica en 30 capítulos y ahí nos tienen, así que lo intentaremos. Fundamentalmente habría que destacar dos grandes polos de creación, arquitectura y poesía, aunque sin desmerecer los demás.
En cuanto a la arquitectura, ya hemos hablado de la magna Mezquita de Córdoba y el espectacular palacio de Medina - Azahara; tal vez convendría destacar otras obras, igualmente importantes pero de un periodo posterior, como son la Giralda de Sevilla y la Alhambra de Granada. Ambas construcciones tuvieron que sufrir diversos aditamentos en la posterior época cristiana, que en el caso de la Giralda, una torre árabe terminada en campanario cristiano, salió bien (curiosa mezcolanza que, por otro lado, es propia de Sevilla, una ciudad que como Ustedes saben "tiene un color especial", y además es preciso señalar que según algunas películas de gran éxito los sevillanos se dedican a sacar a sus santos a pasear para, a continuación, quemarlos mientras se visten de mozos de San Fermín), y en el caso de la Alhambra, no tanto, pues el plastrón del Palacio de Carlos V daña a la vista, sinceramente, sobre todo si pensamos que por su causa se derribó una parte del palacio árabe (¿Qué pensaría el anterior presidente de los EE.UU., William B. Climpton según rezaba en la placa conmemorativa, si lo supiera?).
En cualquier caso, esto no consigue desmerecer lo suficiente a la Alhambra, que sigue siendo uno de los monumentos más importantes del mundo (¿les comenté ya que quizás fuera el más importante, de no ser porque hay otros, también españoles, que le disputan la primera plaza?), especialmente porque se trata de una construcción totalmente distinta a lo que estamos habituados a ver. Los occidentales, fascinados una y otra vez por las mismas faraónicas, magníficas y repetitivas catedrales cristianas tienen en la Alhambra una oportunidad única de estudiar un concepto distinto del espacio y la naturaleza que impacta en igual medida en la razón y en el alma. Después de esta frase creo que ya he cumplido mi cupo diario de comentarios pastelosos y horteras, así que volveré a mi habitual rol de tipo duro.
Pero además de la arquitectura, que no sólo se queda, naturalmente, en estas manifestaciones monumentales (pero por algún sitio hay que cortar), tenemos la eclosión de poetas de enorme calidad que produjo la civilización árabe en España, tanto en la época del Califato como en los reinos de taifas (época esta última en la que no entendemos cómo es posible que no se instauraran 50 Juegos Florales, uno por taifa). Desde Ibn - Ammar hasta Omar Khayan, son cientos y cientos los poetas que, en árabe o en lengua romance, elevaron en miles de obras (de las que yo no he leído una sola línea) de excepcional calidad el arte poético hasta lo más elevado.
Pero, lamentablemente, todo tiene un final, y Al - Andalus y sus realizaciones fueron derrotadas por el ímpetu de los reyes cristianos, al fin y al cabo españoles, y también por los errores de los hispanoárabes. Pero, dado que todo lo que se hizo en Al - Andalus era español, afortunadamente muchas de sus creaciones artísticas, culturales o sociales pervivieron, y siguen formando parte de la cultura española, lo cual, obviamente, es lo mejor que le puede pasar a cualquier cultura. A partir del próximo capítulo, en un inteligente salto retrospectivo de unos 400 años, volveremos a donde dejamos las cosas allá por el capítulo XXXV: los inicios del reino de Asturias, o "Alfonso I el Católico y sus sucesores Patéticos"
Histeria de España
Capítulo LXIII: Alfonso I el Católico y sus sucesores Patéticos
Habíamos dejado las cosas en Asturias con Don Fávila en el estómago de un oso felipista que no se había dejado cazar. Su sucesor será Alfonso I el Católico, que para ser coronado escondió apresuradamente su traje de oso y exhibió sus poderes para ser nombrado Rey de tan vastos dominios: en primer lugar, estaba casado con la bella Emersinda, hija de Don Pelayo, y en segundo lugar, en demostración de que, pese a todo, no iba a engañar a la celestial Emersinda a sus espaldas, se puso a sí mismo el sobrenombre de "El Católico", como diciendo "aquí estoy yo".
Este gran rey, a lo largo de su reinado (739 - 757), recuperó bastantes tierras a los árabes, haciéndose con la mayor parte de Galicia y obligando a los árabes a retirarse hacia el Sur. Algunos historiadores revisionistas sugieren que lo que provocó la estampida árabe no fue tanto el catolicismo de Alfonso I como la sequía que asoló la meseta castellana, que generó enormes tierras despobladas y áridas entre los reinos cristianos y Al - Andalus. Es la tierra de nadie, esas regiones que simbolizan el alma de España y de las que muchos han venido huyendo desde hace siglos. Alfonso I, valientemente, recorrió estas tierras recogiendo a los famélicos paisanos que aún quedaban para llevárselos a Asturias.
Alfonso I asentó las bases del reino de Asturias, que a punto estuvo de desaparecer por el importantísimo acontecimiento de la deglución de Fávila. Sin embargo, sus sucesores, demasiado acostumbrados a la buena vida de la época de Alfonso I, se dedicaron a vivir de rentas y prácticamente ni expoliaron ni conquistaron nada. Baste decirles que, aunque hasta ese momento seguía primando el entrañable sistema visigótico de la monarquía electiva, ni siquiera tenemos un mal asesinato que llevarnos a la boca. Los sucesores de Alfonso fueron: Fruela I (757 - 768), que fundó Oviedo, Aurelio (768 - 774), Silo (774 - 783), Mauregato (783 - 789) y Bermudo I el Diácono (789 - 792).
De entre ellos, destacaremos a Bermudo I el Diácono por su curioso sobrenombre y, por encima de todos, al gran Mauregato I. Aunque su nombre tampoco estaba nada mal, lo destacamos porque fue el principal impulsor de la política de paz con los árabes, que en la época eran bastantes más y ni que decir tiene que más opulentos que los cristianos de las montañas. Mauregato I impulsó el intercambio de bienes comerciales y culturales con los árabes como inicio de una moderna política de mestizaje que superara incomprensiones mutuas para instaurar una época de prosperidad en la Península. El principal activo de esta política fue el tributo que impusieron los árabes a Mauregato I, consistente en la entrega de 100 doncellas anuales. En principio, esta podría parecer una cantidad excesiva, e incluso podríamos pensar que formaba parte de una inteligente política musulmana de impedir el crecimiento demográfico cristiano a costa de menguar su maquinaria. Pero los motivos se nos antojan más inocentes: recuerden que Abderraman III contaba con un harén de 10.000 mujeres, y había que sacarlas de alguna parte; aunque por el frenesí que se crea en las discotecas cuando gente como yo entramos no lo parezca, en España las doncellas no surgen de debajo de las piedras, y un tributo de estas características nunca está de más. Hay que confesar que, por sí solo, es insuficiente para nutrir un harén como el de Abderraman III (pues cuando llegara la última remesa las doncellas más antiguas estarían ya bordeando los 115 años, por no hablar del Califa), pero suponemos que los árabes suplirían este y otros problemas logísticos con imaginación (con razzias en aldeas cristianas).
De cualquier manera, tras el breve interludio de Bermudo I el Diácono llegó al trono astur un monarca dispuesto a disfrutar de los frutos de la política de Mauregato I: "Alfonso II, el Invertido".
Histeria de España
Capítulo LXIV: Alfonso II, el Invertido
El largo reinado de Alfonso II (792 - 842) fue pródigo en acontecimientos. En primer lugar, Alfonso II trasladó la capital de su enorme reino, que hasta entonces se había situado en Cangas de Onís (por no decir que toda la corte se refugiaba en cuevas para que no se los comieran los osos), a la ciudad de Oviedo, donde por cierto tuvo que sortear numerosas dificultades, pues una parte de la población ovetense lo acogió con hostilidad, al considerar a Alfonso II un rey imperialista que quería destruir las tradiciones asturianas. La réplica de Alfonso (cómo leches queréis que destruya las tradiciones asturianas si mi reino comprende poco más que Asturias) no fueron convenientemente atendidas, pues algunos intelectuales, alma del pueblo asturiano, consideraban que Alfonso hablaba un bable escasamente puro, con acento extranjero, y eso no podía ser. Así que Alfonso fue depuesto por una sublevación bablista en el año 803 y confinado en un monasterio, pero poco después le echó arrestos y recuperó el trono. Su reinado está también trufado de acontecimientos bélicos contra los árabes, con derrotas y victorias alternas que, a grandes rasgos, dejaron las cosas como estaban.
Pero sin duda se estarán preguntando por qué hemos llamado "el Invertido" a Alfonso II. ¿Se nos han acabado los sobrenombres para los monarcas españoles y ya ponemos cualquier cosa? No es tan sencillo. Los efectos de la política revolucionaria de Mauregato I se empezaron a notar en esta época. Las doncellas escaseaban y por otro lado Alfonso II tampoco tenía muy claro si deseaba acostarse con alguna. Su estancia en el monasterio acabó por definir claramente su sexualidad y a lo largo de su vida se negó tajantemente a casarse, liberándose como ser humano y, ocasionalmente, dando el coñazo a los nobles de su Corte con lo fascinante y distinto que se sentía desde que había asumido su homosexualidad en forma plena. El hecho de que los nobles, tan aficionados a deponer reyes, no lo asesinaran por este motivo da cuenta de lo tolerantes que ya por entonces eran todos en España.
Por otro lado, la no descendencia de Alfonso II permitió a los nobles prolongar un poco más su divertida costumbre de elegir al monarca. El honor recayó en Ramiro I (842 - 850), que en su corto reinado mostró, eso sí, mucho más entusiasmo bélico que su antecesor, atizándose con los normandos, que por esa época desembarcaron en Asturias, y con los propios nobles, que en su ausencia (le habían cogido vicio a lo de elegir reyes) escogieron a un sucesor al que Ramiro I no tuvo más remedio, repitiendo la jugada de Alfonso II, que meter en un convento. Eso sí, Ramiro dio muestras de que los tiempos habían cambiado y antes de meter al noble en cuestión en el convento le hizo ver la complejidad de la situación dejándole ciego.
Pero Ramiro I destacó, sobre todo, por sus luchas contra los árabes, a los que arrebató ricas Tierras de Nadie para engrandecer su reino; tenemos ciertas dudas de que Ramiro I se encontrara realmente a algún árabe o, en general, a alguien durante sus batallas por la Tierra de Nadie, pero el hecho es que en pocos años consiguió que el reino asturiano se desplazase hacia el sur, llegando hasta León. Su hijo (como Ustedes comprenderán un monarca con los arrestos de Ramiro I se aseguró de que no quedara noble alguno capaz de elegir a su muerte a algún sucesor que no fuera su retoño) Ordoño I (850 - 856) completó la obra de su padre repoblando con cristianos y mozárabes que huían de los ramalazos autoritarios que comenzaban a emerger en Al - Andalus las tierras valientemente conquistadas a los árabes, dejando las cosas preparadas para la llegada de un gran rey: "Alfonso III, el Magno (con mucho hielo)".
Histeria de España
Capítulo LXV: Alfonso III, el Magno (con mucho hielo)
Las obras de este gran monarca justificaron, a juicio de sus coetáneos, que se le apodara con el sobrenombre de "El Magno". Ya se habrán fijado en que los cristianos españoles tenían tanta afición a apodar a sus reyes como nosotros, facilitándonos la labor tituladora, pues sólo es cuestión de dejar el mote primitivo o modificarlo según nuestros intereses. En el caso de Alfonso III, es obvio que la opción más clara era relativizar la magnitud de su majestuosidad añadiendo la pertinente coletilla. Porque, a decir verdad, lo del Magno no fue para tanto.
Gobernó este rey un montón de años (866 - 910), y su reinado coincidió casi exactamente con el periodo de guerra civil en Al - Andalus. Es decir, que a una época de cohesión en el Norte correspondió una época de luchas intestinas en el Sur. Cualquier gobernante inteligente, y al Magno esta virtud se le supone, habría aprovechado la coyuntura para arrancarle un buen bocado de territorio a los enemigos, ¿no creen? Pues no. El Magno no opinaba lo mismo, así que dedicó su reinado a otros menesteres, fundamentalmente a escribir una "Crónica" de la historia española de mucha peor calidad que la que tienen ahora mismo en sus pantallas, mucho más falaz y peor escrita, pues, por poner un ejemplo, ni siquiera está escrita en español. En esta Crónica Alfonso III se despachaba diciendo de los monarcas visigóticos lo que todos sabíamos: que eran bastante mantas e incompetentes, y por su culpa llegaron los árabes y se quedaron con todo, literalmente, como si fueran los amigos de Aznar en pleno proceso de privatizaciones.
Hay que decir, por un lado, que es sintomático de lo mal que escribía el tío que no sepamos apenas nada de la época visigótica en España, lo cual es terrible porque nos ha impedido ahondar con seriedad en tan fundamental y apasionante época. Pero aunque ahí tenemos mucho que agradecerle a Alfonso III el Magno, el problema es que después de tanto criticar a los visigodos al final demostró ser tan germánico como ellos.
Me explico: en el apogeo de Omar Ben Hafsun en Córdoba, cuando parecía que la rebelión iba a triunfar y los omeyas no sabían qué hacer, se planteó la cuestión a Alfonso III de si no sería un buen momento para atacar a los árabes y expulsarlos de la Península. El Magno reflexionó unos segundos y después, magnánimo él, decidió que no, que mucho mejor dedicarse a colonizar lo que quedaba deTierra de Nadie con colonos mozárabes. Dicho y hecho; mientras Al - Andalus se desangraba, el Magno llenaba de aldeas y castillos los paupérrimos territorios meridionales de su reino, con lo que, dicho sea de paso, contribuyó a crear los condados castellanos que más tarde se independizarían. Poco después cambia de opinión y conquista Oporto, repoblando lo que hoy es el norte de Portugal con los colonos que había recogido magnánimanente a lo largo de los años (por no hablar del excedente demográfico que comenzaba a reproducirse gracias a la anulación del famoso tributo de las 100 doncellas).
¿Se dan Ustedes cuenta? El Magno no sólo desaprovechó la mayor ocasión que vieron los siglos para acabar con Al - Andalus, sino que encima, puestos a hacer algo, se dedica a repoblar Portugal, ¡un país extranjero! (Y ya entonces era vox populi que todo lo que salía de la frontera española en los mapas actuales no era España, o sí lo era pero los extranjeros aún no habían tomado conciencia de sí). Pero encima el tío dejó una herencia que acreditaba definitivamente su filiación visigótica: "La pulsión taifática en España: primeros antecedentes".
Histeria de España
Capítulo LXVI: La pulsión taifática en España: primeros antecedentes
El Magno era un estulto de tal magnitud que al morir, magnánimo, repartió sus magnos territorios entre sus tres hijos, completando así la política de despreocupación respecto del enemigo árabe que le había caracterizado. Así, como si se tratasen de trozos de la hacienda familiar, García se convierte en rey de León (una pena pues García, un enano que tenía comprados a todos los árbitros de las justas medievales en la época, habría preferido Asturias), Ordoño se hace con el reino de Galicia y Fruela queda coronado rey de Asturias. Naturalmente, el Magno había educado muy bien a sus hijos, así que estos discuten educadamente sobre la mejor manera de hacer frente a Abderraman III.
Es decir, que se dan de leches, vamos. Ordoño aprovecha la muerte de García para coronarse rey de León, y con estos poderes se enfrenta a Abderraman III, siendo ignominiosamente derrotado. Hombre reflexivo, Ordoño II llegó a la conclusión de que la batalla se había perdido a causa de que la "caballería" castellana no se había presentado, y la dura justicia de la época dictaminó su decapitación; así que a los cuatro condes de Castilla, como premio a su incomparecencia, se les cortó la cabeza, lo que generó un movimiento generalizado de rebelión en Castilla.
Ordoño, como ven, deja las cosas un poco liadas, y a su hijo Alfonso IV el Monje (926 - 932) no le van mejor; al poco de coronarse le entra la vocación y se retira a un convento (se estaban preguntando a qué venía lo de "Monje", ¿verdad?) y es sustituido por su hermano, Ramiro II, pero Alfonso se retracta de su renuncia e intenta recuperar la Corona. Ramiro II, que tenía memoria histórica y recordaba cómo impartían justicia sus antepasados, deja ciego al Monje. Al poco tiempo reconquista el Reino de Asturias (la Reconquista de la cuna de la Reconquista; sólo un español podía tener tanto ardor combativo) y se lanza contra Abderraman III.
Ramiro II (931 - 950) tuvo más suerte que su padre Ordoño y consiguió una épica, importantísima y estéril victoria contra el califa andalusí, derrotando a sus tropas en la batalla de Simancas, donde los árabes son destrozados por el ejército cristiano. Es de suponer, teniendo en cuenta los profundos estudios de táctica militar de Ramiro II, que su táctica obedecería a los eternos principios del patapúm parriba, esto es, una defensa sólida y agresiva que cortara balones y cabezas indistintamente aprovechándose de la pasividad arbitral y luego lanzase el balón palante a ver qué pasaba. Según las crónicas, los árabes se hundieron en unos pozos "abiertos por el Señor para castigar a los herejes". Una mínima observación racional del evento sugiere que los árabes, inteligentemente, dispondrían sus tropas en una hondonada, y así Ramiro II y los suyos lo tuvieron muy fácil para triunfar, dejando aparte el hecho indudable, claro, de la intervención divina.
Aunque es de suponer que Abderraman III no se viera muy afectado por esta terrible derrota, que le supuso ciertas pérdidas territoriales pero nada serio, los cristianos lo celebraron como si hubieran ganado la Liga de Campeones en el último penalty y con Kahn en la portería contraria. Por eso todos los augurios eran buenos cuando Ramiro II, que se había pasado la vida repartiendo estopa a los moros, murió y le pasó el testigo a su hijo: "Los grandes banquetes de Sancho I".
Histeria de España
Capítulo LXVII: Los grandes banquetes de Sancho I
Continuando con la costumbre de los cristianos peninsulares de apodar de las más variadas formas a sus representantes políticos, el rey Sancho I pasó a la posteridad con el sobrenombre de "El Gordo". Podemos decir a ciencia cierta que el vulgo no se quedó calvo pensando un mote adecuado para el nuevo rey, pues el tío era una auténtica masa que se pasaba el día comiendo y comiendo sin freno. Mientras su padre, Ramiro II, daba ejemplo atizándose con los ejércitos de Abderraman III, el pequeño -de edad pero no de cintura- Sancho se solazaba en el castillo de papá engullendo un capón tras otro.
Después de un interregno de seis años (950 - 956) en los que Ordoño III estuvo al frente de los destinos de León, a Sancho I le entró hambre y en protesta por haber eliminado Ordoño III la costumbre de tomar un buen resopón a medianoche Sancho dio un golpe de mano y se hizo con el trono, gobernando en su primera época un total de dos años (956 - 958) en los que Sancho incumplió sistemáticamente al menos uno de los siete pecados capitales. En unos tiempos en los que el pueblo pasaba una terrible gazuza, es normal que las conspiraciones contra Sancho I menudearan; los nobles, hartos de tener que conformarse con la sopa boba, pues Sancho arramblaba con todas las existencias, nombraron rey a Ordoño IV en lugar del pobre Sancho, quien, sin reino que llevarse a la boca y con un hambre que no veas, se fue con su caballo a Córdoba.
Allí, Abderraman III comenzó atendiendo a Sancho con honores reales, pues nuestro califa favorito era hombre educado y de costumbres hospitalarias. Pero después de un tiempo, harto de ver cómo Sancho acababa incluso con las existencias de comida de Medina - Azahara, hasta las narices de las reformas que había que llevar a cabo continuamente en el palacio para que Sancho cupiera por las puertas (y aquí tenemos los antecedentes del concepto abierto de los espacios que encontramos en la Alhambra), y temeroso de que Sancho, insaciable, decidiera hacerse un estofado con las 10.000 ninfas del harén califal, pues se las comía con los ojos, el médico personal de Abderraman III sometió a Sancho a un duro régimen de pan y agua hasta conseguir que la gordura de Sancho remitiera un poco; una vez curado Sancho, Abderraman III montó un ejército que le ayudara a recuperar el poder.
Así, con Sancho dispuesto a comerse el mundo, asistimos al enfrentamiento de su ejército contra el del usurpador, Ordoño IV, a quien el pueblo, siempre dispuesto a demostrar inventiva, llamó el Malo. Tan malo era Ordoño IV que al derribar a Sancho ni siquiera le permitió terminarse el segundo plato, no les digo más. Y como la justicia siempre vence, el ejército de Sancho le pegó unos cuantos bocados a Ordoño IV y el Gran Rey recuperó el poder, administrando su segundo mandato (960 - 965) con equidad y sabiduría, renunciando a mojar pan en el plato, repetir postre y terminarse todas las viandas que había en su mesa. Desgraciadamente, a su muerte una época terrible asoló Castilla - León, pues Almanzor, como ya contamos en su momento, se afanó en destruirlo todo; pero antes, tal vez haya que hablar un poco de "Los grandes comienzos de Castilla".
Histeria de España
Capítulo LXVIII: Los grandes comienzos de Castilla
Los condados que conformaban Castilla eran una especie de Marca Hispánica montada por los reyes leoneses para defender la frontera sur frente a los malignos musulmanes. Varios condes se repartían el territorio como buenos conciudadanos, viviendo en paz y armonía; lamentablemente, incluso los españoles tienen de cuando en cuando pasiones mezquinas, así que no tardaron en surgir las rencillas por un quítame allá esos territorios, rencillas que se solventaron también a la española: con la llegada de un Caudillo providencial que unió a todos los condados bajo su cetro. Estos condes castellanos no tienen ningún interés más allá del que se deriva de usufructuar sus bienes mientras se atizaban con los musulmanes (a la vista de lo que quedó en Castilla, uno está tentado de pensar que usufructuaron con ahínco), pero en el año 930 aparece un hombre distinto a todos los anteriores, un hombre que les habla a sus lugareños en su idioma, un hombre que busca la libertad de Castilla frente a la derechona leonesa. Ese hombre es el Conde Fernán González (930 - 970), figura mítica objeto de un sinnúmero de romances que enaltecen su figura.
Sin embargo, nosotros, por las características históricas y psicológicas que se pueden atisbar en el personaje, aventuramos que Fernán González no fue ningún héroe, sino un sinvergüenza que convirtió Castilla, antaño tierra de promisión, en un centro de corrupción, despilfarro y crimen de Estado: en verdad les digo que Fernán González era el jefe de una banda de asesinos, el Señor X de la Castilla altomedieval. Sin embargo, su increíble carisma permitía solapar todos estos defectos, y así el pueblo castellano no dejaba de apoyar a Fernán en todas sus aventurillas, en las que González, como un corrupto que era, se vendía al mejor postor, esto es, a los califas de Córdoba o a los reyes de León, sin que ninguna razón moral pesara en su decisión.
Parece ser que un grupo de valientes cronistas de la Corte denunció que Fernán tenía untados a todos los jueces y despilfarraba la Hacienda pública repartiéndola entre los amiguetes; que Fernán González, en suma, era el centro de un sistema impío, el Fernanismo, que estaba acabando con la moralidad en Castilla. Cuando los cronistas, que se reunían en el castillo de un noble castellano (que, según dijo después, estaba en esa conspiración "para controlarla"), decidieron agruparse bajo el nombre de Juglarismo Independiente para hacer frente a González, este no se avino a razones y les cortó la cabeza, con lo que los cronistas rindieron un nuevo servicio a su patria demostrando que lo del Crimen de Estado iba en serio. Y en cuanto a Fernán González jefe de una banda de asesinos... No creerán que cuando marchaba al frente de su ejército se iba de rositas, ¿verdad?
El edificio de latrocinio montado por Fernán González sobrevivió a su fundador, de tal manera que al final de su reinado pudo decirse que Castilla era un condado en la práctica independiente de León; de hecho, a Fernán González le sustituye su hijo Garci Fernández (970 - 995), que pese a pasarse la vida siendo derrotado contra Almanzor, según reza la propaganda fernanista de la época fue apodado por el pueblo castellano "El de las manos blancas", porque según parece las tenía tan bellas que no las mostraba a las mujeres para no causarles envidia. Un poco floripondio este Garci, ¿verdad?
Sin embargo, no llegó a los extremos de Alfonso II el Casto y logró tener un hijo, Sancho I García (995 - 1021), que demostró una masculinidad mucho mayor que la de su padre, pues aprovechando el caos de Al - Andalus saqueó Córdoba e intervino en la alta política andalusí ayudando a Solimán a subir al trono. Fue sucedido por García Sánchez (1021 - 1028), que había llegado a un pacto con Bermudo III de León para casarse con su hermana (con la de Bermudo, no con la suya, que esto no es la Biblia). Pero los Condes de Vela, alaveses ellos, no veían con buenos ojos la política imperialista de García Sánchez, que al parecer se había carcajeado al asistir a una manifestación de cultura vasca, concretamente una sesión de levantamiento de piedras en las posesiones de los Vela. Estos, indignados con un condesito que no ayudaba en absoluto a la construcción nacional de Euskal Herria y, es más, de cuando en cuando se permitía carcajearse de las entrañables tradiciones de los vascones, solucionaron el conflicto de un modo muy español (y vasco también), degollando a García Sánchez al amparo de la noche castellana.
A ello siguió una total anarquía en Castilla, momento que fue aprovechado por Sancho III el Mayor, rey de Navarra, para hacerse con el macrocondado alegando ancestrales derechos dinásticos de esos que se sacan cuando conviene y, accesoriamente, la fuerza de sus armas. Ya hablaremos de Sancho III el Mayor dentro de unos capítulos; por ahora, y tras haberles relatado los gloriosos orígenes del Reino de Castilla, continuamos la cronología histórica después de Sancho I el Gordo: "Los grandes desastres de los coetáneos de Almanzor".
Histeria de España
Capítulo LXIX: Los grandes desastres de los coetáneos de Almanzor
Sancho I el Gordo terminó sus días de forma siniestra, pues murió envenenado. Al encontrar a su papá muerto entre los restos de un venado asado, su hijo Ramiro III (966 - 985) rompió a llorar. ¿No eran los asesinatos de este tipo una cosa del glorioso pasado visigótico? La grandeza de Sancho, y accesoriamente el hecho de que para mantener su grandeza se atizara prácticamente todos los alimentos disponibles en el reino, mantuvo a los nobles en una posición levantisca que se oficializó a su muerte.
Porque el hijo de Sancho sólo tenía cinco años a la muerte de su padre y se encargó de la regencia su tía Elvira, una monjita cuya belleza, como ocurre con todas las Hermanas que deciden casarse con el Señor, sólo rivalizaba con su bondad. Es decir, que la pobre mujer no se enteraba de nada y aunque rezó abundantemente al Señor para pedirle Su protección, Él decidió de forma inapelable que un reino español no podía estar regentado por una monjita y un niñato y permitió que los nobles pasaran de todo y se dedicaran a hacer patria en sus posesiones.
Por eso cuando Ramiro III llega al trono a su mayoría de edad, los nobles no le hacen ni pastelero caso, y vista la incapacidad de Ramiro para hacer frente a las tropas de Almanzor, lo destronan, nuevamente en plan visigótico, y eligen a Bermudo II (985 - 999), que no consiguió absolutamente nada de provecho contra Almanzor pero al menos tenía un mote simpático que además era una buena excusa para no presentarse en batalla: "El Gotoso".
Le sucede Alfonso V (999 - 1029), que como todos los reyes cristianos de la época se aprovechó del caos de Al - Andalus para conquistar territorios en el Sur. La verdad, hay que decir que este señor no acaba de convencer, pues aunque tenía condiciones e incluso algunos dicen que manejando la espada era un auténtico virtuoso (más o menos como algunos futbolistas, Alfonso V "tenía un guante en la mano izquierda", aunque esto pueda parecer una tautología), un pequeño detalle hace que lo juzguemos negativamente: ¿dónde se ha visto un rey que se precie en la Alta Edad Media, sin apodo? ¿Adónde vas, Alfonso V, pobre de ti?
Alfonso terminó sus días sitiando Viseo (Portugal), donde murió tras ser alcanzado por una saeta. Le sucedió Bermudo III (1029 - 1037), de quien ya hemos hablado en el capítulo anterior. Este rey se pasó la vida atizándose con Sancho III el Mayor, de tal forma que buscando la alianza de los condes de Castilla intentó casar a su hermana Sancha con García Sánchez, pero el asesinato de este último paró el proyecto, Sancho III el Mayor se hizo con Castilla y su hijo, Fernando I, acabó con Bermudo III en la batalla de Tamara, uniendo Castilla y León bajo su mando.
Hagamos un alto en el camino para recapitular: en el transcurso de unos setenta años hemos visto pasar a unos cuantos reyes leoneses, plenos de ilusiones, plenos de esperanzas, pero incapaces de hacer frente a Almanzor, primero, y de sacar réditos suficientes de la desintegración de Al - Andalus, después. Tan pronto como Al - Andalus desaparece, los reyes cristianos comienzan a atizarse para repartirse el pastel, y es Sancho III el Mayor el que vence de largo. Pero, ¿quién es este pesado que tanto comienza a aparecer en nuestra Histeria? ¿Era tan duro como aparentaba? ¿Intentaba crear una Euskal Herria independiente cuando, de hecho, Euskal Herria ya era independiente y lo que no existía era la España opresora? Preguntas que se nos acumulan sobre la mesa y a las que daremos respuesta dentro de algunos capítulos, porque por el momento, como Ustedes comprenderán, habrá que hablar un poco de los orígenes de sus reinos, Aragón y Navarra.
Histeria de España
Capítulo LXX: Los orígenes de Aragón
En sus comienzos, Aragón es un pequeño condado situado en la mitad de los Pirineos, que se defendía de los ataques musulmanes gracias a las agrestes montañas que lo rodeaban. Podríamos decir que los ataques musulmanes tampoco menudearon demasiado, pues ¿quién querría vivir allí, no estoy hablando de esquiar o hacer montañismo, no, vivir, y sin luz eléctrica ni televisión por satélite? Los árabes no, desde luego, pues ellos tenían prácticamente todas estas comodidades en Córdoba y el condado de Aragón no constituiría una amenaza seria hasta muchos años después.
Sin embargo, y sorprendentemente, en Aragón vivía gente, es más, mucha gente, cada vez más, con un índice de natalidad que desmiente todos los tópicos sobre la demografía en España. Eran cada vez más, y necesitaban conquistar territorios, cada vez más territorios, para no morirse de hambre. De ahí el carácter combativo de estas gentes del Pirineo, que siglos más tarde reaparecería con los almogávares y en la actualidad pervive en las almas de muchos habitantes del Pirineo, deseosos de clavarte un buen sablazo a la que te descuidas y te vas a esquiar un fin de semana.
Ese carácter combativo les permitió sacudirse el dominio de los francos, de una forma menos sutil que los catalanes (quienes simplemente dejaron que pasara el tiempo) pero no menos efectiva: degollando sistemáticamente al primer recaudador de impuestos del Imperio carolingio que se les pusiera por delante. La forma de descubrirlo era sencilla: el aragonés en cuestión se ponía delante del sospechoso y le espetaba: "Llo charro fabla con los mebos morros". Si el sospechoso no respondía a esta frase, proveniente de la antiquísima lengua de Aragón, la Fabla, el lugareño lo degollaba. Recordando lo desagradable que resultó Roncesvalles en su momento, los francos deciden no repetir la experiencia y Aragón consigue la independencia de facto.
Y estamos en condiciones de afirmar que esta época de independencia absoluta, solos en sus montañas, sin un solo influjo cultural de cualquier civilización que fastidiase su armonía con la naturaleza, fue enormemente bella. Para ello nos remitimos a un dato objetivo: todos los condes de Aragón, hasta su unión con Navarra, tienen algo en común: todos se llamaban Aznar. Con las recetas macroeconómicas del primer conde del que se tienen noticias, Aznar Galíndez I (809 - 858), Aragón consiguió el mayor crecimiento económico de Europa durante cuatro años consecutivos, y si se torcían las cifras, Aznar Galíndez I le echaba la culpa al petróleo y todos contentos. Aznar Galíndez casó con una hermosa dama de la que tuvo tres hijos: Galindo, Matrona, y Céntulo Aznar (o Centulito para la familia).
Sin embargo, no todo era felicidad en la corte de los Aznar. Porque Aznar Galíndez, en su infinita bondad, acogió bajo su seno a un ser despreciable, García, que casó con la hija de Aznar. García fue bien pronto apodado (ya saben: ni un rey, o aspirante a rey, sin apodo) "El Malo" por sus coetáneos, y remitiéndonos a los hechos hay que considerar que el mote estaba bien elegido. Porque hay que ver lo Malo que era García. Al grito de "el Estado de Derecho también se defiende desde las alcantarillas", García el Malo se cargó a uno de los hijos de Aznar Galíndez, el pobre Centulito Aznar, expulsó a Aznar Galíndez del trono y luego se negó a yacer con su esposa Matrona, indicando que era más fea que picio, como su padre. ¡Como si eso fuera motivo suficiente para eludir el juicio de Dios!
Afortunadamente, el último hijo de Aznar Galíndez I, Galindo, consiguió eliminar a García el Malo de una forma expeditiva (arrojándolo por uno de los muchos barrancos que poblaban las tierras del Pirineo) y coronarse rey con el nombre de Galindo Aznar I (858 - 867). Asistimos a una sucesión de nombres con el patronímico "Aznar", lo que es garantía de buen gobierno, pues a Galindo Aznar I le sucede su hijo Aznar Galíndez II (867 - 893), y a este, en un alarde de originalidad que hacía prever que algún día Aragón se uniría con Catalunya, pues sólo en Catalunya eran tan pesados con aquello de repetir nombres (recuerden: Ramón Berenguer, Berenguer Ramón, y así todo el rato) Galindo Aznar II (893 - 922). De todos estos "reyes" no sabemos prácticamente nada, lo cual quizás es buena señal, síntoma de que en Aragón, bajo la égida de los Aznar, todo el mundo era feliz y nadie protestaba, con lo que pese al problema demográfico ni siquiera se molestaron en conquistar territorios en el Sur. Para conquistar necesitaron unirse con otro reino que también tenía afición a repetir nombres, Navarra. Pero antes quizás convenga indagar algo en los comienzos de este reino, ¿no creen?: "El condado de Navarra y su independencia de los francos".
Histeria de España
Capítulo LXXI: El Reino de Navarra
Navarra surge como reino independiente a partir de la rebelión de los paisanos de Pamplona, que se hartaron de los excesos y crueldades del Gobernador musulmán, que se negaba a que los encierros pamplonicas pasasen por delante de su palacio con el argumento de que aquello era una salvajada y que él se negaba a participar en la barbarie. La ciudadanía estuvo de acuerdo con ese sabio argumento y llegó a la conclusión de que para que no participara lo mejor era acabar con su vida.
El primer rey de Navarra fue Íñigo Arista (868 - 880), caudillo de la rebelión contra los árabes. Al parecer, Arista fue escogido de entre el pueblo por ser el más válido, fuerte e inteligente de los navarros para oponerse a la tiranía mora, o al menos eso dicen los historiadores. Posiblemente no influyera en ello lo más mínimo que Íñigo Arista proviniera de una de las familias navarras de más rancio abolengo, emparentada además con la poderosa familia de los Beni - Casi, que habían convertido el valle del Ebro en una especie de Sicilia, independizada de todo conato de dominio del Estado árabe. Con estos poderes, Navarra consiguió consolidar su independencia, primero de los árabes (con ayuda de otros árabes, una de estas casualidades de la vida que nos hace pensar que, después de todo, quizás la Historia de España en la Edad Media no se limite a moros malos - cristianos buenos), y luego de los francos, siempre deseosos de mangonear allende los Pirineos. Ludovico Pío, como diciendo "aquí estoy yo", envió un ejército para dejar claro quién mandaba en Navarra, y vaya si lo dejó claro: los navarros le asestaron tal derrota a sus huestes que por muchos años Navarra evitó la perniciosa influencia francesa, buscando su razón de ser en España.
A la muerte de Íñigo Arista le sucedió su hijo García Íñiguez (880 - 884), que murió en batalla con los musulmanes, que por aquel entonces intentaban mitigar la rebelión de Al - Andalus ofreciendo glorias exteriores, política que tan buenos resultados ha dado desde tiempos inmemoriales a los gobernantes cogidos en falso, siempre y cuando supieran escoger bien al enemigo. En este sentido, podemos decir que Navarra era un enemigo idóneo, pues se trataba de un reino pequeño y sencillo de sojuzgar, pese al carácter indómito de sus habitantes, que se pasaban la vida luchando para que nadie pudiera poner en duda pese a la competencia (aragoneses y vascos) que aquí ellos eran tan brutos como el que más.
De hecho, el rey que sucedió a García Íñiguez, Fortún Garcés (884 - 905), tuvo la desgracia de ser capturado por los árabes en otra de las innúmeras batallas de nuestra Histeria, y pasó 22 años de cautiverio en Córdoba. En esta breve ausencia uno de sus nobles, en plan visigótico, tuvo la desvergüenza de proclamarse rey, y lo peor es que el desmemoriado pueblo navarro, que parecía ignorar los padecimientos que estaba pasando su monarca durante todos estos años, le apoyó. Así que Sancho Garcés I se convirtió en rey de Navarra, consiguiendo por fin lo que todos sus antecesores se habían revelado incapaces de alcanzar: nuevos territorios. Con este rey las posesiones navarras avanzan hacia el sur, conquistando lo que hoy es La Rioja. Pero la borrachera de éxitos no terminó allí, pues su hijo García Sánchez I (935 - 970) engrandece aún más Navarra fusionándola con Aragón ante el peligro que suponía la "edad dorada" de Al - Andalus. Lo veremos en el siguiente capítulo, "Fusión de los reinos ante la amenaza hereje".
Histeria de España
Capítulo LXXII: Fusión de los reinos ante la amenaza hereje
García Sánchez I se casó con la hija de Galindo Aznar II, que se llamaba Toda (así, como suena), consiguiendo todo el condado de Aragón en calidad de dote. El todo Navarra asistió a la boda, asumiendo que con la unión de los bárbaros pirenaicos occidentales con los no menos bárbaros pirenaicos centrales el resultado sería un reino con un poder gigantesco, en otras palabras y como diría un comentarista argentino ante cualquier gol del Pelusa: Bárbaro.
La unión de Navarra y Aragón se mantuvo unos cuantos años y fue el comienzo de una serie de uniones y desuniones entre ambos reinos que jalonan las respectivas historias medievales. En este caso, las cosas no fueron demasiado bien al principio, pues una siniestra figura se interponía entre los navarro - aragoneses y la felicidad: esa figura era Almanzor, quien como ya hemos contado tenía la hermosa costumbre de hacer salidas de fin de semana, acompañado de su Ejército (que este sí, era Bárbaro en todos los sentidos de la palabra), con el fin de matar y saquear. De tal forma que el sucesor de García Sánchez I, Sancho Garcés II (observen la continuidad en los nombres, casi enfermiza), no tuvo más remedio que acceder a la boda de Almanzor con su hija Sancha para que el caudillo árabe dejase en paz sus tierras. Este prometió, en contrapartida, matar y saquear en Navarra y Aragón solamente una vez al mes, con lo que Sancho Garcés II se dio por satisfecho. Naturalmente, Almanzor no cumplió lo prometido, pero al menos se dejaba caer por el palacio de Sancho Garcés II después de su matanza semanal para saludar al suegro y engullir suculentos manjares a su costa, pero respetando los bienes de Sancho Garcés, el cual, como buen monarca medieval, se quedó tan contento, sin preocuparse por las vidas de sus súbditos.
Su sucesor nos hace volver al hermoso mundo de los apodos, y además por la puerta grande: se trata de García Sánchez II (994 - 1000), el Temblón. ¿Se dan Ustedes cuenta? Desde los tiempos de Bermudo I el Gotoso que no habíamos asistido al alumbramiento de un apodo tan original. En este caso, el motivo de su sobrenombre era el temblor nervioso que le entraba al rey antes de entrar en batalla y comprobar el lamentable estado de su ejército, que compartía educadamente el temblor con su rey. Según los croniscas, al menos García Sánchez se comportaba valientemente en batalla, lo cual no deja de ser un magro consuelo a la vista de las sucesivas derrotas contra Almanzor, quien esta vez ni siquiera se molestó en pedir a ninguna de las hijas del Temblón.
Pero a la muerte de García Sánchez II subió al trono de Navarra alguien que la llevaría a la cúspide del poder en la península ibérica, aquel en quien todos Ustedes están pensando (y no nos referimos a Almanzor): Sancho III "El Mayor".
Histeria de España
Capítulo LXXIII: Sancho III, el Primo de Zumosol
Sancho III sube al trono de Navarra y Aragón en el año 1000, como si se tratase de una premonición de que pasados los miedos del Fin del Mundo todo iba a ir mucho mejor. Bien pronto los lugareños ejercen su inventiva para llamar a Sancho III "El Mayor", un sobrenombre que no sabemos si alude a su altura, a su edad o, más previsiblemente, a su grandeza. Tengan Ustedes en cuenta que durante el reinado de este señor, su reino es el más poderoso de la Península Ibérica, de tal suerte que el abad Oliba, del monasterio de Ripoll, lo tachó de "Rex Ibericus", sin que conste ninguna sustanciosa donación de El Mayor a su monasterio ni nada por el estilo.
El Mayor gobernará 35 años a lo largo de los cuales llevará a cabo sin piedad su objetivo de engrandecer sus reinos hasta que fueran tan Mayores como él mismo. Pero como el Mayor no era un hombre convencional, no vayan a creerse que conquistó territorios a los moros, no; esas son tácticas mezquinas impropias de un hombre como El Mayor. No, el rey Sancho III agrandó sus reinos a costa de comerse otros reinos y posesiones cristianas, de tal suerte que en pocos años consigue lo que hasta entonces parecía imposible: civiliza el País Vasco, salvo Guipúzcoa, donde fue combatido al grito de "muera el Navarrazo", e incorpora Alava y Vizcaya a sus dominios.
Poco después muere asesinado el heredero castellano en una emboscada de los condes de Vela, como ya les relatamos, y Sancho III El Mayor obra sin dilación. Convoca a los notables castellanos, les hace saber que aquí no hay más Mayor que él y presenta sus poderes para aspirar al condado de Castilla, que se sustentaban en múltiples vínculos de parentesco, sociales, culturales y sentimentales y, accesoriamente, en el ejército de Sancho III el Mayor, un grupo de nobles caballeros que, ataviados con un curioso uniforme azul y rojo, proclamaban a los cuatro vientos en las batallas en las que tomaban parte que "Fuera de Navarra nada; dentro de Navarra todo", mientras aseguraban que el Mayor era "la espada más limpia de Occidente", y otras frases sin sentido aparente pero que convencieron a muchos paisanos de las bondadosas intenciones de El Mayor. Aún hoy se recuerda en tierras navarras y castellanas que "en época de El Mayor se podía dormir con la puerta abierta", "El Mayor nos trajo la paz", y otras alabanzas de similar calado.
Los castellanos acceden a fusionarse con los territorios de El Mayor, y este, cada vez más Grande, coloca en su escudo la famosa divisa "Navarra, unidad de destino en lo universal" de críptico sentido y que venía a querer decir lo mismo que "Fuera de Navarra nada; dentro de Navarra todo", esto es, que el Mayor tenía un hambre de poder y de territorios que no podía con él. De hecho, al terminar el proceso de fusión por absorción con Castilla se lanzó raudo a por los territorios leoneses, y de no ser porque le sobrevino la muerte (1035) quién sabe si habría logrado unir la España cristiana contra los rojos herejes del Sur, que por otro lado asistieron todos estos años atónitos al espectáculo de los reyes cristianos atizándose entre sí, casi como si tuvieran envidia del multiculturalismo que estaban alcanzando los reinos de taifas.
Y al llegar la muerte de Sancho III es cuando podemos decir con mayor claridad que se merecía, de todas todas, el apelativo cariñoso de "El Mayor". Porque, en la mejor tradición hispánica de dividir por dividir, de debilitar la fuerza del país por razones absurdas, el Mayor decidió que aquello de tener un solo reino potente no era elegante y lo dividió entre todos sus hijos, de tal forma que García se convierte en rey de Navarra, Fernando en rey de Castilla, Gonzalo es nombrado soberano de Sobrarbe y Ribagorza (!) y a su hijo natural (uséase, bastardo, que el Mayor también era Mayor en asuntos carnales) Ramiro lo nombra rey de Aragón. Como ven, el Mayor consiguió, entre otras muchas cosas, que esta Histeria tenga que explicar de forma individualizada el devenir de miles de reinos en lugar de uno. Comenzaremos nuestro repaso por el hijo natural de Sancho III, nuevo rey de Aragón: "Ramiro I el Bastardo".
Histeria de España
Capítulo LXXIV: Ramiro I, el Bastardo
Bien pronto demostró Ramiro I (1035 - 1063) su condición de bastardo (en todos los sentidos) y, al mismo tiempo, su filiación directa de alguien tan masculino como Sancho III El Mayor. Cuando Ramiro I llega a su Palacio en Aragón y, apartando las piedras de la cueva, descubre el lamentable estado de sus minúsculos territorios, se da cuenta enseguida de que si quiere sobrevivir de forma independiente no tiene más remedio que mostrarse agresivo, luchador y particularmente violento, es decir, totalmente español. Desde sus inicios el Reino de Aragón muestra una visión del mundo típicamente germánica, o si lo prefieren de hondas raíces yugoslavas, lo que viene a ser lo mismo. La tesis de Ramiro I es que los miserables campesinos pirenaicos constituyen la esencia de un gran reino en ciernes que en breve se expandirá por los territorios que les pertenecen por derecho. Podemos encontrar en el discurso ideológico, y sobre todo en las acciones, de Ramiro I, claros antecedentes de la Lebensraum germánica o de la Gran Serbia. La diferencia estriba en que Ramiro I, a diferencia de los otros pueblos, regentaba un reino español, y naturalmente con esta indudable ventaja él y sus sucesores consiguieron llevar a buen puerto sus ambiciones.
Buscando espacio vital Ramiro I comenzó por el único reino aún más ridículo que el suyo: Sobrarbe y Ribagorza, unos cuantos valles pirenaicos limítrofes con Catalunya en cuyas ricas tierras, capaces de generar una lozana espiga de trigo en tan sólo siete años, quiso Ramiro I aposentar sus reales. Pero Ramiro era consciente de que una guerra abierta con su hermanastro Gonzalo era arriesgada, pues a fin de cuentas no había ningún motivo para pensar que sus súbditos fueran menos bestias que los aragoneses. Así que Ramiro optó por una estrategia que no por ausente de nuestra Histeria resulta menos española: la inteligencia. Ramiro I invitó a Gonzalo a un banquete en su Corte y, aprovechando el asombro de Gonzalo por el boato y la riqueza del palacio de su hermanastro, que constaba incluso de techumbre y tres habitaciones, envenenó su comida, de suerte que Gonzalo cayó muerto.
Ramiro I tuvo que dar explicaciones a los críticos y formados ciudadanos sobrarbe - ribagorcenses, pero con su sublime inteligencia supo ofrecer unos argumentos de peso que los ciudadanos no pudieron rechazar: "Hijos míos, estaba yo departiendo con mi hermano del alma en Palacio cuando súbitamente se nos apareció el Supremo Hacedor y nos dijo: 'Gonzalo, ¿verdad que no te importa de que tu hermano Ramiro me se convierta en monarca de tus condados? A cambio te haré Santo'. Gonzalo dijo que sí y acto seguido un rayo lo fulminó, quedando yo encargado de sus reinos. Si esta explicación no os convence, podéis preguntar a los 17.000 soldados que tengo detrás". Ni que decir tiene que los ciudadanos de Ribagorza y Sobrarbe creyeron a pies juntillas la sorprendente versión de Ramiro, que, engrandecido su territorio, comenzó a hablar en voz muy alta de los derechos ancestrales que tenía sobre los territorios navarros, que en realidad pertenecían a Aragón "de toda la vida". De tal forma que se lanzó a la guerra contra su otro hermanastro García I, pero los navarros eran tan brutos como los aragoneses, tan de los Pirineos unos como los otros, y además Navarra contaba con el refuerzo de centrales leñeros tan expeditivos como los vascos. Con unos poderes así, el desenlace de la guerra era obvio: García I derrotó a Ramiro en Tafalla y nuestro héroe aragonés tuvo que seguir buscando el Gran Aragón en las tierras de otros enemigos.
No tardó en optar por los musulmanes que se asentaban al sur de su reino, en las también ricas tierras del páramo aragonés. Ramiro I luchó durante años contra ellos, pero no tuvo suerte en su nuevo intento de adquirir Lebensraum para sus aldeanos y falleció en el sitio de Graus, que por si no lo saben es una hermosa villa aragonesa situada en los prepirineos caracterizada en la actualidad por su enorme producción de longanizas, lo que demuestra que finalmente los aragoneses lograron extirpar la herencia árabe de esos lugares. A fin de cuentas, Ramiro I, como ya hemos visto, no sólo era un bastardo sino también un cerdo, así que era lógico que los musulmanes luchasen contra él como si les fuera la vida y la religión en ello.
Pero no crean que por ser bastardo Ramiro I era peor que sus otros hermanos; por el momento descubran las atrocidades de las que fueron ejecutores los reyes navarros contemporáneos: "El Pensamiento Navarro y sus reyes".
Histeria de España
Capítulo LXXV: El Pensamiento Navarro y sus reyes
El pueblo navarro, fortalecido por las inquietudes culturales vascas, se caracterizaba por una hondura intelectual sin precedentes en nuestra Península. El Reino de Navarra era siempre pionero en todo tipo de tradiciones culturales de gran valor sentimental y (según dicen algunos) nulo valor artístico que constituían el eje sobre el que Navarra adquiría razón de ser. Con estos mimbres, no es de extrañarnos que Navarra siempre quisiera estar a la última en lo que respecta a movimientos artísticos peninsulares. De esta suerte, si Aragón contaba con un gran levantador de piedras, los navarros presentaban a dos fuertes gudaris vascos que levantaban piedras aún más grandes; si los castellanos se jactaban de cortar troncos como ninguno, allí estaba Navarra con sus aizkolaris que devastaban bosques enteros en un santiamén; si unos y otros, envidiosos de la hombría de los navarros, generaban bailes ridículos para intentar ganarles en el plano de lo estilístico, Navarra fabricaba vestidos y bailes populares a un ritmo taylorista de producción.
Las cosas llegaron a tal índice de gusto por la alta cultura en Navarra que tanto castellanos como aragoneses tuvieron envidia de su grandeza, de tal suerte que unos y otros se lanzaron contra el soberano navarro, García I (1035 - 1054), con el deseo de dirimir quién de los tres reinos podía considerarse más bruto, esto es, más español. Y hay que decir que la competición estuvo reñida. Durante unos años los tres reyes anduvieron a la par, y aunque Ramiro I, como ya hemos dicho, contó con el refuerzo de los condados de Sobrarbe y Ribagorza, al final la balanza se inclinó del lado navarro. Pero fue una victoria pírrica, pues poco después, en la gran final contra el imperialismo castellano que intentaba destruir las trandiciones navarras, la batalla de Atapuerca, Fernando I de Castilla destroza totalmente el ejército navarro, captura a García I y le aplica la ley de fugas; es decir, que lo degüella y allí mismo, tirando el cuerpo exánime de García I al suelo, como queriendo decir "aquí no hay más bruto que yo", nombra nuevo Rey de Navarra al hijo de García, Sancho IV (1054 - 1076), que la Historia conocerá con el curioso nombre, en apariencia, de "El de Peñalén".
Bien pronto Sancho IV, nervioso de que alguien pudiera dudar de la hombría navarra, se alía con Sancho I Ramírez, el sucesor de Ramiro I en el reino de Aragón, y juntos se lanzan contra Sancho II el Fuerte de Castilla, que demostró que en aquellos momentos Castilla era la más Fuerte venciendo a ambos. Sancho IV, derrotado, se vuelve a sus territorios y allí decide dedicarse a hacer vida familiar. Pero un infortunado día Sancho IV tuvo un infortunado accidente; estaba el rey en una jornada de caza, preocupado, como siempre, por las necesidades de sus súbditos, y de repente resbaló con tan mala suerte que cayó al río Arga, cerca de Peñalén (¿entienden ahora lo del mote? Por cierto, ¿dónde está Peñalén?), y allí mismo se ahogó.
Puesto que Sancho IV, preocupado de mostrar sólo su masculinidad en el campo de batalla, no tenía hijos, los cortesanos navarros comenzaron a discutir sobre su sucesor; en un principio los mejores candidatos eran sus hermanos, Emersinda y Ramón el Fratricida, pero el hecho de que fueran ellos precisamente los únicos que acompañaban a Sancho IV el día de su muerte, unido a la constatación de que un tío que había sido apodado por el pueblo "El Fratricida" no era muy de fiar, les decidieron a nombrar nuevo rey de Navarra a quien ya lo era de Aragón, Sancho I Ramírez, uniendo de nuevo ambos reinos. ¿Quién era este tipo medroso y arribista que consiguió engrandecer el espacio vital aragonés de tal forma? Descúbranlo en nuestro siguiente capítulo, "Sancho I Ramírez".
Histeria de España
Capítulo LXXVI: Sancho I Ramírez
Sancho I Ramírez (1063 - 1094) continuó en la línea de su padre anexionándose territorios. Ya hemos visto cómo sufragó los gastos del trabajillo que le hicieron Emersinda y Ramón el Fratricida en Navarra, garantizando que los hermanos salieran indemnes del complejo proceso penal que tuvo lugar en Pamplona a raíz de la muerte de Sancho IV. Pero eso no es todo: Sancho I Ramírez estaba dispuesto a luchar con todas sus fuerzas contra los malvados moros del Sur que osaban no dejarle extender sus territorios hasta los confines de la Tierra. Por el momento, sus tierras se limitaban al reino de Navarra y la ciudad de Jaca (capital de Aragón) y alrededores, así que poco podía hacer contra los opulentos musulmanes de la capital, Zaragoza, que habían hecho además un fichaje de impresión: el Cid, ese campeón de la Cristiandad cuya fe en el Señor era tan elevada que siempre cobraba más caro a los musulmanes por sus servicios.
Andaba Sancho I Ramírez meditabundo por tierras pirenaicas cuando de repente, en las cercanías de la cosmopolita ciudad de Barbastro, tuvo una visión: se le apareció un hombrecillo con cara de pan de cinta y gafitas de concha (curioso, pues en aquella época las gafas aún no existían) quien, propinándole un buen golpe con el cilicio a Sancho I Ramírez, le instó a guardar las verdaderas enseñanzas de las Sagradas Escrituras: "Sed como burritos, tú y tus descendientes". Al desvanecerse la visión, Sancho I Ramírez entendió el sentido de las crípticas palabras del ángel (pues sin duda de eso se trataba) y afanó toda la pasta de la Iglesia en sus territorios alegando "necesidades patrióticas", esto es, su lucha contra los moros.
Sin embargo, el papa Gregorio VII no pareció entenderlo así, de tal suerte que Sancho I Ramírez tuvo que ir a Roma al frente de una comitiva a humillarse delante del Papa. Cualquier conocedor de la infinita piedad de los máximos representantes del Señor en la Tierra podría imaginarse que la cosa quedó ahí, pero nada de eso; Gregorio VII, además, le impuso a Sancho I Ramírez una multa perpetua, a él y a todos sus descendientes, de 500 mancusos anuales (no sabemos lo que debía valer un mancuso, pero tratándose de la Iglesia suponemos que mucho), con lo que demostró, de paso, que el Sumo Pontífice también había comprendido las enigmáticas palabras de la aparición, que podríamos resumir así: "Roba al prójimo como te gustaría que a ti te flagelasen", explicación quizás enigmática aún pero que podemos complementar con esto.
Como es obvio, tal situación dejó bastante desabrido a Sancho I Ramírez, que a falta de unas Cortes Generales del Reino a quien expoliar y vista la pobreza de su reino, decidió que la única manera de solventar la difícil situación financiera de su reino era la de siempre: atizándose con los musulmanes en busca de expolio. Desgraciadamente, no tuvo éxito, pues intentó hacerse con la rica y gigantesca urbe de Huesca pero en una malhadada ocasión, reconociendo el territorio, se le ocurrió la genial idea de levantar el brazo al objeto de señalar a sus capitanes un punto débil de las murallas de la ciudad. En ese momento una saeta perdida se le coló por la axila, que Sancho I Ramírez había dejado confianzudamente desprotegida, y el Gran Rey feneció allí mismo, dando al traste con las aspiraciones expansionistas navarro - aragonesas.
Naturalmente, las tropas del Cid estaban dentro de las murallas de Huesca, bien acantonadas mientras contaban el dinero que le habían sacado a los árabes. Pero la suerte de los aragoneses cambiaría con la llegada al trono del hijo de Sancho I Ramírez: "Pedro I toma la metrópoli oscense".
Histeria de España
Capítulo LXXVII: Pedro I toma la metrópoli oscense
Las cosas no andaban muy bien por el reino de Aragón después de la muerte de Sancho I Ramírez: hordas de musulmanes arrasaban las tierras cristianas, los almorávides comenzaban a hacer notar su presencia en España y las tropas del Cid, llenas de piedad cristiana, se dedicaban a saquear también todo el territorio navarro - aragonés.
Sin embargo el Señor, que todo lo puede, proveyó ayuda para los aragoneses, de tal forma que iluminó al sucesor de Sancho I Ramírez, Pedro I (1094 - 1104), con el don de la suprema inteligencia que ya había poseído su abuelo Ramiro I. Pedro I arrambló con las pocas riquezas que aún quedaban en el reino tras las repetidas visitas del Cid y con ellas financió un ejército de pirenaicos que daba miedo verlos, con el que se dispuso a intentar, de nuevo, la conquista de Huesca. Y esta vez hubo suerte. Con la ayuda de San Jorge, que bajó en persona a luchar contra los moros (es curioso cómo los santos ayudaban tanto a los hombres en aquellas épocas y tan poco en la actualidad; ¿qué le habría costado al apóstol Santiago, por ejemplo, bajar a la Tierra para ayudar a los españoles a triunfar en la mayor de sus batallas, aquella que en México 86 les enfrentó al demoníaco Jean - Marie Pfaff, portero de Bélgica, con el que una generación de españoles tenemos pesadillas desde entonces?), Pedro I consiguió conquistar Huesca, dándole a su reino la entidad que únicamente las ciudades de tronío pueden conferir a una nación en ciernes.
Pero la conquista, pese a la valiosa y desinteresada ayuda de San Jorge, había costado muchas vidas humanas y, lo que es más importante, dinero. Pedro se dio cuenta de que de la misma forma que sus antecesores habían conquistado territorios, en la práctica, merced a la astucia, por el procedimiento de asesinar por persona interpuesta a los legítimos reyes de Sobrarbe - Ribagorza y Navarra, él debía encontrar alguna forma de acabar con la resistencia musulmana por la misma vía. En un contexto en que el cupo de ayudas divinas parecía haberse agotado por bastantes décadas, con su ejército exhausto, Pedro decidió comportarse como el presidente de un club de fútbol y le envió un emisario al Cid, proponiéndole su fichaje por la causa de la Cristiandad. El Cid, serenamente, respondió pidiendo un montón de mancusos para él y sus soldados (representantes), además de castillo y caballo para no sentirse incómodo en su nuevo club. Pedro I sacó las últimas monedas que quedaban en su reino y con ellas sufragó los gastos, aliándose con el Cid, con cuya ayuda logró conquistar definitivamente Barbastro, que siglos después le daría al mundo cristiano uno de sus más eximios representantes.
El camino para Zaragoza quedaba expedito. En pocos años, un puñado de salvajes pirenaicos, merced a su brutalidad, su sorprendente capacidad reproductiva y el proselitismo de sus dirigentes, habían logrado sorprendentes anexiones a sus territorios primitivos. Realmente causa estupor comprobar hasta qué punto Navarra se había convertido en un mero territorio feudatario de los condados pirenaicos aragoneses, que eran, indudablemente, quienes llevaban la batuta, pues todas las conquistas se incorporaban al reino de Aragón. Pero todo esto tiene una explicación plausible: "Aragón tiene sed".
Histeria de España
Capítulo LXXVIII: Aragón tiene sed
Ya hemos comprobado que el impulso vital de los aragoneses era extender su territorio por todo el orbe conocido, o al menos por todo el orbe que conocían los más aventajados vasallos pirenaicos, es decir, hasta la siguiente cadena de montañas. Podría dar la sensación de que los reyes aragoneses eran unos oportunistas que buscaban cualquier recurso para medrar y adquirir territorio, pero no es así: también sabían hacer gala, llegado el momento, de su virilidad. Recuerden que dos reyes aragoneses, Ramiro I y Sancho I Ramírez, murieron en sendos sitios de ciudades musulmanas; y aún caerían más.
Tal pasión por la sangre parece un poco absurda: ¿no son los Pirineos un lugar idílico para vivir, un sitio en el que todo el mundo fue siempre feliz, como preconizan actualmente algunos nacionalismos peninsulares en la parte que les toca? (menos el español, que siempre pensó que los Picos de Europa resultaban como más masculinos). En efecto, los Pirineos, en cuanto parte de España, pueden considerarse un Nuevo Edén, pero lamentablemente aquellos que los habitaban no estaban satisfechos con lo adquirido y querían más, siempre más, todo con tal de poder atizarse con los habitantes de otras tierras. Sin embargo, había dos motivos que justificaban parcialmente al menos el ansia aragonesa por nuevas tierras: en primer lugar la Lebensraum ya mencionada. En el Pirineo aragonés los hombres, además de batallar, también demostraban su masculinidad procreando hijos y más hijos, que al crecer se convertían en hombres y tenían más hijos, y más, cada vez más... Aquello, al final, parecía la India y de alguna manera había que repartir a los hijos en nuevos territorios. Pero además de esto, había algo aún más importante: el agua.
Muchos de Ustedes, indudablemente, se preguntarán de dónde viene la pasión aragonesa por el agua. En apariencia, los aragoneses son gente que bebe agua, muchísima agua, tanta que no quieren compartirla con los demás. Tal vez esto sea cierto (en mi caso, en mis últimas visitas a estas tierras menudeaba más el vino que el agua, aunque tal vez estuviera adulterado), pero tampoco beben lo suficiente, en cualquier caso, pues en el Ebro sigue quedando agua. Cualquier persona que pase por Aragón se dará cuenta enseguida de que esta agua no ha sido muy bien aprovechada para crear regadíos, hasta el momento. Esto tampoco tiene importancia, pues hay razones sentimentales (aquí queríamos llegar), históricas y culturales que han creado una relación sinbiótica e irrompible entre los aragoneses y el Ebro. Todo esto son paparruchadas, me dirán; naturalmente, pero si otros tienen Rh positivo me concederán que los aragoneses también tienen derecho a sus pequeños vicios patrióticos. Y además, es preciso inquirir que la falacia del Ebro tiene una pequeña parte de razón histérica.
Desde sus inicios, los reyes aragoneses se marcan como objetivo hacer progresar sus tierras buscando la desembocadura del Ebro. El río es visto como eje de la región y centro de la vida de los aragoneses, y se considera consecuencia lógica de su expansión la llegada al mar (ya saben, el comercio, la riqueza) a través del Ebro. Con tal fin, todos los reyes aragoneses buscan incesantemente la conquista de las tierras colindantes con el Ebro (que por otro lado eran las únicas habitables, porque si no ya me dirán), aparcando totalmente cualquier otro objetivo. Con la unión con Navarra, que queda supeditada a la política aragonesa durante todos estos años, el interés por llegar a Tortosa se acrecienta, pues la porción de río controlada por los aragoneses es mayor. El objetivo finalmente fracasó (hagamos un poco más de victimismo) "por culpa de los catalanes", de los castellanos, de Jaime I y, si me apuran, del felipismo, pero los sucesores de Pedro I lo intentaron a destajo. Vean si no me creen el siguiente capítulo, Alfonso I el Batallador o "Alfonso I, el Cornudo Apaleado".
Histeria de España
Capítulo LXXIX: Alfonso I, el Cornudo Apaleado
Cuando muere Pedro I lo hace, cosa extraña vista la fertilidad de sus súbditos, sin dejar descendencia. Como Aragón seguía teniendo sed, se nombra rey a su hermano, Alfonso I, que la historia conocerá con el sobrenombre de "El Batallador". Afortunadamente, Sancho I Ramírez sí que había cumplido con el cupo aragonés de natalidad, con lo que la sucesión quedó asegurada. En este caso, hay que concluir que para bien, pues El Batallador hizo honor a su nombre y se pasó toda la vida atizándose con los almorávides para conquistar más territorios. El tío tenía una sed que no veas, y sus súbditos no le iban a la zaga. En sus treinta años de reinado (1104 - 1134) dobló los territorios aragoneses, posibilitando que, por primera vez en mucho tiempo, sus súbditos tuvieran el suficiente espacio vital para solazarse. El Batallador conquistó Zaragoza, pudiendo, por fin, beber en las aguas del Ebro y cargándose la taifa del mismo nombre, con lo que amplió considerablemente sus tierras, de tal forma que, con Alfonso I, Aragón abarca más o menos los territorios actuales
Sin embargo, el tío tenía aún más sed, y en sus cuitas con los almorávides llegó a intentar conquistas que en principio se antojan absurdas, como Granada; cómo se ve que Ustedes no han visto el inmenso caudal del río Genil, ni las nevadas montañas de Sierra Nevada, pensaría el Batallador al intentar la conquista. Sin embargo, y como era de esperar rodeado de territorio enemigo por los cuatro costados, la cosa no fue demasiado bien, y al hombre le esperaba un largo camino de vuelta hasta el Ebro, sin poder beber ni nada, así que adoptó una solución drástica: en lugar de subir, bajó aún más, hasta Velez-Málaga, donde tomó posesión (simbólicamente) del Mediterráneo, viejo sueño de todos los reyes peninsulares y sueño perverso del Batallador, porque ¿se imaginan la de agua que había allí? Una vez se hizo la foto y ya se pudo tirar el prurito de conquistador del Mediterráneo, y tras comprobar que, después de todo, el agua salada no era para tanto, Alfonso I, su sed momentáneamente apagada, se volvió a sus tierras, que siguió extendiendo, hasta que en 1134, intentando la conquista de Fraga, muere y deja un bonito problema sucesorio a los notables del Reino.
¡Un momento! ¿A santo de qué venía aquello de "El Cornudo Apaleado"? ¿No creerán Ustedes que yo, incauto lector, he llegado hasta aquí para leer tonterías de batallas y demás? Si yo he pinchado compulsivamente en este capítulo ha sido por la promesa del Bien Preciado, aún más que el agua. Un capítulo titulado así debería contener picardías de alguna clase. En efecto, pero quería obligarles a leer lo demás. Allá van: el Batallador, siempre ansioso de nuevas tierras, concertó un matrimonio con Urraca, que por entonces era reina de Castilla, uniendo bajo su égida ambos reinos. Alfonso I se las prometía muy felices, pues siendo él el Macho del matrimonio era indudable que acabaría llevando la voz cantante. El tío ya se veía batallando por aquí, batallando por allá, y bebiendo cada vez más agua. Pero no sopesó lo suficiente que en España ser un Macho no es sólo atizar a diestro y siniestro, sino también cumplir con holgura en los verdaderos momentos importantes. Alfonso I se dedicó a batallar pero descuidó sus deberes matrimoniales, de suerte que su flamante esposa, la sin par Urraca, "no tuvo más remedio" que buscar sustitutivos.
¡Y vaya si los buscó! Esta mujer era el equivalente en el imaginario popular a un Macho, esto es, una puta de mucho cuidado, que se acostaba con unos y con otros, en la Corte y fuera de ella. A la chica le iba la marcha, pero en un sentido muy distinto al del Batallador, cuyas victorias quedaban enormemente minimizadas ante las derrotas que diariamente le infligían múltiples enemigos en la cama. Al final, el hombre acabó harto de la cuestión, e incapaz de sublimar su deseo sexual únicamente pegando mandobles a los moros, pidió la nulidad del matrimonio a la Iglesia, lo cual, sustanciosa donación mediante, le fue concedido, así que cada uno a su casa y Dios en la de todos. Pero quizás con esto no tengan suficiente para entender la compleja personalidad del Batallador, así que lo completaremos en el capítulo siguiente: "El fantasma del separatismo recorre Aragón".
Histeria de España
Capítulo LXXX: El fantasma del separatismo recorre Aragón
Alfonso I el Batallador, como Ustedes ya habrán adivinado, tenía un acendrado trauma psicosexual. El Batallador intentaba sublimarlo mediante estocadas a los enemigos musulmanes, asiendo con ambas manos fuertemente su espada, sustitutivo del falo que nunca tuvo para poseer mujer alguna, lo que le hizo buscar también consuelo de esta ausencia castrante en sus compañeros de fatiga. El Batallador vengaba los continuos engaños y vejaciones a que era sometido por su mujer en los enemigos musulmanes, a los que violaba a espadazos. Item más: el paciente intentaba olvidar con una vida nómada y luchadora sus deseos evidentes de haber matado, en su momento, al Padre, Sancho I Ramírez, a quien odiaba por acostarse asiduamente con la madre del Batallador (y con muchas otras que podrían haberlo sido también, dicho sea de paso).
Mucho se ha escrito sobre la presunta homosexualidad de Alfonso I el Batallador; mejor dicho, no se ha escrito apenas nada, pero no nos importa, para eso estamos: el Batallador no sólo buscaba consuelo en el fragor de la batalla de sus desventuras sexuales, sino que, con el tiempo, lo encontró: la pasión guerrera, el polvo del camino, el sudor, los torsos relucientes al sol empuñando espadas, ... Aquello parecía un gimnasio pero de los antiguos, y al final el hombre, sin duda, acabó cayendo en el desviacionismo contra natura de la sodomía, con amigos y enemigos, sin cesar, en el campo de batalla y fuera de él.
Por eso no es de extrañarnos que el loco del Batallador, en su testamento, decidiera donar los reinos de Aragón y Navarra ¡a las órdenes militares! Sí, sí, como lo oyen; muerto sin descendencia, Alfonso I decidió que las órdenes militares, en última instancia la Iglesia, eran depositarias de las esencias de Aragón. ¿Qué oscuros vínculos emocionales mantenía el Batallador con dichas órdenes militares? Sí, bueno, un señor apodado "El Batallador" en principio debería llevarse muy bien con este tipo de organizaciones, pero, pensamos, debería haber algo más, un conjunto de secretos compartidos en la intimidad del monasterio, del castillo; momentos de especial sintonía entre el Rey y sus soldados, todos de uniforme; una oportunidad de saciar una sed atávica distinta a la que en él era habitual. Que el Batallador era un mariconazo que no veas, vamos.
Dicho esto, podemos imaginarnos cómo reaccionaron los nobles a un testamento tan peculiar. El grito unánime de los nobles aragoneses fue: "Aragón antes sediento que roto", y se afanaron en buscar un nuevo rey que mantuviera unidos sus territorios. Pero los navarros, que ya comenzaban a hartarse del centralismo maño, que aplastaba sus costumbres y su cultura, y sobre todo, les dejaba sin territorios, pues todas las conquistas pasaban a engrosar el reino aragonés, decidieron nombrar sucesor por su cuenta. El elegido fue García Ramírez, a quien el pueblo, con buen tino, apodó el Restaurador; ocioso es aclarar que el Restaurador no se dedicaba a montar chiringuitos en la playa ni tabernas en el País Vasco, pero por si acaso lo hacemos.
Dejemos a Aragón y sus cuitas por unos momentos para continuar con Navarra: como pueden Ustedes imaginarse, la situación del Reino no era especialmente envidiable, pues la senda de la Reconquista había sido ya totalmente clausurada por las conquistas de castellanos y aragoneses. Navarra se había convertido en una isleta en medio de la Península, sin posibilidad alguna de expandirse ante reinos que comenzaban a ser considerablemente más poderosos que el reino navarro. Resulta, en cierto sentido, irónico que el reino - fuente de todos en época de Sancho III el Mayor acabara postergado así, pero España tiene estas cosas, señores. ¿Cómo se las arreglarían el Restaurador y sus sucesores para sobrevivir en este estado? Veámoslo en el siguiente capítulo, "Decadencia del Pensamiento Navarro".
Histeria de España
Capítulo LXXXI: Decadencia del Pensamiento Navarro
García Ramírez el Restaurador (1134 - 1150) tuvo considerables problemas para mantener la independencia de sus menguadas tierras. El expansionismo castellano se dirigía a todas partes, y echó sus ojos sobre La Rioja; en condiciones normales, unos navarros que habían seguido durante años los preceptos aragoneses de la Sed no se habrían dejado arrebatar esas tierras, plenas de vino y surcadas por el río Ebro, pero Navarra ya no era lo que había sido antes y ante la amenaza de desaparecer como reino García Ramírez se alía con Portugal, reino pujante de nuevo cuño surgido al amparo de las posesiones leonesas al sur de Galicia (es decir, que Portugal es también España), y consigue mantener el conflicto con los castellanos en un impasse, preservando la mayor parte de Navarra de las acometidas de los habitantes del páramo mesetario.
La guerra acabó de forma típicamente española: con una doble boda, la del heredero castellano de Alfonso VII el Emperador, Sancho III, con la Elefanta Blanca de Navarra, por un lado, y el heredero navarro, Sancho VI, con la Elefanta Sancha de Castilla. Pero no se preocupen, que nuestra Histeria no se va a convertir en una especie de crónica rosa; si les he puesto los nombres es para que vean la absoluta falta de originalidad de nuestros reyes, llamando a sus hijos Sancho a diestro y siniestro (bueno, por eso y también para poder escribir dos veces "Elefanta", que uno no es de piedra).
Así que el Restaurador, asentado su reino una vez extirpada la grasa, los michelines sobrantes de La Rioja, puede morir tranquilo y le encomienda el mando a su hijo Sancho VI el Sabio (1150 - 1194), que como su sobrenombre indica era un hombre muy culto. La verdad, en la postergación en que se encontraba su reino no le quedaba más remedio que ser culto, pues en cuanto a conquistar, lo que se dice conquistar, no había mucho. Ya hemos relatado que Navarra queda encajonada entre Castilla y Aragón, sin posibilidad de crecer en territorios si no era a costa de otros reinos cristianos, lo cual, dada la enorme divergencia de potencial entre Navarra y los cada vez más grandes y más sedientos reinos vecinos, no resultaba realista.
En estas condiciones, no nos extraña que Sancho VI se dedicara, aburrido en su castillo, a escuchar a intelectuales orgánicos que le interesaban por las artes y la cultura, a leer e incluso a escribir, a perder el tiempo en vez de matar enemigos, vaya. Pero tampoco perdió totalmente el tiempo en sus 44 años de reinado; dado que no tenía más territorios que rascar, se dedicó a cuidar los que ya tenía, particularmente los territorios vascos, esto es, Álava y Guipúzcoa, que tras siglos y siglos de cultura vasca seguían como los vascones deseaban: igual que muchos siglos atrás. Así que Sancho VI decide volcarse con estas gentes dejadas de la mano de Dios y funda Vitoria para estructurar el territorio alavés, concede una serie de privilegios a San Sebastián que, siglos después, continúan de radiante actualidad (pues siguen vigentes en el aspecto, extendido a todo el País Vasco, de no pagar impuestos) y repobla tanto Álava como Guipúzcoa con gentes venidas de otros lugares de la Península que esperemos que a estas alturas ya hayan conseguido integrarse, sin que se les mire de forma sospechosa.
Al morir el Sabio, sube al trono su hijo Sancho VII "El Fuerte", que devolvería a Navarra su grandeza, tras las veleidades intelectuales de Sancho VI, de la única manera posible: a mandobles: "Vivan las cadenas"
Histeria de España
Capítulo LXXXII: Vivan las cadenas
El sucesor de Sancho VI el Sabio dio una vuelta de tuerca al destino de Navarra, que podría haber vuelto a ser lo que siempre fue: una tierra de machos duros como el pedernal y deseosos de atizarse con el que se les pusiera por delante, esto es: tierra española. Sancho VII (1194 - 1234), llamado el Fuerte, bien pronto demostró lo Fuerte que era poniéndose a la labor y atizándose con todo aquél que se cruzara en su camino. Buenos augurios que, lamentablemente, acabaron por no confirmarse, pues el Fuerte fue el canto del cisne del Reino de Navarra.
Era tan Fuerte Sancho VII que, aburrido de no poder expandir sus territorios en España, se había decidido a hacer alta política allende sus tierras, en Francia, donde estaba ayudando a su hermana Berenguela (mujer de Ricardo Corazón de León; ¡ahí queda eso!) de los ataques de un montón de melindrosos, desagradables y ateos franceses que querían arrebatar las tierras de Corazón de León en el Continente, aprovechando sin duda que el gran rey de Inglaterra se había apuntado a algún show anti musulmán en Palestina. Todo un hombre, este Ricardo, cualquiera diría que era español, no en vano siempre fue buen amigo del Capitán Trueno (y ya sabemos que, por desgracia, el Capitán es un personaje de ficción, pero Ricardo Corazón de León como si lo fuera, así que quedamos en paz).
Pero Sancho VII pudo estar poco tiempo en Francia, pues sus obligaciones y pactos de familia con Alfonso VIII de Castilla le obligaron a acudir a la Península para ayudar a los castellanos en su última batalla con los almohades, Alarcos (1198), en donde, como era previsible, los castellanos cosecharon una estrepitosa derrota. Sancho VII el Fuerte, que se entretuvo demasiado haciendo pesas en su castillo, no llegó a tiempo a la batalla, con lo que Alfonso VIII, en plan vengativo, le declaró la guerra, sitió Vitoria y añadió Guipúzcoa a sus dominios (año 1200).
La conquista de Guipúzcoa, contrariamente a lo que podría pensarse de una disputa entre castellanos y vascos, fue pacífica, y de hecho se limitó a la aceptación por parte de Alfonso VIII de una serie de fueros y prerrogativas guipuzcoanas. Como ven, no hay nada nuevo bajo el sol, y a la hora de la verdad hasta el vasco más vasco, con el Rh más negativo y que si fuera negro hablaría euskera también, decide plegarse a componendas con los españolazos si sus condiciones económicas son buenas. Alfonso VIII, después de firmar el tratado, se dio un paseo por sus nuevas posesiones, se bañó en la playa de la Contxa, se sentó en un Txiringuito del paseo marítimo de San Sebastián donde tomó unos pintxos y unos txikitos y, satisfecho de que gracias a él la x y la k tuvieran razón de ser en sus territorios, se caló su nueva txapela y se marchó, para no volver, al igual que tampoco lo harían sus sucesores hasta Isabel II, pues el contrato fue altamente satisfactorio por ambas partes: unos (los vascos) trabajaban y se dedicaban a cosas raras como el comercio y otros (los castellanos) no recaudaban impuestos.
La guerra, mientras tanto, había llegado a un impasse. Quiere esto decir que después de robar el País Vasco, a los castellanos no les quedaba mucha Navarra que expoliar. Por su parte, Sancho VII se sentía cada vez más Fuerte, pero su reino era cada vez más pequeño. Así que ambos, percatándose mutuamente de lo español que era el otro arreglaron sus disputas y llegaron a un pacto tripartito en compañía de Pedro II de Aragón y Cataluña: a partir de ese momento, "habrían montonadas de hostias", pero no entre ellos, sino contra los musulmanes. Hablamos, claro, de la gran batalla de Navas de Tolosa, que fue al mismo tiempo la cúspide y el ocaso de Navarra: "Navarra pierde su identidad a manos del imperialismo francés".
Histeria de España
Capítulo LXXXIII: Navarra pierde su identidad a manos del imperialismo francés
Quizás a Ustedes les haya resultado un tanto extraño que en el anterior capítulo no mentáramos a las famosas Cadenas por ningún lado; lo confesamos, nos pilló el toro de la Histeria, pero ahora arreglaremos el desaguisado: en Navas de Tolosa Navarra aporta 30.000 soldados, 30.000 recios pirenaicos que se hacían dos tablas de abdominales, siguiendo el ejemplo del Fuerte, todos los días. 30.000 navarros que contribuyeron a la épica victoria como el que más, particularmente su rey Sancho VII quien haciendo honor a su nombre, una vez rotas las líneas almohades se acerca a la tienda del Miramamolín (con este ridículo nombre se designaba al jefe de los integristas musulmanes), rodeada de cadenas, y rompe dichas cadenas a hachazos, preservándolas como trofeo de guerra.
Las cadenas se añadieron al escudo de Navarra, convirtiéndose en el símbolo de la región y de la valentía de su rey Sancho VII, quien, años después, en el retiro de su castillo, aún se estaba preguntando cómo era posible que habiendo aportado él 30.000 soldados para las Navas de Tolosa sus únicas ganancias visibles de la victoria fueran dichas cadenas, que no eran de oro ni nada; ni territorios, ni riquezas, ni prebendas sacó Sancho VII de su contribución a la victoria, engrosando el amplio memorial de agravios de las gentes del Norte contra estos aprovechados castellanos, que en la práctica, como veremos dentro de unos 30 capítulos, fueron los grandes beneficiarios del evento.
El Fuerte, como le había ocurrido ya a varios reyes españoles, no había tenido tiempo o ganas en sus 40 años de reinado a procrear, pues, como algunos amantes de los gimnasios, previsiblemente tenía otras cosas en las que interesarse. Así que en su testamento, siguiendo la bella tradición de amor - odio con la Corona de Aragón, ordena que se nombre Rey de Navarra al rey de Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca (y así no se me enfada nadie), Jaime I, inteligente medida que habría preservado, en la estructura de federalismo asimétrico de la Corona de Aragón, la autonomía de Navarra y habría permitido, además, compensar en alguna medida el desequilibrio de poder de la Península Ibérica que entonces comenzaba a ser palmario a favor de Castilla.
Era, como decimos, una decisión muy inteligente, y tal vez por ello los nobles navarros decidieron que preservaría mucho mejor la cultura y las tradiciones navarras un sobrino de Sancho VII, Conde de Champaña, que bien pronto pondría Navarra al servicio de la Corona francesa, de tal forma que Navarra no sólo perdió su independencia sino que se convirtió en una especie de "Département Sud - Ouest" francés en el que tenían su asiento las arribistas dinastías de Evreux y Foix. Lamentable final para un reino que tanto se había distinguido por su españolidad. Por suerte, trescientos años después Fernando el Católico la recupera, completando la indiscutible, inmarcesible y preservada por el Ejército unidad de España, pero mientras tanto Navarra sufriría la bota francesa en todo su hedor, lo que, por otro lado, al menos nos permite terminar aquí otra línea dinástica, con lo que en el siguiente capítulo volvemos de nuevo a Aragón: "Ramiro II el Monje de Aragón".
Histeria de España
Capítulo LXXXIV: Ramiro II el Monje de Aragón
Puede decirse que aunque Sancho I Ramírez había acreditado en repetidas ocasiones su condición masculina, con sus hijos debía haber algún problema; Pedro I, como recordarán, había muerto sin descendencia; lo mismo ocurría con Alfonso I El Batallador, quien sublimaba su pasión sexual insatisfecha mediante los mandobles y el fervor secreto en las paredes de los castillos y fortalezas. Pues bien, cuando muere El Batallador los nobles aragoneses, que desde luego no tenían ni la menor intención de hacer caso a su testamento y convertir Aragón en una especie de tierra de promisión para cruzados de baja estofa de las órdenes militares, se ponen a buscar a un sustituto plausible de Alfonso I y no se les ocurre nada mejor que poner sus ojos en el tercer hijo de Sancho I Ramírez, Ramiro, quien para más inri había profesado el sacerdocio y tuvieron que sacarlo del monasterio.
Esto cada vez es más sospechoso; el primer vástago de Sancho I Ramírez muere sin hijos, el segundo también y con un acreditado historial de incompatibilidades femeninas a sus espaldas, y cuando llega el tercero el pueblo lo apoda rápidamente "El Monje". ¿Se dan Ustedes cuenta? ¡Aragón, mitad monje, mitad soldado! Sin embargo, el Monje demostró que los monasterios, al menos en la época medieval, no tenían por qué estar clausurados a una única -y heterodoxa- concepción de la hombría, como quizás sea el caso ahora, y a lo largo de su reinado (1134 - 1137) tuvo ocasión de alumbrar a una hermosa niñita.
Pero su corto periplo de mando comenzó con un sinnúmero de dificultades; en primer lugar, la Iglesia, siempre preocupada por las desventuras de sus fieles, no dejaba de hacer notar que según rezaba en el testamento de El Batallador era ésta, a través de las órdenes militares, la dueña de Aragón, y a ver qué hacía el Monje renegado este pretendiendo aspirar al trono. Sin embargo Ramiro II, investido de muy buenas razones aliñadas en kilos y kilos de oro, consigue hacer llegar al papado sus hondas razones de preocupación por la firmeza de la fe en Aragón y se postula como candidato para limpiar los corazones de sus súbditos de impurezas. La Iglesia, una vez puestas a buen recaudo en el Banco Ambrosiano de entonces las donaciones de Ramiro, se aviene a razones y le anula los votos eclesiásticos para que pueda gobernar y tener hijos (bueno, esto último, habida cuenta de las costumbres del Papado en la Edad Media, casi suena a cachondeo).
Pero no acabaron aquí los problemas de Ramiro II; los mismos nobles que habían apoyado su llegada al trono se dedican, una vez investido rey, a pasar ostensiblemente de los mandatos de Ramiro II, a quien tenían como una especie de payaso totalmente inepto para gobernar, con lo que se dedicaron impunemente a cometer todo tipo de excesos en sus feudos (esto en sí no era malo, pero sí que lo hicieran de forma impune, esto es, sin la aquiescencia real). Pero Ramiro II era Monje, sí, pero eso no quiere decir que no los tuviera bien puestos. El hombre le envía un emisario a su maestro eclesiástico, retirado en un monasterio allende los Pirineos, pidiéndole consejo para hacer frente a esta situación y el Maestro, en plan críptico, sale al huerto del monasterio y golpea con un palo las lechugas del huerto hasta hacerlas caer de sus soportes. El emisario vuelve y le cuenta a Ramiro II tamaña estupidez, pero Ramiro II, más versado que el mensajero (y que nosotros) en las artes de la interpretación, está en condiciones de asegurar a los súbditos, al igual que años después haría Felipe González, que ha entendido el mensaje. Reúne a los nobles más significados en la catedral de Huesca, pues quería mostrarles "una campana que sonaría más alto que cualquier otra en la Cristiandad", estos van ufanos a ver la última locura del abuelete y el hombre manda cortar las cabezas de los doce más rebeldes y con la cabeza del más malo y negatifo de todos crea un badajo un poco sui generis que se utilizará para repicar las campanas de la catedral. Justicia peculiar, lo reconocemos, pero para la época un sorprendente nuevo modo de hacer cumplir la ley (hasta el momento también se decapitaba, pero no se había pensado lo suficiente en los sorprendentes usos alternativos de una cabeza segada como Dios manda).
¡Qué duro era Ramiro II, a la hora de la verdad!, ¿no? Pues no se vayan todavía, aún hay más; llegó el momento que todos Ustedes (y miles de buscadores porno de Internet) estaban esperando: "Ramón Berenguer IV, el Pederasta".
Histeria de España
Capítulo LXXXV: Ramón Berenguer IV, el Pederasta
Una vez pacificado el reino de Aragón en plan expeditivo, Ramiro II el Monje puede dedicarse a esa actividad tan habitual entre sus súbditos y que, sin embargo, se había hecho tan cara de ver para los reyes de Aragón: procrear, tener hijos, objetivo que milagrosamente (no en vano el Monje venía de donde venía) llega a buen puerto con el alumbramiento de una hija, Petronila, con su esposa Inés de Poitiers. La sucesión en el reino estaba más o menos asegurada, así que el Monje concierta el matrimonio, por poderes, claro, de su querido bebé con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV y se retira a un monasterio a meditar.
Estudios posteriores de dicho monasterio (San Pedro el Viejo) han permitido dilucidar a qué meditaciones se dedicó el Monje en su vuelta a los orígenes. El monasterio está trufado de hermosos bajorrelieves y estatuas de doncellas impúdicas semidesnudas danzando, figurillas satíricas enarbolando enormes falos, historias picantes en los lugares más insospechados del edificio, ... en verdad podemos decir que el Monje le había cogido gusto a esto de procrear, o al menos a lo que procrear suele llevar aparejado, y es de suponer que a lo largo de los veinte años que vivió "retirado" en el monasterio el hombre se lo pasaría bien, recordando sus tiempos gloriosos en los que segaba cabezas.
Su sucesor no le iba a la zaga; Ramón Berenguer IV (1131 - 1162) se casó, como hemos dicho, por poderes con Petronila, convirtiéndose con el enlace en rey de Cataluña y Aragón. Según reza la Historia, al llegar a sus nuevos dominios aragoneses el rey cogió a Petronila, su supuesta esposa, en brazos y tiernamente dijo algo así como "tan pequeña y vale un reino". Lo que no dice la Historia es la expresión libidinosa que ponía el tío mientras sostenía temblorosamente a su flamante y balbuciente esposa. Porque lo único que ha quedado claro es que el Pederasta, como su propio sobrenombre indica, era un pervertido de armas tomar; de entre las variadas perversiones sexuales que hay en el mercado (zoofilia, orinismo, necrofilia, sodomía y otras muchas que también nos darían visitas de los buscadores de Internet), Ramón Berenguer IV se decantó por la pederastia, que era además la que más beneficios visibles le pudo reportar. Durante unos años Ramón Berenguer IV aguanta su pasión sexual (se supone) hasta que Petronila cumple los 13 años y entonces el rey de Cataluña y Aragón hace caer sobre ella todo el peso de su cristianamente acumulado fervor sexual. La marea de hijos inherente al reino de Aragón estaba garantizada gracias al poderío catalán.
Porque fue esta unión, la de Cataluña y Aragón, una unión de conveniencia que resultó muy positiva para ambos reinos, pues Aragón aportó la fuerza de sus armas y su sentido vital de la existencia (conquistar, matar, expoliar, beber un rato y vuelta a empezar), mientras los catalanes aportaron su seny, que viene a ser más o menos tomarse las cosas con más moderación que sus contemporáneos y buscar la riqueza no sólo en las guerras sino también en el comercio y el trabajo, características que siempre han contribuido a que desde otras partes de la Península se les mire con un poco de reconvención. La unión salió bien, y la Corona de Aragón no sólo llegó a altas cotas de dominio en el mar Mediterráneo, sino que también alumbró una estructura jurídica federal muy novedosa para la época, relativamente representativa (con unas Cortes en todos los reinos de la federación que podían pedir cuentas al monarca y se situaban como balance frente al poder feudal) y que equilibró los poderes de los distintos reinos, si bien el peso de Cataluña fue progresivamente mayor. Pero todo esto lo veremos dentro de unos cuantos capítulos, pues por ahora nos interesa más seguir la línea dinástica catalano - aragonesa para ver si los sucesores del Pederasta estaban tan salidos como él: "Alfonso II tiene aún más sed".
Histeria de España
Capítulo LXXXVI: Alfonso II tiene aún más sed
El sucesor del Pederasta, Alfonso II, intentó superar la molicie sexual en la que había caído el reino durante el gobierno de su padre, que como ya saben era un pervertido, y se lanzó a la conquista de territorios, demostrando que el alma aragonesa anidaba en él. Y es que Alfonso II, como dirían los más reputados historiadores, era todo un tío.
Es más, podríamos decir que era "El Tío". Uno de esos reyes con que de vez en cuando la Providencia ha regalado a España, o a cualquiera de los miles de fragmentos que componen España. A lo largo de su reinado, Alfonso II (1162 - 1196), no sólo consiguió extenderse aún más hacia el Sur, sino que también lo hizo hacia el Norte, demostrando la vocación europeísta de la Corona de Aragón, que le llevaría a asestar espadazos por todo el continente. ¿Cómo lo hizo? Vayamos por partes. En primer lugar, vence en batalla a las temibles huestes del rey taifa de Murcia, a la que convierte en tributaria de Aragón. Los murcianos se ven obligados, para sobrevivir, a pagar grandes cantidades de oro a los catalano - aragoneses, que según cuentan las crónicas Alfonso II recibía sentado en su trono y mientras bebía grandes cantidades de agua, como diciendo a los murcianos, con cierta sorna, "¿Tenéis sed?".
El oro le permitió a Alfonso II mangonear en la política allende los Pirineos; en aquellos momentos, Francia era una amalgama de posesiones feudales poco cohesionadas en las que un aventurero con valor y astucia podría medrar bastante. Eso es lo que hizo nuestro Tío, que convierte al conde de Tolosa en vasallo de la Corona de Aragón y se queda con todas sus tierras, de tal forma que una porción importante del sur de Francia se convierte en parte de la Corona, continuando aquí la hermosa tradición de humillaciones asestadas por los catalano - aragoneses al ridículo imperialismo francés medieval. Los aragoneses, y particularmente los catalanes, comienzan a hacer oír su recia voz en el Mediterráneo, presentándose como alternativa a los mangoneantes comerciantes italianos de Venecia y Génova, que hasta ese momento lo tenían todo atado y bien atado.
Pero Alfonso II, además de estas conquistas que contribuyen a dejar patente el poderío y españolidad de la Corona de Aragón, también se ocupó de mejorar sus tierras, de forma que en las riquísimas tierras del sur de Aragón, viendo Alfonso II que por ahí era imposible encontrarse con ningún Tío en mitad del páramo, decidió implementar medidas para fomentar el crecimiento poblacional, convencido de que bastaba con meter a dos aragoneses (macho y hembra) en un cobertizo para que procreasen como conejos. Así que a Alfonso II debemos la fundación de la gigantesca y mítica ciudad de Teruel, donde, situado al lado de la estatua del Torico, el gran rey emitió un emotivo discurso a sus súbditos en que venía a decirles que vieran qué paraíso se estaba configurando alrededor de la urbe, de la que, al colocar su primera piedra, profirió, como símbolo de su fundación, la frase "Teruel Existe". Naturalmente, nadie le hizo caso, y cuando Alfonso II hablaba de la suavidad del clima, la riqueza de la tierra, el dinamismo empresarial de sus gentes, etc., los súbditos a duras penas conseguían mantener la risa. Pero, al menos, muchos de ellos se quedaron, lo cual es mucho, o al menos mucho más que ahora.
A su muerte las cosas se iban a poner un poco mal en la Corona de Aragón: "Pedro II y los albigenses".
Histeria de España
Capítulo LXXXVII: Pedro II y los albigenses
El sucesor de Alfonso II, Pedro II (1196 - 1213) continúa la política expansionista de su padre en el sur de Francia aunando los dos argumentos clásicos de los aragoneses: cama y espada. Gracias a su matrimonio con María de Montpellier se hace con la ciudad del mismo nombre y una serie de feudos franceses que contribuyen a engordar aún más la hegemonía de la Corona de Aragón en el Mediodía francés. En este sentido, llama la atención el interés por incrementar territorios hacia el Norte que manifiesta Aragón, cuando aún disponían de potencial territorio de expansión en España, a costa de los árabes. No sabemos si pesó la españolidad de los enemigos musulmanes con los que tendrían que vérselas para crecer hacia el sur, o los kilos de oro que cada mes pagaban los musulmanes a los catalano - aragoneses a cambio de dejarlos momentáneamente tranquilos, pero el caso es que durante unos años el eje de la política aragonesa se orienta, cada vez más, hacia el otro lado de los Pirineos.
Lamentablemente, Pedro II cometió varios errores que acabaron convirtiendo el sueño en pesadilla; en primer lugar, una vez asentadas sus posesiones en Francia, a Pedro II se le ocurre montar un show de coronación solemne en el Vaticano, y allí acude con una brillante comitiva. Indudablemente Pedro II no recordaba las condiciones en las que su ancestro Sancho I Ramírez se presentó en Roma, ni tampoco era muy ducho en las costumbres de la Iglesia, pero el caso es que a cambio de la coronación el Papa le impone a la Corona de Aragón un pago anual perpetuo de otros 250 mancusos, de suerte que los aragoneses acababan enterrando todo el oro que sacaban de las taifas musulmanas en tierras extranjeras, clásica costumbre española de sufrir para conseguir riquezas y posteriormente cederlas a cambio de no se sabe muy bien qué. En el caso de Pedro II, a cambio de su coronación en Roma y la adquisición del apodo "El Católico", que total, seguro que sus súbditos se habrían inventado uno mucho mejor sin cobrarle ni nada.
El segundo error de Pedro II fue presentarse en la batalla de Navas de Tolosa cuando los problemas en sus posesiones francesas eran cada vez más graves; aunque con sus 30.000 soldados su intervención es capital en la victoria, tampoco él puede aprovecharse de los frutos de la misma, pues tiene que presentarse en Francia para defender a sus súbditos albigenses de una Cruzada organizada por el Papa para acabar con ellos.
Los albigenses (el nombre viene del poblacho de Albi, en el sur de Francia) afirmaban, con una falta de vergüenza y sentimiento cristiano digno de mejor causa, que Dios no era Uno y Trino, o que el Espíritu Santo no era una paloma sino un jilguero, o vaya Usted a saber qué, cualquiera de las ridículas herejías desviacionistas que continuamente produce el cristianismo. Un pecado de tamaña categoría no podía quedar impune, opinaba el papado, que para acabar con la herejía recurre al remedio clásico: degollar. Los cruzados, al mando de Simón de Monfort, destruyen un pueblo tras otro, organizan grandes piras de fuego en las que queman a miles de albigenses (que, naturalmente, mueren en la confianza de ser acogidos por el Señor) y, en suma, devastan los territorios de la Corona de Aragón en el sur de Francia. Ante este hecho, Pedro II "El Católico" comete su último error; en lugar de pasar olímpicamente de sus súbditos albigenses, dejando que sean asesinados (a fin de cuentas, ¿no eran ellos herejes y él, transferencia mediante, "El Católico"?) para luego reconstruir los restos, le presenta batalla a los cruzados. Su ejército, debilitado por la gesta de Navas de Tolosa, no puede con el grupo de mercenarios montado por el Papa y compuesto -naturalmente- por la hez de la sociedad europea, y así Pedro II muere en batalla, quedándose el sinvergüenza de Simón de Monfort con todos los territorios franceses de la Corona de Aragón y con el heredero de la Corona, Jaime. La situación era, obviamente, muy grave, Aragón y Catalunya estaban a punto de deshidratarse. ¿Cómo saldrían del paso? Pues mucho me temo que tendrán que aguantarse otros 30 capítulos para saberlo, porque llegados a Navas de Tolosa primero es preciso que volvamos -otra vez- sobre nuestros pasos y les contemos lo que había ocurrido en Castilla en los últimos 200 años. Comenzaremos con el sucesor castellano de Sancho III El Mayor, "Fernando I el Balcánico".
Histeria de España
Capítulo LXXXVIII: Fernando I el Balcánico
Fernando I (1035 - 1065) es el último de los hijos de Sancho III el Mayor cuyo devenir histórico nos quedaba por reseñar. Recuerden que el Mayor había dividido sus posesiones entre cuatro churumbeles, que tan pronto toman posesión de sus reinos comienzan a añorar la bonanza de la Corte de su padre, el Mayor, y ansían hacerse con más territorios. Quizás habría sido una medida inteligente conseguirlos a costa de los reinos musulmanes, que por aquella época rivalizaban con los cristianos en cuanto a dispersión, pero "los caminos de un gobernante español son inescrutables", así que, como ya dijimos anteriormente, los hijos de el Mayor se atizan entre sí sin freno hasta dilucidar quién de entre ellos merecía el apelativo de "el (hijo) Mayor". Mientras Ramiro I se hace con Sobrarbe y Ribagorza, Fernando I no pierde el tiempo y se carga a García, rey de Navarra, aunque, magnánimo él, deja que sea el hijo de García, Sancho IV, quien reine en esos territorios, en lugar de apropiárselos.
Tal vez porque para Fernando I nunca hubo nada más importante en el mundo que la Familia, así, con mayúsculas, y su principal objetivo será que él o sus familiares gobernaran sobre todos aquellos a quienes consideraba sus "hermanos de raza". Por eso Fernando I pasa ostensiblemente de apropiarse de territorios musulmanes y en lugar de esto busca la confrontación con el rey de León, Bermudo III, a quien destrona en 1037 y une nuevamente Castilla y León bajo su cetro. ¿Un intento de recuperar el tiempo perdido por su padre el Mayor y crear un poderoso reino que, por fin, pudiera acometer la Reconquista con garantías?
No se engañen; bajo la fachada de admiración por el Mayor que mostraba Fernando I emergía un odio profundo al padre, una envidia por sus logros que hacían palidecer los éxitos de Fernando, un deseo de liberarse de la sombra de el Mayor, que como Ustedes comprenderán, con ese apodo, debía ser alargada. Sin embargo, la vía para conseguirlo no fue acostarse con su madre, ni conquistar aún más territorios que su padre, sino demostrar que la pasión por conquistar territorios y luego dividirlos absurdamente entre miles de hijos que a su vez comenzarían a atizarse entre sí no era privativa de el Mayor.
Por eso, en una decisión sorprendente habida cuenta de las luchas que se habían producido entre los hijos de Sancho III a la muerte de éste, Fernando I redacta un testamento que merece estar en el panteón de los antecedentes históricos del movimiento surrealista. Puesto que Fernando I era aún más fogoso que su padre en las lides sentimentales (bueno, más bien en lo que viene después -o en el verdadero objetivo, según se mire- del sentimiento) y había tenido cinco hijos, y dado que Fernando, además, mostró un talante ligeramente más liberal que el de su padre, el hombre también hace partícipes de su herencia a sus dos hijas y divide el reino en cinco partes, como si unos territorios poblados de gentes y municipios con acendrada personalidad histórica pudieran dividirse así como así, como un pastel de cumpleaños.
En efecto, en la Edad Media aquello de los "reinos" no iba mucho más allá de unas posesiones personales, intercambiables y fácilmente fragmentables, de los monarcas, con lo que Fernando, al que ahora sí podemos llamar "El Balcánico", divide su reino como sigue: a su hijo Sancho lo nombra rey de Castilla; a Alfonso, de León; a García, de Galicia; a Urraca la convierte en "soberana" de la villa de Zamora; y a Elvira, de Toro. Los resultados de tan inteligente política son los previsibles; demostrando ser auténticos nietos de Sancho III el Mayor, los hijos de Fernando I se lanzan unos contra otros para reconstruir lo que su padre había destruido: "Bellido Dolfos, el Traidor".
Histeria de España
Capítulo LXXXIX: Bellido Dolfos, el Traidor
Desde el principio es Sancho II (1065 - 1072), de entre todos los hijos de Fernando I, el que demuestra más poderío y saber hacer en las artes de la guerra. No en vano le tocó en el reparto el reino más poderoso de todos los que atesoró su padre, Castilla, que continúa forjando su leyenda de opresión y centralismo siniestro sobre todos aquellos que se le ponían a tiro, ahora y siempre. Bastaba que un castellano hablase con una persona de cualquier otro país, no necesariamente dentro de España, para que a este último se le informase de que vivía "en provincias".
Sancho II es apodado por sus contemporáneos "el Fuerte", y les podemos asegurar que el apodo tenía hondas concomitancias con su comportamiento. Al poco de morir Fernando I Sancho comienza a repartir estopa a todos sus hermanos, con una fuerza y un talante expeditivo que sólo hemos podido reconocer en los centrales leñeros argentinos (o "centrales argentinos" a secas) de más calidad. De esta forma, Sancho II reparte a sus familiares lejanos Sancho IV de Navarra y el aragonés Sancho Ramírez, como sutil entrenamiento para derrotar a su principal enemigo, Alfonso de León, al que confina en un castillo burgalés pero posteriormente, en plan magnánimo, deja que se exilie en la taifa de Toledo. García el gallego se exilia a Sevilla mientras Sancho el Fuerte expulsa a su hermana Elvira de Toro. Ya sólo quedaba Zamora para reunificar lo que el testamento del gran rey Fernando I había desunido con tanta habilidad; el sueño eterno de la "Gran Castilla" estaba al alcance de la mano.
Sin embargo, Zamora no era presa fácil. Aunque Sancho ya había manifestado en varias ocasiones su intención firme de exterminar de sus tierras a todos aquellos que no fueran castellanos de pura cepa, o precisamente por ello, los zamoranos, alentados quizás por las artes amatorias de su "reina" Urraca, oponen una fuerte resistencia durante el sitio. Hasta tal punto que un siniestro zamorano emprende una salida desesperada de los muros de la ciudad y le asesta un lanzazo a Sancho el Fuerte, matándolo de inmediato, y volviendo rápidamente sobre sus pasos entra en Zamora en loor de multitudes, como si hubiera marcado un gol de penalty injusto en el último minuto. El central leñero, Sancho II, yacía muerto sobre la áspera tierra castellana (perdonen, con estos adjetivos esto ya parece una novela de Corín Tellado), acabando nuevamente con el sueño de Castilla Una, Grande y Libre de pérfidos extranjeros.
El asesino tenía nombre y apellidos: Bellido Dolfos, apodado rápidamente, aunque no fuera rey, "El Traidor". Apodado así por los castellanos, naturalmente, pues es de suponer que en Zamora cayera mucho mejor el hombre. Puestos a tomar una decisión sobre el talante traicionero de Bellido Dolfos, y aunque asestarle un lanzazo a un genocida en ciernes como Sancho II tampoco tenía por qué ser intrísecamente malo, hay que concluir que sí que era un Traidor, con todas las letras; ¿y saben Ustedes por qué? Porque con ese nombre tan siniestro, "Bellido Dolfos", uno no se lo imagina dedicado a una profesión honrada, y sí metido en todo tipo de trapicheos. "Bellido Dolfos" es un nombre que da miedo sólo de leerlo, a mi me suena a intermediario futbolístico o algo así.
Al haber quedado Castilla sin rey, el sucesor es, curiosamente, su hermano y enemigo Alfonso VI, exiliado hasta ese momento en Toledo, reino que en breve, demostrando su capacidad política, conquistaría: "Alfonso VI conquista Toledo, cuna de la Cristiandad".
Histeria de España
Capítulo XC: Alfonso VI conquista Toledo
Como recordarán, el malvado Bellido Dolfos asesinó de mala manera al buen rey Sancho II, que total, sólo quería conquistar, matar y saquear como buen español. Pese a la magnitud de la tragedia, la vida sigue, y los castellanos tuvieron que ponerse a buscar por doquier a un nuevo rey. ¿Y qué mejor que Alfonso VI (1065 - 1109), hermano del finado, que en aquella época, privado del reino de León, se solazaba en la corte del rey taifa de Toledo?
Sin embargo, para llegar a ser rey Alfonso VI tuvo que pasar el mal trago del "Juramento de Santa Gadea" en Burgos, consistente en que, por tres veces y ante los nobles y caballeros del rey Sancho II, tuvo que jurar por sus muertos que él no había tenido nada que ver en la muerte del susodicho. Arreglado el incidente, Alfonso VI fue nombrado rey de Castilla y León, y tras otorgar a Bellido Dolfos una pensión vitalicia, una estatua ecuestre en la plaza de su pueblo y, lo más importante, un cargo público, se dispuso a gobernar con justicia y equidad a sus súbditos, en buena vecindad con los taifas musulmanes.
Por tanto, lo primero que hizo Alfonso VI fue apresar al otro hermano que quedaba por ahí pululando, García el gallego, y continuó así engordando sus territorios; lo segundo, impuso un rígido sistema de tributos a los reinos de taifas, para engrosar sus arcas y así recuperarse de la pasta que le habían costado los servicios de Bellido Dolfos.
Con el dinero sobrante, aún le dio tiempo a ofrecer a unos amigotes, Pedro Ansúrez y esposa, unas tierras yermas en mitad del páramo castellano en las que con el tiempo, sin embargo, surgirían grandes obras. Porque Pedro Ansúrez se convirtió en señor de una de las ciudades más mayestáticas que vieron los siglos, Valladolid, en aquella época un poblacho de mala muerte y que gracias a los buenos oficios de Ansúrez, y la pasta de Alfonso VI se convertiría en pocos años en una bella ciudad que albergaría a algunos de los más grandes hombres que vieron los siglos.
Tras desterrar por primera vez al Cid (1081), Alfonso VI, ansioso de nuevas victorias, agradece la hospitalidad de la taifa de Toledo conquistándola y añadiéndola a su reino. El gran rey culminaba con ello una de las más grandes victorias de la Cristiandad hasta aquella fecha y, porqué no decirlo, una de las pocas victorias de la Cristiandad sobre los malvados herejes musulmanes. Toledo era la antigua capital del Estado visigótico y una de las ciudades más importantes de la España islámica, y su reconquista por parte de un rey cristiano poseía un enorme valor simbólico (por no hablar del otro, el material): Alfonso VI demostraba, conquistando Toledo, que era casi tan bruto como sus antepasados godos, por no decir más, entre los vítores de la afición.
La verdad es que si hubiera sido un poco más avispado Alfonso VI se habría hecho en pocos años, una vez ya no quedaba ningún rey cristiano contra el que luchar, con la práctica totalidad de los reinos de taifas, pero el hombre antepuso su afán de lucro representado en los tributos que pagaban los taifas a la razón de la fe en Cristo expresada en la lucha sin cuartel con los musulmanes, y claro, Dios le castigó, en forma de reunión desesperada de los reyezuelos de las taifas, que estaban hasta los huevos de aflojar la pasta y sospechaban con su fina capacidad de análisis político que tarde o temprano Alfonso VI haría con ellos lo que acababa de hacer con Toledo. Uno esperaría que estos "reyes", cultos y refinados como eran, no tendrían ningún inconveniente en alcanzar un acuerdo de Federación de reinos de taifas, o algo así, para enfrentarse en igualdad de condiciones a los enormes ejércitos cristianos, pero recuerden que ante todo estos taifas eran españoles, por lo que cada uno decidió seguir en su cortijo particular y en lugar de unirse decidieron llamar a un grupo de salvajes del Norte de África para que los defendieran: "Llegan los Almorávides".
Histeria de España
Capítulo XCI: Llegan los almorávides
Como ya hemos indicado, al final los reinos de taifas decidieron inclinar la cerviz y llamar por la línea caliente a los almorávides, pueblo de salvajes del norte de África que se habían configurado un imperio muy apañado en el Magreb ante el derrumbamiento del califato de Bagdad, para que les defendieran de los soldados, y sobre todo de los recaudadores de impuestos, de Alfonso VI. Los taifas eran plenamente conscientes de que a la larga el ejército almorávide sería el único poder musulmán sobre la península, pero esperaban que, al menos, ellos podrían oficiar de gobernadores de paja en sus respectivos cortijos.
Pero ni eso. En 1086 tiene lugar la batalla de Sagrajas, con aplastante victoria de los almorávides frente a Alfonso VI, y el caudillo almorávide, Yusuf, apoyado por los alfaquíes (ya saben: el equivalente musulmán de los curas), no tarda en hacerse con el poder. ¿El motivo aducido? Que los taifas no seguían la estricta observancia del Corán, que se dedicaban a emborracharse, tener harenes llenos de mujeres cristianas y, aún peor, a leer y escribir de vez en cuando. Así que Yusuf, con el apoyo del clero, instaura el Corán como ley que regirá a partir de entonces los destinos de la España islámica (exactamente lo que ocurre ahora en el Islam), lo cual es recibido con gran alborozo por la población, harta de la impiedad y los excesos culturales de los taifas y deseosa de asistir a los excesos sanguinarios de los almorávides y, sobre todo, de pagar menos impuestos, lo cual estaba garantizado por las estúpidas y absurdas leyes emanadas de un texto religioso (¿está aquí la verdadera clave del integrismo islámico?).
Alfonso VI, el gran rey, había dejado pasar su gran oportunidad de hacerse de un plumazo con la práctica totalidad de España, y ahora se dedicó a remover cielo y tierra para defender sus territorios, buscando alianzas con los demás reinos peninsulares y allende el Pirineo. De hecho, consigue que el Papa promueva una Cruzada contra los almorávides, pero los caballeros cruzados francos y alemanes que vienen por estas tierras vieron que no les iban a dejar matar y saquear como es preceptivo en los hombres temerosos de Dios y, pasando de todo, se fueron a las costas levantinas a tomar el sol y coger salmonelosis; costas por entonces regidas por el Cid con mano de hierro, una vez había sido desterrado por segunda vez por Alfonso VI (1089).
Los últimos años de reinado de Alfonso VI se caracterizan por una perenne defensa del territorio frente a las acometidas almorávides, una vez desaparecidos los reinos de taifas, y un postrero fracaso en Uclés (1108), donde los cristianos pierden nuevamente la batalla y además muere Sancho, el heredero de la Corona. De tal forma que será Urraca, la hija de Alfonso VI, la que suceda a su padre en un matrimonio de conveniencia con Alfonso de Aragón cuyos pormenores ya comenzamos a relatar en anteriores episodios. Sin embargo, la época de Alfonso VI es conocida fundamentalmente por la aparición, desde lo más profundo de la civilización hispánica, de un guerrero peculiar: "El Cid (I): El mito".
Histeria de España
Capítulo XCII: El Cid (I): El mito
Cuando Alfonso VI alcanza el trono de Castilla a raíz de la desdichada muerte de su querido hermano Sancho es obligado a jurar tres veces, como ya les contamos, en la Iglesia de Santa Gadea de Burgos, que él no había tenido nada que ver en la muerte de su hermano. El encargado de dar pie a Su Majestad para que jurase fue un alférez del ejército de Castilla, Rodrigo Díaz de Vivar, llamado a grandes obras en esta Histeria. En un principio Alfonso, de corazón grande y mirada lejana, no tuvo ningún inconveniente en mantener a Rodrigo a su vera, y de hecho le encargó misiones de gran importancia para su reino, más concretamente el cobro de las parias a los musulmanes, función esta en la que los conocimientos jurídicos del Cid (del árabe Sidi = Señor), su profundo respeto por las tradiciones islámicas y, accesoriamente, su bien bruñida espada y aspecto de bestia, servían a la perfección. De hecho Alfonso VI, deseoso de tener contento a su capitán de armas, le consigue un matrimonio ventajoso con una nieta de Alfonso V de León, Doña Jimena, que aporta una cuantiosa dote al Cid con la que éste logrará erigir un poderoso ejército personal.
A los pocos años Alfonso, sin embargo, se enoja fuertemente con su súbdito, a causa probablemente de las maledicencias de la Corte (referidas al talante independiente del Cid, a la humillación que Alfonso había sufrido a manos del Cid en Santa Gadea y, no es descartable, a la incomparablemente mayor virilidad de Rodrigo respecto a su señor) y al severo correctivo al que Rodrigo Díaz de Vivar somete a un tal García Ordóñez, conde de Nájera, enemigo personal del Cid (con un encono que no volveríamos a ver hasta los tiempos de Pedro J. Ramírez con el felipismo) y favorito real.
Total que el Cid es condenado al destierro, según las rígidas leyes de la época, a saber: su castillo ha de quedar abierto a los cuatro vientos para que cualquier joven pudiera okuparlo, renunciando momentáneamente a sus tierras y viéndose obligado a abandonar el reino de Alfonso VI. Allí comienza la epopeya personal del Cid y sus mesnadas, llamados a culminar una de las más gloriosas gestas de la cristiandad contra sus enemigos.
La privilegiada inteligencia del Cid sabe ver bien pronto que nada mejor para luchar contra el Islam que hacerlo "desde dentro", aliándose con ellos frente a los antiespañoles reinos "de provincias" de Aragón y Navarra y el directamente periférico condado de Cataluña. Durante años el Cid defiende con su espada las taifas de Valencia y Zaragoza frente a los almorávides y frente a estos reinos cristianos sospechosos de ambigüedad en la fe en Cristo y que, además, pagaban mucho peor que los musulmanes. Con esta inteligente política el Cid consigue arruinar aún más a los reinos de taifas, pues habían de pagarle suculentos sueldos, evita que reinos distintos al castellano pudieran luchar eficazmente contra los almorávides y, algún día, aspirar a un territorio similar en importancia al de la verdadera cuna de la hispanidad, Castilla, crea una maniobra de diversión que obligara al poder almorávide a luchar contra dos enemigos (Castilla - León, por un lado, y los reinos de taifas protegidos por el Cid, por otro) y, en última instancia, por qué no decirlo, se crea él mismo un capitalito simbolizado por el reino musulmán de Valencia, que el Cid acaba conquistando para sí ante el impago del tributo y la sospecha fundada de que el reyezuelo local, en un ejercicio de antiespañolismo digno de mejor causa, se disponía a aliarse con los almorávides. El Cid gobernó con justicia y equidad Valencia hasta su muerte (1099), dejando un excelente recuerdo en los musulmanes, de tal forma que después de muerto sus caballeros acostumbraban a atar el cadáver del Cid a su caballo, ante lo cual las huestes islámicas huían despavoridas, no sabemos si por el olor putrefacto que emanaba del cuerpo de Rodrigo Díaz de Vivar o, acostumbrados ya los musulmanes a este olor corporal en vida del Cid (no olvidemos que estamos hablando de la Edad Media, cuando bañarse era una cosa "de maricones"), simplemente huían ante la perspectiva de tener que pagarle tributo. Con estos grandes hechos que acabamos de relatar no se extrañarán Ustedes de que el Cid trascienda todas las épocas para convertirse en una de las más grandes figuras españolas de todos los tiempos. "El Cid (II): La leyenda".
Histeria de España
Capítulo XCIII: El Cid (II): La leyenda
El Cid es uno de los principales héroes de la Histeria de España debido a las grandes hazañas que les hemos relatado en nuestro capítulo anterior. Es indudable que su valentía, pericia en la batalla y virilidad garantizan un índice de españolismo en la sangre que se sale de todos los parámetros, y por tanto, en principio, el Cid es acreedor a todas las virtudes requeridas para convertirse en parte fundamental de la simbología hispánica que revisamos en esta Histeria. Lamentablemente el Cid es también producto de una determinada concepción de España, un tanto peculiar, dominante hasta la fecha y que, según todos los indicios, no acaba de funcionar correctamente. La concepción, fundamentalmente, de que España es Castilla y viceversa, y por tanto los objetivos, historia y grandes momentos de una lo son de otra. La historia medieval de los restantes reinos no dejaría de ser algo anecdótico de unos locos de provincias que, en lugar de dedicarse al turismo y engrosar desde un principio las filas castellanas, se pusieron a hacer la guerra por su cuenta.
Por este motivo nos encontramos a personajes como el Cid, un soldado de fortuna enfrentado la mayor parte de su vida, hasta el preciso momento en que consigue para sí el Reino de Valencia, a los reinos cristianos de Aragón y Cataluña que, a continuación, es convertido en el número uno de los mitos hispánicos. Tal vez un acercamiento menos mezquino y parcial a la Historia de España, empero, nos dé la clave de la leyenda del Cid: la Historia de nuestro país es la historia desgarrada de oleadas de españoles que luchan entre sí incesantemente para demostrar que ellos son más españoles que los demás, hasta que la llegada de nuevos españoles de raíz aún más pura demuestre lo contrario. Desde esta revolucionaria óptica, el Cid pasaría a ser, en efecto, uno de los máximos símbolos de la españolidad, pues a luchar contra españoles pocos pueden ganarle.
La figura del Cid fue glosada por el oficialmente primer documento literario en lengua castellana, el "Poema de Mío Cid", sobre el cual aparecen varias teorías que han dado lugar a una apasionante discusión paleográfica. ¿A qué época pertenece el "Poema de Mío Cid"? Básicamente nos encontramos tres escuelas de pensamiento:
- La representada por el erudito Ramón Menéndez Pidal, cuyos estudios financiados por el Ministerio de Educación y Cultura dieron como resultado impepinable lo que todos sospechábamos: Pere Abad no es, como se creía, el autor del famoso Poema de Mío Cid, sino un copista posterior de la obra primigenia, que dataría de principios del siglo XII o, por qué no decirlo, de finales del XI, aún en vida del Cid. Esta teoría, sustentada por múltiples verdades científicas, biológicas, historiográficas y teológicas, además tiene una ventaja, y es acercar el "poema del Mío Cid" a la primera obra literaria en lengua francesa, la "Chanson de Roland", de similar calaña y fechada en el siglo X.
- Otra escuela de pensamiento, que llamaremos de "los pérfidos extranjeros", piensa que Pidal no decía más que tonterías y que el tal Pere Abad es el autor del poema, situado en este caso en pleno siglo XII, es decir, una bazofia de poema fundacional de la lengua castellana que no veas.
- Por último, una escuela reciente, que llamaremos de "La Página Definitiva", de hecho tan reciente que desarrolla su teoría conforme escribo estas líneas, considera que dado que el poema es obviamente una bazofia independientemente de su antigüedad, ya puestos, ¿por qué no ir más allá y darles a los malvados franceses donde más les duele? ¿Por qué no defender que el Poema del Mío Cid fue escrito en el siglo VI d.c.? Esta vuelta de tuerca podría solapar fácilmente el inconveniente de que por aquella época el Cid no había nacido, aludiendo al carácter universal, que trasciende fronteras espaciotemporales, de la leyenda del Cid, y de paso adecuaría la calidad literaria del Poema de Mío Cid a un siglo, el VII, que por ser también una bazofia resulta más adecuado.
En cualquier caso, la figura del Cid perduró, pero no podemos decir lo mismo de sus obras, pues a los pocos meses de su muerte los almorávides reconquistan Valencia, unos años antes había muerto, en batalla, su hijo, y aunque el Cid logró casar a sus hijas con buenos partidos no puede decirse que su linaje haya tenido continuidad. Tras su muerte, y la de Alfonso VI, la vida en Castilla sigue: "Una mujer al volante".
Histeria de España
Capítulo XCIV: Una mujer al volante
Escenificando la entrada efectiva de Castilla en la Modernidad, marcando distancias respecto al sórdido machismo inherente a las sociedades islámicas de Al - Andalus, y demostrando una visión de futuro que para sí querrían muchos estadistas y líderes mundiales de nuestra época, Alfonso VI nombra heredera a su hija Urraca, debido a todo lo anterior y a la desgraciada muerte del falocrático heredero inicial del trono, Sancho, en la batalla de Uclés (1108).
Rápidamente Urraca (1109 - 1126) responde a las enormes expectativas suscitadas por su ascenso al trono entre el populacho y, dando un paso de gigante en la historia de la condición femenina en España, se dedica a buscar marido a toda costa ante la evidencia de que no tenía ni la menor idea de gobernar y, de cualquier manera, tampoco le resultaba particularmente atractivo adoptar decisiones entre la hilaridad general de los aristócratas. Así que en cuanto tiene ocasión Urraca decide casarse con Alfonso el Batallador de Aragón para que su marido se dedique a gobernar mientras ella se da a la vida alegre.
Parecía un plan ideal: la voluptuosa Urraca se unía al rey de Aragón para provocar una unión de los, en ese momento, principales reinos cristianos frente al enemigo común musulmán. Pero, lamentablemente, algo salió mal. No estamos seguros de si salió mal una vez consumado el matrimonio o si éste, dada la afición de Alfonso a frecuentar gimnasios, tugurios de mala muerte y batallas absurdas plagadas de representantes del Pensamiento Gay, y la costumbre de Urraca de frecuentar, en líneas generales, a todo hombre que se le pusiese a tiro salvo su marido (es decir, "a todo hombre"), acabó dando lugar a todo tipo de habladurías que dieron por resultado una incipiente guerra civil entre los partidarios de Urraca (nobleza y clero, es decir, el principal surtidor de amantes de la Reina) y los de Alfonso (burguesía, compuesta por sufridos padres de familia con mujeres ligeras de cascos y compañeros de sauna de Alfonso a partes iguales).
Así que por quítame allá unos cuernos no pudo consumarse ni el matrimonio ni la unión de Castilla y Aragón en fecha tan temprana, con lo que miles y miles de habitantes de la Meseta tuvieron que seguir ensayando esa especial entonación con la que dicen "de provincias" para designar a un habitante de la periferia. Una vez el Papa anula el matrimonio al descubrir súbitamente que Urraca y Alfonso son primos (1114) y por tanto viven en pecado (lo cual no es totalmente exacto; ambos vivían en pecado, pero no precisamente por ser primos), Alfonso el Batallador acepta los términos de la nulidad, da una lección de madurez y se dedica a arrasar periódicamente el reino de Castilla al frente de su ejército, alegando que no podía permitir que Urraca siguiera fabricando sus armas de destrucción masiva. Por su parte, Urraca, investida nuevamente de los poderes reales, se dedica a ejercitarlos como sólo ella sabía: copulando sin freno con todo lo que se le ponía por delante. Los nobles que no estaban copulando con Urraca se dedicaban a medio independizarse en sus feudos y conspirar, promocionando a Alfonso Raimúndez, producto del primer matrimonio de Urraca con Raimundo de Borgoña (pobre hombre, lo que tuvo que sufrir), como rey de Castilla. Pero todas las comisiones negociadoras que buscaban la abdicación de la reina terminaban en su alcoba, con lo que Alfonso tuvo que esperar a la muerte de su madre para dedicarse a mangonear: "Alfonso VII, El Emperador"
Histeria de España
Capítulo XCV: Alfonso VII "El Emperador"
A Urraca, como ya hemos comentado, le sucede su hijo Alfonso, que reinará desde 1126 a 1157. Su reinado, basado en compensar los años de molicie y deshinibición sexual que caracterizaron a su madre por la vía de dar leña por doquier, es un cúmulo de despropósitos, un desastre para su reino, para los reinos circundantes y, en resumidas cuentas, para España tal y como ahora la conocemos. No es extraño, en consecuencia, que el muy fatuo se hiciera coronar con el nombre de "Emperador".
Vayamos por partes. Alfonso VII, básicamente, se da cuenta de que el poder almorávide está en continua decadencia y por tanto es un buen momento para asestar a los musulmanes un golpe definitivo. Efectivamente, Alfonso VII se pasó todos los años de crisis total en la España musulmana atizándose con los demás reyes cristianos en su conjunto, al objeto de arrebatarles territorios y, al mismo tiempo, dejar muy claro que aquí no mandaba nadie más que él. Está en continuas guerras los primeros años de su reinado con Alfonso I El Batallador, quien en un ejemplo de represión falocrática "disputaba como homosexual lo que no había logrado defender como hombre", su Honra en la cama conyugal con Urraca, madre del maromo Alfonso VII. Al morir el Batallador Alfonso de Castilla se aburre y monta el show de convertirse en "El Emperador", con el objeto de que los demás reyes, en calidad de paletos de provincias, le rindieran vasallaje, coronándose como Emperador en León en 1135, en un acto suponemos que ridículo al que asistieron todos los reyes cristianos salvo el Conde de Portugal, García Enríquez.
La respuesta de Alfonso VII a tal desafuero es la propia de un hombre ilustrado de su tiempo: declara la guerra a García Enríquez y de paso al rey de Navarra García Ramírez IV, aliado del portugués. Resultado: mientras los soldados musulmanes que quedaban por entonces en España se pasan la vida orando a Alá mientras se atizan virutas de jabugo regados con buen vino en el territorio que teóricamente defendían, imaginamos que sorprendidos ante la falta de interés de El Emperador por ellos, Alfonso VII deja el reino de Navarra reducido a la mínima expresión pero no lo asocia totalmente a su territorio, y sin embargo no tiene inconveniente en reconocer la independencia efectiva del entonces ridículo reino de Portugal, con los resultados ya conocidos: desde entonces los españoles de bien han tenido que aguantar diariamente la humillación de permitir la existencia de Portugal, país perteneciente a España "desde siempre", como demuestran múltiples razones históricas, políticas y jurídicas, por no hablar de la constatación evidente de que aunque los portugueses no sean españoles, desearían serlo (como cualquier ser humano que se precie, por otra parte).
No es hasta 1147 que Alfonso VII "El Emperador", asegurado el vasallaje de todos los reinos cristianos peninsulares (aunque para asegurarse el vasallaje haya que permitir su independencia, como en el caso de Portugal), conquista Almería, importante base naval musulmana que decide mantener contra viento y marea en una lección "de manual" de estrategia militar, pues Almería está rodeada en cientos de kilómetros a la redonda por territorio musulmán que el tío deja tal cual, pues al ser El Emperador no tiene intención de perder en la conquista de dichos kilómetros un precioso tiempo que podría dedicar, en cambio, a regalarse los oídos escuchando cómo los reyes cristianos, los reyezuelos musulmanes y el portero de su tía Crescencia le rinden vasallaje y le aseguran que él es el Emperador más masculino e Imperial al que han tenido la suerte de adorar.
Al final la historia acaba mal: llegan los almohades, como ya comentamos capítulos atrás en nuestra Histeria, y lo primero que hacen es reconquistar Almería. El Emperador, consciente de su insignificancia y decepcionado porque los almohades, además de matar a sus soldados, violar a sus mujeres y saquear su reino, no le rinden vasallaje, muere en Despeñaperros, no sin antes volver a la simpática tradición de nuestros primeros reyes de dividir el territorio entre sus hijos: León para Fernando y Castilla para Sancho. Comenzaremos por el primero: "Fernando II de León".
Histeria de España
Capítulo XCVI: Fernando II de León
Al morir Alfonso VII "El Emperador" toda la cristiandad queda imbuida de un profundo pesar y, al mismo tiempo, una honda admiración por las grandes fazañas llevadas a cabo por el Gran Rey. No cabe extrañar que sus sucesores intentaran por todos los medios hacerse acreedores a apropiarse de su legado, y tan pronto como se produce la separación de los dos reinos castellanos y leoneses se disponen a seguir la senda marcada por Alfonso VII para adquirir la Gloria Imperial. De esta forma, durante la segunda mitad del siglo XII "hubieron hondonadas de yoyah" entre ambos reinos por adquirir la supremacía política en la península, entre los aplausos del público almohade.
Dada la temprana muerte del rey de Castilla Sancho III, un año después de subir al trono, el rey de León Fernando II (1157 - 1188) se dedica a mangonear en Castilla todo lo que puede, entrando en Toledo y persiguiendo al heredero castellano, el "Rey Chico" Alfonso VIII, con objeto de capturarlo, torturarlo, encerrarlo y lo que es aún peor, conseguir que le rindiera pleitesía en la Corte leonesa como diciendo "Niño, a ver si aprendes quién es el Más Listo de la Clase". Alfonso VIII huye por los pelos y entonces Fernando II da un revolucionario giro a su política aliándose con los almohades para intentar doblegar la voluntad de Castilla, pues Fernando sentía una profunda envidia hacia los castellanos por su superior devoción al Altísimo, su impenitente salvajismo fruto de su enraizamiento con lo mejor del pensamiento jugosamente hispánico y la insultante riqueza de sus tierras, en donde los cronistas comentan que cuando las condiciones atmosféricas eran favorables se conseguían cosechas cada seis años.
Pero no crean que Fernando II entró en guerra abierta con Castilla, no; para eso ya estaban los almohades. Mientras Castilla se desangraba ante la marea islámica, Fernando miraba para otro lado, más concretamente hacia el nuevo Reino de Portugal, uno más de tantos regalitos envenenados del legado de Alfonso VII El Emperador. Aprovechándose de su superioridad moral frente a los portugueses, Fernando II logra hacerse definitivamente con la ciudad fronteriza de Badajoz, sometiéndola a vasallaje (1169). Una vez logrado un municipio más que le dijera a intervalos regulares lo cojonudo que era, Fernando se dedica a aumentar, con el mismo objetivo, la población de su reino, en estado comatoso de resultas de las batallitas del Emperador y la pervivencia de una "zona de nadie" en sus fronteras con la España islámica. Para ello, tras el fracaso de una ambiciosa política de promoción turística en el continente europeo que finalmente no cuajó ("Ven a León. Sus iglesias. Su rey, alabado sea. Que no te lo cuenten"), Fernando opta por promocionar entre sus gentes dos actividades tan típicamente hispánicas como la procreación y los movimientos masivos de población, además ambos claramente estipulados en su día por el propio Pueblo Elegido y, por tanto, por la Biblia.
Conquistar, lo que se dice conquistar, pues no conquistó mucho, pero fue alabado que no veas a lo largo de todo su reinado, desarrolló la cohesión social de sus vasallos mediante una repoblación enormemente meritoria en una época en que todas las gentes de bien entraban o bien en el convento o bien en la milicia, actividades ambas en principio poco adecuadas para fomentar el crecimiento poblacional, y puso así las bases para que en el siguiente siglo dicho pueblo, unido, ilusionado y al borde de la inanición, decidiera emigrar del rico campo leonés para ser esclavizado en Andalucía.
Mientras tanto, los almohades no paraban de atizar yoyah al común enemigo castellano, ante la pasividad de la propia Castilla, demasiado ocupada en seguir los avatares del primer culebrón al estilo venezolano de que tenemos constancia: "Infancia del rey Chico".
Histeria de España
Capítulo XCVII: Infancia del Rey Chico
Al morir Alfonso VII El Emperador, como ya hemos comentado, divide León y Castilla entre sus hijos con el objeto de que nadie en España, nunca más, se atreviera a considerarse tan Emperador como él. El Reino de Castilla le corresponde a su hijo Sancho, quien reinará para asombro y orgullo de todos los castellanos con el nombre de Sancho III.
Lamentablemente Sancho III no puedo llevar a cabo todas las grandes empresas a que el Altísimo le había destinado, y sólo le da tiempo a fundar la Orden de Calatrava para defender sus fronteras de los almohades. Si no recuerdo mal, la de Calatrava es la más antigua y la más gloriosa de las Órdenes militares españolas, y también la de mayor hondura espiritual. En efecto, la Orden de Calatrava tuvo que vérselas con el chapapote islámico durante casi setenta años, y tan grandes méritos le fueron recompensados con aún más tierras de las que luego conseguirían en los gloriosos años de rapiña que se dieron a partir del siglo XIII las órdenes de Santiago y Alcántara y la propia Orden de Calatrava.
Su fundamento espiritual y su basamento en la autoridad suprema del Rey les permitió ser unas representantes aventajadas del mundo moderno, anticipando el absolutismo y permitiendo desamortizaciones revolucionarias, en virtud de las cuales los vasallos esclavizados por las Órdenes Militares pasaron a partir del siglo XVI a ser directamente esclavizados por la mucho más acreditada autoridad real.
Lamentablemente, el Gran Rey Sancho III no pudo seguir asombrando al mundo con más decisiones de este cariz, altamente beneficiosas para sus súbditos, y murió en 1158, dejando Castilla bajo la autoridad nominal de Alfonso VIII, un niño de tres años sometido a continuas disputas entre dos familias reales, los Lara y los Castro, que porfiaban por ostentar la tutela del niño. Tales peleas, reflejo y testimonio de dos políticas radicalmente distintas de desarrollar las tierras, riquezas y población castellanas ("Todo el poder para los Lara" y "Todo el poder para los Castro"), generaron dos efectos perversos; en el inconsciente colectivo español, por un lado (lo pernicioso del divorcio como síntoma de disolución moral de la sociedad), y en la propia personalidad del rey Alfonso VIII como principal afectado por los hechos, quien no sólo tuvo que sufrir la ausencia temprana de su padre Sancho, y suponemos también de su madre, con las perniciosas consecuencias para su salud mental que cabría esperar (pues ya no pudo matar a su padre ni acostarse con su madre), ya bien patentes tras su coronación, a los 14 años, sino que tuvo que sufrir los continuos vaivenes afectivos de intercambiar padres adoptivos con casi mayor frecuencia que los hijos de divorciados en nuestro moderno mundo ("Mira Alfonsito, mamá Lara te ha regalado una suscripción al Nacional Geographic", "Toma, ricura, la tiíta Castro te ha traído unas golosinas", "¿Verdad que quieres más a papá Castro que a padrastro Lara?", "¿A quién le caerá un puesto de Primer Ministro cuando jures la coronación?", "¿A que los Castro nunca te habían llevado de putillas para celebrar tu cumpleaños, cariño?").
Bien pronto, tras el obligado trámite iniciático de cualquier rey español que se precie, la imposición de un mote de simpático sabor popular (el pobre Alfonso VIII fue denominado rápidamente "El rey chico", se supone que porque a tan corta edad demostró amplias luces, aunque no serían descartables otras interpretaciones en principio más evidentes, como su corta edad, su corta estatura, su cortedad de luces, e incluso sus dificultades, heredadas de sus taras psicológicas, en el plano sexual), Alfonso VIII se dispuso a recuperar el tiempo perdido durante su infancia, así que… ¡Decapitó a los Castro, a los Lara, y fornicó sin freno con todo lo que se ponía por delante! No, hombre, no hizo esto (al menos, que nosotros sepamos), sino que enfocó sus frustraciones por el mismo camino por que siempre lo han hecho nuestros monarcas: el fervor religioso como vía de salvación, y su aplicación práctica, el uso de la fuerza al más puro estilo de la Coalición Humanitaria: "Chapapote ibérico".
Histeria de España
Capítulo CIV: Jaime I el Conquistador: la pulsión sexual
Allá por el capítulo 87 de esta Histeria habíamos dejado al pobre Pedro II muerto en su vana defensa de sus súbditos albigenses, y su único hijo, Jaime, por aquella época un tierno infante de apenas cinco años, había caído en manos de Simón de Monfort, el malvado cruzado francés que ya había robado las tierras de la Corona de Aragón en el sur de Francia y ahora poseía al heredero de los territorios peninsulares. Ufano, Simón de Monfort intentó aprovechar la coyuntura para quedarse con todo el cotarro, pero los catalanoaragoneses le dejaron bien clarito que lo de quedarse con territorios no españoles vale (total, ellos se lo pierden), pero hollar con su sucia pezuña el virginal territorio netamente ibérico, ni pensarlo.
Así que, en venganza, el siniestro, indigno, sucio, masónico, pervertido y, en resumidas cuentas, no – español Simón de Monfort, tardó más de un año en soltar al infante, merced a la presión del Papa (sí, el mismo Papa que poco antes le había encargado destruir a los albigenses), y cuando lo hizo Jaime fue tutelado hasta la mayoría de edad por la orden de los Templarios.
Ya saben, los siniestros Templarios. Esa orden esotérica, misteriosa, siniestra, indigna, etc., en resumen, no – española, que debido a sus sucias prácticas consiguió acumular una enorme fortuna hasta que, a causa de sus pecados, fue disuelta al alimón por el Papado y el Rey de Francia (quienes se quedaron con toda la pasta para evitar que cayera en malas manos). La educación de Jaime, en manos de estos siniestros extranjeros, suscitó todo tipo de rumores y comentarios entre el populacho, fundamentalmente para decidir, vieja tradición hispánica, cómo motejarle. ¿Era Jaime un mago instruido por los Templarios y, en consecuencia, Jaime el Hechicero? ¿Era Jaime un mariconaso que no veas y, en consecuencia, Jaime el Mariconsón? ¿Qué era Jaime?
Las dudas proliferaban por los magnos territorios de la Corona de Aragón, y ya se sabe lo que ocurre cuando los buenos súbditos dudan de la masculinidad del amo, es decir, de todo lo que en el amo lo constituye como tal (amo) en un país como España: los nobles se rebelaron, dando ocasión al joven Jaime de resolver de un plumazo todas las cuitas respecto de su innata condición hispánica: Jaime se puso a repartir chapapote que no veas, dejando bien clarito a los nobles que aquí mandaba él y nada más que él.
Y para que no cupieran dudas de la otra vertiente de su masculinidad, Jaime se casa en 1221 con Leonor de Castilla, con la que tiene un hijo, Alfonso, muerto en 1260 (en aquella época no había aún presentadoras de Telediario a las que inseminar, así que las nobles de toda condición se encargaban de suplir al poder mediático). Rizando el rizo, aprovechando una excusa banal que el Papado, transferencia bancaria mediante, aceptó como válida (su parentesco con Leonor), Jaime anula su matrimonio con Leonor y, como diciendo “para que no digáis que me las busco parientes cercanas para cometer incesto y luego montar chanchullos con el Papa”, el tío se busca una nueva esposa en el quinto pino, Violante de Hungría, que con un nombre así pueden Ustedes figurarse que fue prolífica a más no poder: nueve hijos, nueve, con un par. Y por si todo esto fuera poco, a Jaime aún le da tiempo a buscarse amantes por ahí con las que tener aún más hijos, hasta un total de cuatro más (reconocidos, claro, que de los otros vaya Usted a saber, uno no puede menos que pensar que, en realidad, en España hay Monarquía porque el Monarca es pariente de todos sus súbditos, habida cuenta de la promiscuidad inherente, y necesaria, en los de su condición).
Con todos estos datos no cabe extrañar que los súbditos, orgullosos de la masculinidad de Jaime (y además con sospechas razonables de que en realidad el Monarca es su padre, su tío, su hermano, etc.), decidieran ponerle un mote tan favorecedor, “Jaime el Conquistador”. Pero Jaime, como buen español, no era hombre que se conformara fácilmente cuando de lo que se trata es de convertir la rutina diaria en una incesante exaltación de su masculinidad en las dos únicas vías típicamente hispánicas: el fervor sexual y el fervor guerrero. “Jaime I el Conquistador: la pulsión anticipatoria”.
Histeria de España
Capítulo CV: Jaime I el Conquistador: la pulsión anticipatoria
Jaime I ya se había ganado a pulso, según ha quedado claro en nuestro capítulo anterior, el apodo de “el Conquistador” por la vía de fornicar sin freno, pero el hombre, que como español no era fácilmente conformista, quería ser recordado por algo más que por su pericia en la cama. Los siempre agudos súbditos ya habían comenzado a retorcer el sentido primigenio de su apelativo, “el Conquistador”, y aunque algunos derivados (“Jaime I el Machote”, “Jaime I el Sifredi”, etc.) le causaban a nuestro hombre más orgullo que otra cosa, otros insertaban preocupantes equívocos (“Jaime I el Romántico”, “Jaime I el Enamorado”, “Jaime I Capullito de Alhelí” y similares). Aquello no podía ser, y tras rechazar una idea un tanto impropia de sus asesores de marketing (ejercer el derecho de pernada a lo bestia, indiscriminadamente y sin cesar), Jaime I se dispuso a clarificar de una vez por todas que su masculinidad no se circunscribía a ningún ámbito en concreto, sino que abarcaba y consumaba la totalidad de los posibles.
Vamos, que el hombre se puso a repartir chapapote, aprovechando la positiva coyuntura sociohistórica (almohades recién vencidos, reinos de taifas inermes, etc.), y haciéndose paulatinamente con un capital en territorios no comparable al de Castilla pero superior al de los demás reinos peninsulares (y, por supuesto, a cualquier reino extranjero, aunque eso, hablando de España, se da por hecho).
En primer lugar, a lo largo de la década de 1230 Jaime se dedica a reconquistar las islas Baleares. Dichas islas, como cualquier territorio que alguna vez haya formado parte de esta construcción divina que llamamos España, eran españolas de toda la vida, y aunque durante siglos sus habitantes habían vivido felices en el seno de mamá España versión musulmánica, ahora comenzaban a preocuparse. Pérfidos extranjeros, burócratas advenedizos, habían dictado las órdenes desde Andalucía en nombre de tonterías como Alá y similares, en lugar de la simpática discrecionalidad que caracterizó siempre al Califato. Malvados nacionalistas baleáricos comenzaban a hablar de su ridículo reino de taifa como si fuera ajeno a España; se rumoreaba, incluso, que el taifa de Mallorca, que no sé cómo se llamaba pero supongamos que Ibn – Arr – Eche, había mandado redactar un absurdo texto jurídico en el que buscaba algún tipo de acuerdo de asociación con Españaza, basado en la comprensión mutua, la tolerancia, el diálogo, los impuestos especiales y bla, bla, bla.
Naturalmente, Jaime respondió como en él se esperaba: desembarcando en Mallorca y soltando yoyah hasta quedarse solo. En pocos años se hizo con todas las islas, muy interesantes desde la perspectiva de recalificar territorios y construir apartamentos y, en particular, para esa época atrasada en la que el comercio, y no la construcción, era la mayor fuente de riqueza, para comerciar por todo el Mediterráneo, nuevo territorio natural visto que la expansión por el sur de Francia había dado en el pasado tan malos resultados.
La conquista de las islas Baleares había sido alentada, financiada y apoyada por el Principat de Catalunya, y por tanto Jaime, imparcial como sólo un español sabe serlo, le anexionó este reino. No en vano era Cataluña la principal impulsora de la incipiente expansión por el mar Mediterráneo, y de la aparición, ya a finales del siglo XIII, de la Corona de Aragón como potencia comercial capaz de rivalizar con venecianos y genoveses, quienes hasta la fecha se habían quedado con el casi monopolio del comercio.
Hecho esto, Jaime se echó ufano a dormir. Ya había fornicado sin freno durante años, ya había conquistado un chiringuito para pasar el verano, así que ¿qué más se podía pedir? Sin embargo, los malvados aragoneses no pensaban igual, y llevados del recuerdo de Alfonso “El Batallador” se manifestaron dispuestos a soltar hondonadas de yoyah allá donde fuera posible. Pasando olímpicamente de Jaime, los nobles aragoneses levantan mesnadas de soldados y se dedican a expoliar, matar y saquear en las fronteras de la taifa de Valencia, incluso conquistando territorio para darle el toque excéntrico a la orgía de sangre.
La ambición de los aragoneses no conocía límites, y además dejaban un tanto en ridículo la supuesta hombría de Jaime (ya me dirán Ustedes qué imagen daba al recio pueblo español un tío que veía cómo sus súbditos se morían de ganas por soltar yoyah y él no se ponía al frente de la cuestión), con lo que el gran rey no tuvo más remedio que liderar la conquista del Reino de Valencia en un claro adelanto de la doctrina de los “ataques anticipatorios” proferida con clarividencia por nuestro actual líder hispánico, Joe Mary Ánsar, que no consiste, como algunos ineptos antiespañoles pudieran pensar, en “ataquemos antes de que (el país subdesarrollado en cuestión) nos ataquen a nosotros”, sino en “ataquemos antes de que (la potencia rival en cuestión) ataquen ellos y se queden con el petróleo / territorio / riquezas”. El ataque, claro, fue un gran éxito: “Jaime I el Conquistador: la pulsión creativo – destructora”.
Histeria de España
Capítulo CVI: Jaime I el Conquistador: la pulsión creativo - destructora
Cansado por tener que hacer demostraciones de hombría a todas horas, por estar sometido a tantas presiones violento – sexuales, Jaime se puso al frente de sus ejércitos para conquistar la taifa de Valencia. Aunque no es nuestra intención relativizar aquí el mérito de la conquista, hay que decir que ésta fue un paseo militar, en la que Jaime, como si fuera un turista alemán disfrutando de los placeres de nuestras playas, se paraba en todos los chiringuitos - plazas fuertes que se le ponían por delante y efectuaba un asedio larguísimo y poco agobiante que permitiera a los suyos solazarse a gusto.
Tengan presente que la taifa de Valencia, pese a ser una de las más poderosas de las que quedaban en pie en la Península, no era en modo alguno comparable a la majestuosa Corona de Aragón en potencial económico y demográfico y, sobre todo, en un factor en principio intangible que explica buena parte de nuestros rutilantes éxitos a lo largo de la historia (y también los contados fracasos): su coeficiente de españolidad.
En efecto, los valencianos, maleados por años y años de dominio extranjero, habían perdido algunas de las esencias que los convertían en españoles cuando se miraban al espejo; si ahondamos en el alma de lo español, sabremos que, manteniendo el gusto por la vida sosegada, el español es capaz de los mayores placeres, un hedonismo vital como principio ordenador de su mundo que, sin embargo, no impide la realización de grandes obras, increíbles hazañas inalcanzables para el humano medio, que jalonan su por lo demás apacible existencia de momentos de triunfo y gloria, sea creando irrepetibles obras de arte, sea soltando yoyah (entiéndase “yoyah” en el más amplio sentido de la expresión).
El pueblo valenciano había mantenido su coeficiente de españolidad en el capítulo hedonista, pero no así la pasión creativo / destructiva que caracteriza a todo español que se precie. Víctimas de años de contaminación por bárbaras hordas de extranjeros, los valencianos habían llegado a pensar que en realidad lo importante es sólo disfrutar, y que no es necesario, de vez en cuando, mostrar la grandeza interior que todo español lleva consigo. Por este motivo, los valencianos contemplaron con hastío, incluso con cierta curiosidad, la llegada de los aragoneses repartiendo yoyah, preguntándose en qué momento de la Historia habían perdido ellos legitimidad para hacer lo propio. Por eso, en lugar de enfrentarse con eficacia a Jaime (en cuyo caso la guerra habría sido sangrienta hasta límites inconcebibles, habría generado caos y destrucción por doquier, pues bien es sabido el gusto del español para, puestos a destruirlo todo, hacerlo además contra un rival de mérito igual al suyo, razón por la cual son tan populares en España las guerras civiles), los valencianos decidieron recuperar lo perdido uniéndose sin dudarlo un momento al proyecto hispanomediterráneo que les ofrecía el gran rey.
En agradecimiento por los servicios prestados, Jaime concedió a Valencia el estatuto de reino, en condiciones de igualdad respecto a catalanes y aragoneses, iniciando el experimento autonómico en España, e iniciando, también, las tensiones inherentes al mismo, pues los aragoneses, que a fin de cuentas habían financiado la expedición, habían iniciado escarceos a espaldas de su rey, y habían formado el grueso de las tropas, no acababan de ver claro, egoístas ellos, que Jaime I concediera la independencia a unos territorios y sin embargo integrase otros (Baleares) en Cataluña, lo cual tuvo dos consecuencias principales: cerró el camino de Aragón al Mediterráneo (ya saben, la pasión aragonesa por el agua, o “por el Ebro hacia la victoria”), y convirtió a Cataluña en el reino principal y más importante, al que se volcaría la política exterior de la Corona de Aragón en los siguientes siglos (su expansión por el Mediterráneo). Por tal motivo, y como corolario, Jaime I el Conquistador fue conocido en círculos reducidos como “Jaime I el Pancatalanista”.
Los años finales del larguísimo reinado de Jaime fueron menos agitados; salvo la conquista de Murcia (un peculiar ejercicio de violencia y destrucción por el cual los catalanoaragoneses conquistaron la taifa de Murcia y a continuación, en virtud de un curioso pacto de familia con Alfonso X, la cedieron a la corona de Castilla, como diciendo “mejor nos llevamos bien con el Primo de Zumosol”), el Conquistador pudo dedicarse a usufructuar los réditos de su victoria, promocionando la expansión catalana por el Mediterráneo y asentando las bases de un gran Imperio, español, por supuesto.
Lástima que, como buen español, Jaime fuera incapaz de dejar la historia sin cometer alguna excentricidad, algún paso en falso, alguna desenfrenada pasión por destruir lo construido, y acabase dividiendo sus reinos entre sus hijos; natural, dirán algunos, con tantos hijos como los que tenía el hombre, y a falta de suficientes arzobispados y bodas de conveniencia para colocar a los sobrantes una vez coronado el primogénito, el Conquistador tuvo que ejercer la contabilidad creativa con sus territorios. Así que, ni corto ni perezoso, Jaime procede a dividir la Corona de Aragón entre sus dos hijos mayores.
A Jaime le otorga el “reino” de Baleares, el Rosellón y Montpellier: habráse visto reino más surrealista, pensarán Ustedes, mitad insular, mitad continental, y además estos últimos los más lejanos; y aún más surreal si pensamos que las Baleares, en teoría, habían quedado asociadas a Cataluña; aunque si lo miramos de otra forma, Jaime I el Conquistador fue un adelantado a su tiempo, pues supo prever la evolución de las cosas en la política, sociedad y economía españolas tan atinadamente que formó un reino con los futuros territorios francoalemanes. A Pedro, el primogénito, le otorgó los reinos de Aragón y Valencia y el condado de Cataluña. Bien pronto Pedro demostraría su españolidad, soltando muchas más yoyah que su padre en menos tiempo y, además, con más mérito: “Pedro III el Grande”.
Histeria de España
Capítulo CVI: Pedro III el Grande (I): Las bases del Imperio
Si Jaime I completó las conquistas netamente hispánicas de la Corona de Aragón incorporando los reinos de Valencia y Mallorca, Pedro III el Grande sería el encargado de darle dimensión internacional al asunto. Sin duda, Pedro es uno de los más grandes monarcas españoles de todos los tiempos, es decir, un hito más ofrendado por España a la Historia Universal. En apenas diez años (1276 – 1285), Pedro subvertió todos los cánones del orden establecido, dentro y sobre todo fuera de su Reino, utilizando el ancestral sistema del que todo español digno de tal nombre ha hecho siempre gala para enfrentarse a los poderosos: soltando unas hondonadas de hostias espectaculares y vertiendo sangre de sus enemigos en mayor medida que los hilillos de plastilina lo hicieron con el fuel del Prestige.
Bien pronto Pedro se dio cuenta de que la Corona de Aragón era una Unidad de Destino en lo Universal, al igual que haría siglos después el Caudillo; y también, al igual que el Caudillo, Pedro III consideró que la forma más eficaz de conseguir la inquebrantable unidad de la patria era repartiendo chapapote entre sus súbditos, a modo de entrenamiento para las grandes empresas a las que Pedro y sus reinos estaban destinados. De esta suerte, Pedro III comienza su reinado atizándose con los mudéjares valencianos, sublevados por acción y efecto del terrorismo internacional de raigambre islámica (y no, como diría algún antiespañol criptocomunista, porque no les hiciera gracia lo de ver a los cristianos ocupando el territorio y repartiéndose todos los chollos).
Apenas terminada la sublevación, Pedro III considera que sus súbditos comienzan a amariconarse peligrosamente; no en vano él había batallado, sí, pero sus caballeros, demasiado acostumbrados a la vida sedentaria, a la molicie, al hedonismo inherente a la prosperidad que en aquella época regaba la Corona de Aragón, estaban comenzando a oxidarse. Así que Pedro, al más puro estilo chulopiscinas, es coronado rey en Zaragoza pero sin jurar los sacrosantos fueros aragoneses, lo que enerva a los nobles y comienza a enfrentarlos al rey, un hecho que tendría sus consecuencias en los peores momentos de su reinado.
El Grande, que ya de joven lo era (Grande), se dedicaba a asesinar directamente a aquéllos que en un momento dado se oponían a sus pretensiones absolutistas (Pedro III como precursor de la Edad Moderna, o si somos mezquinos, Pedro III como salvaje autoritario que sólo entiende del lenguaje de las armas, o sea, precursor de la Edad Moderna pero como con menos glamour), y aunque bien es cierto que que ya antes de acceder al trono dio muestras de cierta crueldad (ahogándolos en un río, despeñándolos por un barranco, descuartizándolos a espadazos), también lo es que siempre se manejó dentro de la más estricta observancia, si no de la ley, sí del honor: “Es que me ha mirao mal”, venía a decir cuando su padre le afeaba su conducta. No cabe extrañar que un hombre como él, al igual, insistimos, que el Caudillo, tuviera unos sólidos principios morales que le empujaron a obrar de igual forma con algunos nobles levantiscos catalanes que se negaban a pagar más impuestos y en consecuencia, opinaba Pedro, ponían en duda su sexualidad: por un lado, la de Pedro, por pensar que lloriqueando como mujerzuelas iban a ablandarle como si él fuera representante oficioso del Colectivo Lambda, y por otro la de ellos mismos, por su absoluta falta de rectitud de espíritu, entereza y sobriedad que pusiera por delante del asqueroso materialismo la razón superior de la violencia. Como anticipo de lo que esperaría más adelante a todo aquél que osara poner en duda algo de lo que él dijera o hiciese, se hinchó a soltar yoyah hasta que todos convinieron en la necesidad de abrir espacios de diálogo, puntos de contacto, una búsqueda del consenso sistemática que llevó a los supervivientes a pagar lo que hiciera falta.
Una vez asentadas las bases, y solucionados los conflictos, de sus reinos, Pedro III pudo dedicarse a engrandecer los límites de los mismos. El problema es que las genialidades diplomáticas de su padre, Jaime I, lo habían dejado sin fronteras efectivas que conquistar a los malvados moros (al regalarle Murcia a los castellanos), y por muy masculinos que fueran los aragoneses Pedro III no se atrevía a ir a por el rey de Francia. Así que no tuvo más remedio que desarrollar su flota como vía de ampliar su Imperio con tierras de ultramar, política que buscaban con insistencia los catalanes para desarrollar el comercio mediterráneo. Hombre concienzudo y tradicional, Pedro III decidió hacer una última probatura de la eficacia de su armada con los siempre socorridos musulmanes, a los que hostigó en Algeciras, primero, y en el Norte de África, después. Pedro se dispone a conquistar Túnez, enclave estratégico para asegurar el comercio aragonés con el Mediterráneo oriental, ocasión para obtener la Gloria por la acción de las armas, bella ciudad norteafricana y, por qué no decirlo, que fue a conquistarla “porque sí”, por cojones, vamos.
En realidad, lo que le interesaba a Pedro III era el Reino de Sicilia, obligado correlato de Túnez para expandirse comercialmente, que había quedado sin descendencia. Por su matrimonio con Constanza Hohenstaufen, hija del fallecido rey siciliano, Pedro III tenía derecho a aspirar al trono, pero para ello tenía que enfrentarse al otro aspirante, Carlos de Anjou, que se había cargado al príncipe heredero y que estaba obviamente apoyado por Francia y, lo que es más importante, por el Papa Martín IV.
Cualquier persona racional habría visto las dificultades de tal empresa y habría aceptado el valor de los hechos consumados, renunciando al trono siciliano. Pero Pedro III no era una persona racional; Pedro III era un machote, un tío que los tenía bien colocaos, un hombre que había guiado toda su vida por el principio superior de la testosterona. Así que, aprovechando una rebelión del “buen pueblo siciliano” contra el opresor francés (las “Vísperas Sicilianas”, imagínense, todo el mundo ajustando cuentas, vengando la muerte de algún miembro de la familia, dándose besos en la boca, enviándose peces por correo, el sicilianismo en su máxima expresión, vamos), Pedro III es coronado Rey de la isla. El follón estaba servido: “Pedro III el Grande (II): Por el Imperio hacia Dios”.
Histeria de España
Capítulo CVIII: Pedro III el Grande (II): Por el Imperio hacia Dios
Ayer publicábamos la primera parte de la épica historia de Pedro III el Grande. Dada la rigidez inherente al ritmo de actualizaciones de esta Histeria (una a la semana, o cada quince días, o cada mes, o vaya Usted a saber cuánto tiempo) no era en principio previsible que publicáramos dos textos en dos días, pero qué quieren que les diga, la personalidad y grandes fañazas de Pedro III son tan mayestáticos que “había que hacerlo”. Y si no les gusta, cuidadito, no me calienten, que yo aquí me pongo a soltar yoyah y me quedo solo, ¿sabeh? Y es que, cuando uno se acerca al estudio de personajes tan sobresalientes como Pedro III, inevitablemente busca mimetizar algunas de sus características.
Habíamos dejado a Pedro III coronándose rey de Sicilia en contra de Francia y el Papado, pero con el apoyo (no podía ser menos) de los simpáticos lugareños. Entra en guerra con el aspirante angevino, Carlos de Anjou, y destroza su flota, que tenía sitiada Messina. A continuación, Pedro III nombra almirante de la flota aragonesa a Roger de Lauria, un tío tan español que lo mirabas y ya daba miedo, pero al mismo tiempo un tío tan poco español que, no es ya que su apellido resultase sospechosamente periférico, sino que además se molestaba en aunar, a su natural hombría en la dirección de la flota, un agudo sentido estratégico que le permitió contar sus batallas navales por victorias, talmente como si, en realidad, fuese inglés.
Mientras Roger de Lauria conquista Malta y Djerba (frente a la costa de Túnez) para fortalecer las incipientes rutas comerciales aragonesas y su situación estratégica (se lo dije, un tío con estudios, que no se limitaba a luchar “porque yo lo valgo”), Pedro III consolida su dominio de la isla, pero al mismo tiempo se enfrenta a una absoluta soledad en el plano internacional. Sus enemigos, Francia y el Papado, si bien un poco floripondios en comparación con los españoles, eran mucho más poderosos que la Corona de Aragón, y los supuestos aliados de ésta (Castilla, Inglaterra) miraron para otro lado. Ni siquiera las convincentes razones expuestas por Pedro (“espero que no os importe que todo el mundo os considere unos gallinas”), apelando a su masculinidad, pudieron aflojar la presión sobre el gran rey y el aislamiento de la Corona de Aragón, paralelismo claro, uno más, con el Caudillo. Pero el paralelismo, en apariencia, terminó bien pronto, en concreto cuando, a fines de 1282, el Papa Martín IV excomulgaba a Pedro, y poco después lo desposeía oficialmente de su reino, por ser Pedro contrario a la Ley de Dios, decía el Papa. Este hecho histórico podría resultar en principio sorprendente, pues es sabido que los españoles han sido siempre más papistas que el Papa, pero conviene recordar que esta expresión, “más papistas que el Papa”, no debe tomarse como “siempre de acuerdo, siempre defendiendo, al Papa”, sino “más infalibles que el Papa, más intolerantes que el Papa”, dejando claro que cuando un español entra en disputa con el Papa es más papista que éste porque, en tanto español, está infinitamente más cerca de Dios que cualquier Pontífice de tres al cuarto, no obstante lo cual, manifiesta su respeto por el Pastor que Dios puso en la Tierra para aquellos que nacieran con la desgracia de no ser españoles.
Por este motivo, Pedro no se aminaló ante las amenazas y el aislamiento, y mientras el Papa preparaba un a modo de Cruzada contra él Pedro montaba una especie de concentraciones patrióticas en las plazas de los pueblos catalanoaragonesas que venían a decir algo así como “si ellos tienen Cruzada nosotros tenemos Huevos”, claro antecedente del famoso “Si ellos tienen Onu nosotros tenemos Dos” del Caudillo, al mismo tiempo que, por otro lado, separaba oficialmente Sicilia de la Corona de Aragón y nombraba a su segundo hijo rey de la isla, como mostrando voluntad contemporizadora.
De poco le sirvió. La excomunión del Papa lanza sobre la Corona de Aragón un enorme ejército de 100.000 hombres a las órdenes del propio Rey de Francia, quien se aprestaba a coronar a su hijo rey de Aragón en virtud del pasteleo que se tenía con el Papa (ya ven, el complot judeomasónico se reproduce en nuestra Histeria mediante las más variadas e insospechadas formas). Al mismo tiempo, los nobles aragoneses, que ya tenían un odio particular a Pedro III por su autoritarismo, y que veían que la política exterior del monarca estaba pensada en beneficio de Cataluña, se rebelan contra Pedro y se niegan a luchar por él. En Aragón luchan las dos almas de todo español, el deber sagrado a la Iglesia y la devoción por el más bestia, y también algunos asuntillos de menor importancia, como que los nobles quieren medrar socialmente, mantener sus privilegios y participar de los “grandes beneficios” de la acción exterior del Monarca. De esta forma, Pedro III se ve obligado a firmar el Privilegio de la Unión, por el cual los miembros de la misma (o sea, los nobles aragoneses, pero no sólo ellos) obtienen una serie de ventajas y privilegios de orden social y económico y, al mismo tiempo, reducen el poder del rey frente a la ciudadanía, creando unas Cortes aragonesas, la institución del Justicia de Aragón, teóricamente independiente de la autoridad del Rey, y sobre todo, mi preferido por sus concomitancias con el Caudillo, el Consejo del Reino, ya saben, aquella institución formada por Notables de la revolución nacional – sindicalista y otros sectores del Movimiento Nacional con objeto montar un pequeño paripé de pseudocontrol al Anterior Jefe del Estado, que en el caso de la Corona de Aragón, curiosamente, tenía bastante más que decir.
A causa de las reticencias aragonesas, y el escaso entusiasmo de los catalanes y valencianos, Pedro III sólo puede reunir un pequeño ejército que intentará hacer frente al gigantesco ejército francés. Al mismo tiempo, su hermano Jaime, el mallorquín, traiciona a Pedro aliándose con Francia y regalándole las fortalezas del Rosellón para, desde allí, atacar con mayor comodidad a los catalanoaragoneses. Con estos mimbres, excomulgado, enfrentado a una coalición infinitamente más poderosa, el futuro de Pedro III se antojaba más que oscuro. Así que, por primera vez en su vida, tuvo que cambiar de táctica militar, cambiando el “sus y a ellos” por una sutil utilización del territorio que se adelantaría en varios siglos a las campañas napoleónicas: la política de tierra quemada, dejar territorio a los gabachos, destruir el propio país para que se internaran más y más en territorio hostil, ¿qué digo hostil? En territorio español, con todo lo que eso conlleva: el oprobio y la vergüenza continuos para los gabachos, humillados al comprobar el desapego de los españoles por lo material y aterrorizados ante la perspectiva de que a alguno de los lugareños le diera por enfrentarse a ellos, pues pese a su aplastante superioridad numérica los franceses no podían evitar el estigma eterno de no ser españoles.
Por si fuera poco, Pedro III fue tan eficaz en la destrucción del territorio, en el abandono de todo atisbo de civilización, en la generación de escombros y podredumbre doquiera pasara su pequeña tropa (lo cual, además, permitía de paso expoliar los territorios de los jodíos nobles), que fue también precursor en muchos siglos de otro invento militar que hoy día sigue causando un miedo atroz en el enemigo: la guerra biológica. En efecto, tanto se afanó Pedro en destruirlo todo que en la Corona de Aragón se declaró una epidemia de peste negra; una epidemia, añadiríamos, de procedencia claramente celestial, pues no tardó en contagiar al Ejército francés, diezmarlo, obligarle a emprender la retirada y por último, hostigados en los Pirineos por sucesivas emboscadas de las tropas de Pedro III, humillarlo y destruirlo. El propio rey de Francia murió de la infección antes de cruzar la frontera. ¿Es preciso explicar la lección moral que claramente se deriva de un hecho histórico tan sorprendente? ¿Deberíamos abundar en las consecuencias que tiene para unos sucios, estúpidos y, en suma, “diferentes” extranjeros pisar Tierra Santa, es decir, pisar España?
Con esta gigantesca victoria, unida al rutilante triunfo de Roger de Lauria frente a la flota francesa en aguas gerundenses, Pedro III, auténticamente Grande, consolidó su dominio sobre Sicilia, convirtió a la Corona de Aragón en una potencia mediterránea de la noche a la mañana, y una vez más permitió que nuestra Patria siguiera escribiendo gloriosas gestas en las páginas doradas de la Historia (ahí tienen, uno pone “Caudillo” en un texto unas cuantas veces y acaba escribiendo como José María Pemán). Pero al muy español aún le dio tiempo a hacer lo que cualquiera en este país hubiera hecho: en lugar de disfrutar del triunfo, afanarse en buscar venganza de la traición de su hermano Jaime. Cuando se disponía a invadir la isla le sorprendió la muerte, con lo que sería su hijo el que se encargaría de lavar la afrenta, soltando yoyah, claro: “De Pedro III a Jaime II”.
LOS ALMOGÁVARES
Provenientes fundamentalmente del Pirineo, los almogávares eran “la más perfecta representación de un español” que uno pueda imaginarse; no está claro si nacían de mujer (española, por supuesto) o directamente de la tierra, y hay que decir que existe una importante discusión doctrinal al respecto. Algunos eximios teóricos consideran que si metiéramos en un pozo un par de revistas porno, un escapulario, un vídeo con las mejores jugadas de Julio Salinas, una piedra, una piel de toro y seis litros de vino y lo regáramos con más vino, indudablemente a los pocos meses saldría de él un almogávar de pura cepa. Otros dicen que sólo con la conjunción clara de dos españoles, siempre y cuando practicaran el coito bajo una bandera de España, pueden darse las condiciones para que surja un almogávar, el cual naturalmente al nacer ya es bajito, achaparrado, con bigote y cejijunto. A los pocos minutos de nacer, normalmente, el niño almogávar se pondría a soltar yoyah a todo el que le hubiera mirao mal, a continuación rezaba sus oraciones y luego se tomaba unos chatos y se iba de putas; a fin de cuentas, eso es lo que hicieron a lo largo de su vida pública.
Sea como fuere, los almogávares eran tropas mercenarias utilizadas por Pedro III en sus conquistas sicilianas y que jugaron un papel singularmente importante en la Reconquista llevada a cabo por la Corona de Aragón. La táctica de los almogávares consistía normalmente en la utilización de todo tipo de armas arrojadizas contra el enemigo (lanzas, cantos rodaos, cuerpos de enemigos que se encontraban por ahí…), paso previo a la lucha varonil del cuerpo a cuerpo, en la cual soltaban yoyah a ritmo de cante jondo y haciendo tiempo para echar después una siestecilla en el campo de batalla.
Con estas cartas credenciales, Roger de Flor, comandante en jefe de los almogávares, al terminar la Reconquista en España y las campañas de Sicilia se ofrece (tal cual) al Emperador de Bizancio, Andrónico, exigiendo a cambio de sus servicios un par de fruslerías: la mano de su hija María, de dieciséis añitos, el nombramiento de “mega dux”, que suena como supermoderno, y un pastón en concepto de servicios prestados para él y los suyos. Temeroso de lo que podría pasar si rechaza la oferta, Andrónico, acosado por los turcos, acepta, y en 1302 los almogávares llegan a Constantinopla con 2.500 combatientes y (atención) sus mujeres e hijos, contabilizando un total de 7.000 personas, en la mejor tradición de la camaradería y generosidad hispánicas, que desde entonces vivirán a costa del emperador, quien pagará alojamiento, comidas, aperitivos, vinillo y francachelas.
En un par de años los almogávares reparten chapapote a los turcos por todos lados y recuperan casi toda la costa de Asia Menor para Bizancio, hasta llegar al punto en que, aburridos (tengan presente que los turcos apenas presentaban oposición, de forma que en batallas como la de Filadelfia, por ejemplo, los almogávares sólo pudieron exterminar a 18.000 soldaditos, sí sí, 18.000, una nimiedad para 2.500 españoles como Dios manda), se plantean fundar su propio reino en Asia Menor a partir de las conquistas efectuadas a los turcos.
Viéndolas venir, el emperador Andrónico se inventa el bulo de un supuesto ataque búlgaro a Constantinopla para obligarles a volver a la capital, con el consiguiente cabreo de los almogávares al descubrir el engaño. Roger de Flor, un hombre moderado y amante del consenso, acepta no tomar represalias a cambio de una fruslería: toda la Anatolia bizantina para él y los suyos como feudo (nominal, claro, que un español, en la práctica, hace por principios lo que le parezca justo y acorde a su honor, o sea, lo que le salga de los huevos), y los almogávares se disponen a marcharse; el nivel de chapapote sanguinolento estaba descendiendo peligrosamente, pues hacía meses que no mataban a nadie, y su hombría comenzaba a resentirse.
Pero hete aquí que Roger de Flor, confianzudo como era, una vez ha sacado prebendas de su pasteleo con los bizantinos, acepta celebrar un banquete en su honor organizado por Miguel Paleólogo, hijo y heredero del emperador, y se va alegremente al palacio de Miguel en Adrianópolis acompañado por sus más íntimos. Pero el taimado Miguel, en mitad del banquete, da orden a sus hombres de asesinar a Roger y sus oficiales, los cuales, desprevenidos y totalmente borrachos, poco pudieron hacer. Así que los almogávares quedaron descabezados y Miguel se las prometió muy felices: “los turcos, al menos, no son españoles”.
Sin embargo, pronto circuló entre la tropa hispánica un sorprendente mensaje que incitaba a la venganza: “¿Andrónico de rositas? ¿Lo llaman banquete de honor y Miguel Paleólogo asesinando? Hoy 13-M, a las 18 h, en el palacio de MP. Sin mariconadas. Sangre por el honor. Suelta yoyah”, y que provocó que el ejército almogávar dejara bien claro qué ocurre cuando alguien se pasa de listo con los españoles.
Pero no se crean que aquello fue una barbarie, no, una momentánea orgía de sangre llevada por el fervor de la venganza. Bien al contrario, el natural reflexivo y sereno del español en los momentos de crisis se manifestó en toda su majestuosidad, hilando una barbarie seria, bien estructurada y, sobre todo, concienzuda: un año estuvieron los almogávares vengándose del capullo de Miguel Paleólogo, un año, señores, la “Venganza Catalana”, que no dejó piedra sobre piedra de los lugares por donde pasaban los almogávares, imprimiendo un imborrable recuerdo en los pocos afortunados que lograron sobrevivir a ella.
Al final, los almogávares, satisfechos por un ajuste de cuentas proporcionado a la afrenta, abandonan Adrianópolis, cruzan Tracia, que también arrasan, destruyen Tesalónica y acaban asentándose en Atenas, cuyo ducado ofrecen en propiedad a su rey, de forma que, en una de estas alucinantes aventuras tan típicamente hispánicas cuyo final suele ser la conquista de un territorio absurdo, Atenas formó parte de la Corona de Aragón durante casi un siglo, dejando bien claro quién era el auténtico depositario del legado de la cuna de la civilización occidental, pero no precisamente en aquello de la filosofía y esas mariconadas, sino en soltar yoyah con singular eficacia y precisión.
|
|